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miércoles, 24 de agosto de 2022

Afectos

 Le doy clase a grupos que disfruto mucho; pero más allá de lo bien que la paso, vengo a contar algo cursi: de verdad les quiero. Estos días me he preguntado cuál será la dinámica que configura este afecto, porque podría decirse que verles continuamente a lo largo de un ciclo escolar y en muchas ocasiones a lo largo de varios ciclos escolares, nos lleva a conocernos y entonces va surgiendo el cariño. Pero, recibo grupos a los que no conozco de nada e inmediatamente les quiero. Supongo que es la posición en la que me encuentro, la situación... A veces, pasa todo un semestre y no logro aprenderme el nombre de Fulanito y de Fulanita; pero sé cosas sobre sus potencialidades, sus necesidades, su estilo, etc., y sinceramente quiero que estén bien, que les vaya bien, y hago todo lo posible por contribuir a ello.  

Silvia Parque

martes, 24 de marzo de 2020

Marzo

Los días previos al 8 de marzo estuve pensando en un montón de cosas que quería escribir. Desde que estoy ocupadísima, a falta de tiempo de teclear, paso mucho tiempo pensando en lo que querría escribir: esos días de marzo estuve dándole vueltas a temas en relación con la situación de las mujeres. Entonces llegaron la marcha y el día siguiente. Para abreviar, diré lo que estuve diciendo a quienes pudieron oírme esos días: Hay tres momentos que me cambiaron la vida, que marcan un "antes" y un "después: mi conversión al cristianismo, el nacimiento de mi hija y la experiencia de la marcha de este 8 de marzo.

Estaba procesando muchas emociones y sentimientos, en un año que ya estaba siendo bastante intenso en función del reconocimiento del autismo de mi hija, cuando llegó acá la pandemia. Hay quien sigue sin creer que esto sea "real" o "en serio"; pero ayer por la noche, el gobernador de mi rancho anunció que se suspenden las actividades no esenciales y que no habrá más reuniones, independientemente de la cantidad de personas que pretendieran reunirse. Ojalá estas medidas y la determinación de que estamos en Fase II -con lo que impactan las etiquetas- haga que por fin se encierre la gente que pensó que la suspensión de clases era un adelanto de las vacaciones.

Por supuesto, están quienes no pueden encerrarse: los muchísimos que si no salen a trabajar, no comen y los que no tienen dónde encerrarse. Incluso no estando en la situación de vivir al día, la mayor parte de los trabajadores autónomos sabe que si deja de "salir" se va a caer su mundo, y no por la burrada de querer más un coche que a la salud, sino por la legítima necesidad de seguridad para una misma y para la familia.

Están también quienes van a aislarse con gente que les daña, quienes van a pasar la cuarentena solos, tantos y tantos casos en los que ya la vida estaba siendo suficientemente difícil.

Pienso muchas cosas sobre todo esto, pero ahora nada más les mando un abrazo virtual con mucho afecto, con verdadero, profundo afecto, especialmente a mis amigos en España.

Silvia Parque

domingo, 12 de agosto de 2018

Mensaje de las emociones y los sentimientos

Los sentimientos y las emociones tienen mucho que decirnos. Tal vez los que catalogamos como "negativos" son los que nos dicen cosas más interesantes. Y creo que, cuando no podemos distinguir de qué sentimientos se trata, nos dicen justo lo que necesitamos saber.

Hoy le decía a una amiga que hice tal cosa y me sentí "rara". Entonces recordé que me sentí así de "rara" en otra ocasión en el día. Pude ver lo que hubo de común en esos dos momentos y entendí qué me pasa. Puedo moverme de esa posición porque no me conviene; pero aunque no pudiera moverme de ahí ahora mismo, es importante distinguir qué pasa.

Silvia Parque

martes, 20 de marzo de 2018

Espero mañana sentirme contenta

Hoy fuimos a una consulta con la pediatra endocrinóloga de B. Por primera vez la vimos por parte de la atención médica pública. Espero mañana sentirme contenta porque de alguna manera echamos a andar la cobertura para su hormona y para los estudios que hay que hacerle. Estoy agradecida por eso, pero el agradecimiento no me alcanza para sentirme contenta: me siento mal.

Primero, físicamente mal porque fue un día muy pesado. Anoche dormí poco y luego de batallar llevando a B y a nuestra maleta de camión en camión, llegué a la casa enferma. También tengo alergia, pero normalmente no ocupa mi atención: hoy sí: entre una cosa y otra, terminé noqueada.

Luego, me siento culpable por la irritabilidad y el nerviosismo de B. La doctora le suspendió el tratamiento hormonal por seis meses, cuando le conté cómo ha andado de nerviosa y con problemas de sueño. Dice que mientras las niñas mayores aceptan las inyecciones motivadas por crecer, las niñas chiquitas se sienten agredidas por el piquete y eso puede "ponerlas mal", aunque lo hagamos mientras duerme. Sin embargo, no mencioné y no dejo de pensar que tal vez lo que tiene irritable y nerviosa a mi niña es que yo soy irritable y nerviosa. Eso me hace sentir mal; mucho más mal que el cansancio y la nariz tapada. Le doy vueltas: pienso que esta madre es la que ha tenido siempre y que así de irritable solo está hace unas semanas; pienso que por más defectuosa que sea, soy una mamá que se ocupa de ella y eso es bueno; es decir, que trato de aclararme las cosas y sentirme bien; pero me siento mal.

Silvia Parque

martes, 16 de mayo de 2017

Mi niña llora "de la nada"

Hoy B ha llorado y llorado y llorado. No un chillido por querer algo que no puede tener: eso no ha faltado, pero no es a lo que me refiero. Esto otro empieza con una cara que se pone triste, muy triste, sigue con llanto de gran pena y dura mucho tiempo con sollozos que pueden volver a ser llanto en cualquier momento. Ha pasado antes y pasó hace rato. Sé que hay motivos profundos y desencadenantes, pero ahí lidiando con el asunto da la impresión de salir "de la nada".

En esta ocasión, yo terminaba de cambiarle el pañal y mencioné lo a gusto que estábamos jugando, lo bueno que estaba el café que me preparó y que ella también había tomado café. Acabábamos de tener un muy buen rato, así que yo le hablaba tan contenta como ella parecía estar. Le dije: "bueno, las niñas no toman café, pero tú tomaste de mentiritas, de jueguito". Y ¡zaz!

Me cuesta creer que ese comentario haya desencadenado tanta pena, pero parece que así fue. Eso o vio algo o recordó algo o yo no sé...

Hay que considerar que está en medio del destete: todo iba muy bien, y resolvió que siempre sí quiere mamar como antes. Por lo que leo, a los dos años es la peor edad para destetar, pero pues es la edad en que he dejado de querer darle. ¿Cómo no va a estar sentimental? También está la ausencia -no sé si es el concepto indicado- de su papá. Habla con él al menos una vez al día; pero en su alma debe estar la noción de que él no está como estaba antes.

Aunque sea una niña feliz, habrá emociones congestionadas que se desborden de pronto, como "de la nada".

Silvia Parque

viernes, 14 de abril de 2017

Nunca más

La vida es de procesos, pero hay eventos determinantes, muchas veces vinculados con decisiones.

He contado antes que un día, cuando yo era adolescente, mi mamá me dijo que entendía que yo necesitaba ir a terapia -yo se lo había pedido- y que nunca más iba a quejarse por llevarme o traerme. No sé qué mosca le picó, pero cumplió su palabra al pie de la letra.

Creo que algo tiene que pasar para que tomemos una decisión que nos compromete de modo que no hay titubeo. Supongo que a veces ese algo escapa a nuestro entendimiento. Yo suelo saber "qué pasó" cuando aprieto un botón o doy un giro al volante. Una mañana, cuando B tenía unos meses, me sonrió, no le devolví la sonrisa y ella dejó de sonreír. Fue cosa de unos tres segundos. Yo había tenido un mal momento con su papá y me sentía terrible; pero me sentí fatal después de hacerlo eso a su sonrisa de bebé. Me dije que nunca más volvería a ocurrir. Me desvinculé afectivamente de lo que me hiciera sufrir de modo que representara un riesgo para las sonrisas de mi niña.

Ayer por la noche, tuve un gran disgusto. Pocas veces me lleno de coraje; ayer pasó y me sentí desbordada, sin modo de sacar la frustración porque son cosas con el papá de B y no puedo hablar del tema con ella por ahí. Mi niña acabó con una mamá descompuesta. Ella no quería ir a dormirse, no quería tomar medicina, y yo no quería batallar. Le abrí la boca, le metí el jarabe y todavía le dije: "¡No vayas a vomitar!" y "¡Ya vomitaste!" Recordé a la vecinita de Aquiles, enferma, a la que gritaban que ya se callara. Le puse a mi niña su suéter más querido -sucio-. No podía darle teta porque su constipación nasal hace que se acomode de forma que me lastima. Fui incapaz de ser más cariñosa, pero me dije que nunca más volvería a ocurrir. Si pude hacerlo con la tristeza, puedo hacerlo con el enojo.

Silvia Parque

lunes, 5 de diciembre de 2016

Envidia

Creo que la envidia es el peor sentimiento; peor que el odio, incluso; miserable, mezquina, ruin; de lo mas detestable.

Afortunadamente, fui por la vida sin haber sentido envidia hasta que fui mayor. Ocurrió hace unos cinco años, en un momento de desesperación. Recuerdo el momento justo, caminando por la calle, en que llegó la sensación podrida de "ustedes no deberían tener eso que sí debería tener yo y que debería ser destruido estruendosamente porque está con ustedes que son feos por tener lo que yo no tengo". Fui consciente de que dejé instalarse esa sensación. No me dio la gana detenerla, pero tampoco la dejé crecer. Luego trabajé con eso y no recuerdo haber vuelto a sentirlo.

Hasta ayer. Ayer fui consciente de que estaba sintiendo envidia del papá de B; específicamente de su imperturbable capacidad de no fastidiarse ni un poquito cuando la niña se pone extra-remolona. Y no hay "envidia de la buena". Admirar e incluso querer lo que tiene el otro, no es envidia si no tiene el ingrediente del deseo nefasto de quitar al otro lo suyo o eventualmente, destruir eso que una no tiene. En este caso fue fácil elaborar el sentimiento porque hay amor en medio de lo que podríamos llamar "objeto de la envida"; pero qué cosa más fea.

Silvia Parque


miércoles, 7 de septiembre de 2016

Niños con problemas de salud

Sigo en Facebook la página a favor de la vida de un pequeñito que se llama Iñaki (For the Life of My Son Iñaki). Su mamá necesita mucho dinero para que el niño reciba un tratamiento médico singular, y tienen el tiempo encima.

De una manera u otra, me entero de un niño por aquí, una niña por allá, padeciendo una condición o enfermedad que le resta vitalidad o le causa sufrimiento. Siempre me duele su dolor y al mismo tiempo siento una especie de alivio angustiante porque no es la mía. La mía está bien.

Tengo oportunidad de tener fresca la inmensa fortuna que es tener una hija saludable, porque el Síndrome de Turner es una condición que en muchos casos provoca problemas del oído, del corazón o del riñón. Pero B está completamente bien, de todo a todo. La primera vez que leí una historia sobre una niña con S.T. con problemas graves de salud, sentí el corazón apachurrado y el estómago contraído a un grado que no conocía. En ese caso el dolor por el dolor del otro proviene de una empatía con mucha identificación, y el alivio angustiante es mayúsculo.

Silvia Parque

domingo, 28 de agosto de 2016

Pérdidas: la tarjeta y Juan Gabriel

Hoy perdí, otra vez, mi tarjeta de débito. Iba a ir a sacar dinero y noté que no estaba en la bolsa de mi pantalón. Ya lo sé: una tarjeta no se carga en la bolsa del pantalón. Fue muy triste tristísimo. Nadie perdió una pierna, pero me puede lo que me van a quitar por reponer el plástico, el riesgo en el que estuvo el dinero que ahí está y el cambio de planes que implica no disponer del dinero hasta mañana y tener que ir al banco. La cosa viene después de semanas complicadas en el aspecto económico, entre malabares, cancelaciones y atoramientos. Encontrarme sin saldo de teléfono para hacer la llamada de reporte por extravío, cuando recién tenía en mente que estaba a punto de disfrutar una torta de milanesa, fue como caer a un charco de agua sucia.

Pero con la niña no hay oportunidad de duelos muy prolongados, así que después de una lloradita, seguí adelante con el día.

Y que veo que se murió Juan Gabriel.

En general, me parece entre raro, enfermo y falso ver a multitudes dolientes en los funerales de los famosos. Que vayan al chisme, lo entiendo; me perece feo, pero auténtico. Que vayan como dolientes se me hace que está para analizarse. Sin embargo, yo de verdad lamenté la muerte de Jenny Rivera; no era fan, pero me sentí identificada con ella una vez que vi una entrevista, y cuando se murió, me pudo mucho. También comprendí el lamento popular por la muerte de Chespirito; a mí no me pudo, pero sé que mucha gente creció viendo sus interpretaciones y sintiendo algo tanto por sus personajes como por él. Hay gente que está en una posición por la que se hace presente e importante, aunque en realidad no tenga nada que ver con una. Así Juan Gabriel.

Ya me había repuesto de la pérdida de la tarjeta, cuando esta noticia me dio un descontón. Me queda claro que no conocí a la persona real que murió; el personaje-artista ni me conoció ni pinta apenas en mi vida... pero a lo mejor un poquito, sí.  Toda mi vida ha habido canciones de Juan Gabriel por ahí; que de pronto no exista más esa persona de quien salían las canciones y la voz, me deja todo ese pasado en un pasado más "ido", más que "ya no es". Me recuerda que todos vamos a morir. Que mi hija no va a tener relación con cosas y personas que me importaron. Que no va a conocer la escena en la que mis tías recogían la casa el fin de semana mientras oían una colección de cassettes de Juan Gabriel que le prestó su novio a mi tía más chiquita. Que no va a conocer los cassettes... Que no tiene la menor importancia lo que pasó un domingo o lo que haya pasado en un auditorio lleno de gente, porque te mueres y a los dos meses o a los dos años (o veinte), apenas eres un recuerdito.

El hombre fue un gran compositor. Tuvo la gracia de escribir cosas que parecen haber estado ahí siempre: como si se hubieran escrito a sí mismas o hubieran sido escritas por el tiempo; como si fueran parte de un sueño común que estábamos contando todos en diferentes mañanas. Por alguna extraña orquestación, saber que se murió me hizo sentir todos los pedacitos llegadores del repertorio que le conozco. Y mis penas de amor me apenaron porque se murió. Ya no estoy en la fase cortarme las venas por nada, pero eso me hizo la noticia y todavía me siento como si hubiera llorado mucho. Qué se le va a hacer.

Silvia Parque

jueves, 21 de julio de 2016

El final de una sociedad de dos

Hoy oí hablar a Pablo Fernández de los estragos que causa el término de una sociedad de dos. Cómo pierdes el derecho a usar las anclas de identidad que daban sentido a tu vida. Cómo algunos resistimos en el límite del final, evitando pasar al otro lado, donde ya no hay nada porque no hay lo que había.

Puede parecer que la angustia del paso al vacío es lo peor o que el vacío después del fin es lo peor de lo peor. Pero lo infernal está en la automatización de esas vueltas en círculos donde una se desliza cuando algo no funciona y, sea que en realidad pudiera arreglarse o no, se han declarado ya las nulas intenciones de arreglarlo. Él usó la expresión "parejas civilizadas": los acomodados al continuo perdón de cosas que ya no importan.

Silvia Parque

lunes, 23 de mayo de 2016

Suficientemente bien

He tenido unas semanas maravillosas y el fin de semana fue increíble... increíble de bueno, así que no me esperaba amanecer con el ánimo decaído... será que tuve un sueño chocante. El caso es que hoy amanecí de "mírame y no me toques" y para antes del mediodía, ya había hecho un drama.

Creo que cuando una decide estar mejor que biencuando se dan lo primeros pasos por caminos nuevos, la inercia de lo peor de una misma tramará un boicot. Al cabo de años de observarlo, la trama se vuelve evidente y es menos difícil deshacerla: "menos difícil" y hasta fácil, pero no menos pesado.

Por la tarde, B y yo la pasamos de lo mejor jugando con sus seis rebanadas de pastel y el plato amarillo en el que se acomodan. ¡Nos reímos mucho! Nada más verla ya me da contento. Pero antes de eso, antes de volver a sentirme alegre, me sabía abrazada por la presencia de Dios y de algún modo, sintiéndome mal, todo estaba suficientemente bien. Pensé que eso es la felicidad.

Silvia Parque

sábado, 20 de febrero de 2016

Con la novedad del enojo

Durante lo que todavía es la mayor parte de mi vida, no era llorona; luego fui llorona y con el embarazo me hice más llorona. Pensé que era cosa de las hormonas y que volvería a la normalidad, pero aunque salí del extremo de llorar por todo, mi normalidad ahora es llorona. Lo asumí.

Como novedad, ahora soy enojona. Muchos que me conozcan pensarán que ya era enojona porque mi carácter neurótico de "lo que yo quiera y no me quito" podía ser interpretado como enojo: pero no.  Podía ponerme seria y dar paso a una singular capacidad para ser tajante, pero eso a mí no me enojaba, es decir: no me producía una reacción visceral de enojo. Mis alumnos me dijeron más de una vez "pero no se enoje" o "se va a enojar" y yo les decía que para nada, que solo tres personas en el mundo tenían ese poder (después fueron dos, luego solamente una).

No me enojo por todo; pero por ejemplo, los actos de violencia que antes me importaban y me apenaban, ahora también me enojan (son muchos, demasiados).

Silvia Parque

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Siete meses

Hace siete meses, nació B. Yo no estaba lista, a pesar de los meses de espera y los años de deseo. Sabía que era un regalo de Dios, pero no había dimensionado cuánto no la merecía. Llegó y se reveló otra, no la que yo había pensado, aunque sí a quien había estado amando. Con cada mes se muestra más ella, y me encanta; sé que podrá rebelarse a la niña de nuestro ensueño para ser la mujer que le corresponda ser.

Cada cumplemés la felicitamos, pero hoy me felicito más a mí misma. Ayer salimos, y no le llevé un biberón, así que pasó un rato de hambre; todavía no tiene un mueble apropiado para su ropita; ya deben ser semanas de retraso en la siguiente vacuna que le toca; así que no me felicito por mis logros, ni mucho menos; me felicito por ser tan enormemente afortunada.

Silvia Parque

jueves, 24 de septiembre de 2015

Sentir la llana tristeza

Estoy haciendo un cobro a una persona de lo más amable, que por alguna extraña razón no ha contestado mis mensajes. No lo digo con ironía: es una persona confiable y realmente me extraña que no se reporte; estoy segura de que va a pagarme, pero este desfase temporal me pone en un aprieto y hoy me entristeció. Racionalmente, no hay un problema existencial: hay una complicación que se atraviesa y tarde o temprano se deja atrás. Pero pensé: "todo me sale mal", "no puedo hacer nada de lo que quiero". Y me detuve. Le di a cada frase la respuesta apropiada, tomé perspectiva y pasé a otra cosa; seguí triste, pero no me metí en un hueco profundo y oscuro; hace años, me metía en huecos así: portales a dimensiones macabras. Me doy cuenta de que ese ponerme mal era una evasión de la llana tristeza. Como drogarme para no sentir lo real, aunque supiera que siempre había un mal viaje.

Silvia Parque

miércoles, 29 de julio de 2015

Cuando el triste o adolorido, no es un bebé

A veces, B se queja o lloriquea cuando está dormida; a veces hace un gesto de dolor. No me refiero a los sonidos que pueden ser normales en el sueño, como pujiditos, sino a claros indicadores de incomodidad. Usualmente me acerco y le pongo la mano encima. Si continúa quejándose o lloriqueando, la tomo en brazos. Cuando ha sido un día o una tarde en la que ha estado inquieta, me detengo a pensar si tocarla o no, si alzarla o no, es decir, si apostar a la posibilidad de que solita se aquiete, en lugar de arriesgarme a despertarla. Siempre corro el riesgo.

Si me conmueve cuando pone cara de incómoda o molesta, mucho más cuando pone carita triste o de dolor. Aunque las personas reaccionemos diferente, y haya quien considere que es mejor no hacer mucho caso al llanto del bebé, o hacerle caso pero no tomarlo en brazos, etc., creo que las personas sanas que recibimos el mensaje "bebé mal", nos conmovemos, deseamos que el bebé esté bien, y en la medida de nuestras posibilidades, haremos algo al respecto. En general, los bebés despiertan lo mejor de las personas.

¿Cuándo deja de importarnos el malestar del otro? Los niños también provocan buena voluntad, pero menos que los bebés. Supongo que hay una premisa cultural por la cual, quien tiene o debería tener recursos para atenderse a sí mismo, ya no es un adecuado depositario de las atenciones de los demás.

Me queda claro que  no podemos ir por ahí atendiendo a todo el grandulón que eventualmente lo requiera; pero creo que ni siquiera nos conmueve, sentimentalmente hablando; creo que dejamos de notar los gestos de malestar, si no representan una amenaza para nosotros.

Silvia Parque

viernes, 5 de junio de 2015

En lo orgánico

Cuando nació B, llegó a mi vida un nuevo concepto: "felicidad orgánica". Los primeros días, contaba pañales mojados para saber que se estaba alimentando. ¡Qué alegría llegar al pañal número 4! ¡Y que los manchara! Y si durmió, y cuando despertó, y que quiere más leche... Hasta, de alguna extraña manera, es un gustillo verle un moquito, y un poquito de cerumen en la oreja, y cómo le crecen las uñas.

Ahora, además, he tenido pesares y miedos, también orgánicos. Que tenga gases y le duela. Suponer que le ha subido la temperatura...

Me devuelve a lo esencial de la vida: lo material: el cuerpo. Una cuestión animal, supongo.

Silvia Parque

martes, 26 de mayo de 2015

El dolor de un chef que se precie

Dicen que los niños vienen con una torta bajo el brazo, y la mía llegó con una cocina. Ahora, mi afición de oír videos de recetas en Youtube, se hace más emocionante. Cuando haya entregado el trabajo que estoy haciendo, le dedicaré todo el tiempo que pueda, a divertirme preparando todo lo que he soñado. Por lo pronto, las recetas siguen siendo mi ruido de fondo, o mi entretenimiento cuando ceno sin otro adulto. A veces, encuentro perlas, como la siguiente frase:

"A mí me da dolor en el corazón cuando veo que alguien quiebra los espaguetis" [Dicho AQUÍ.]

Silvia Parque

sábado, 2 de mayo de 2015

Quitarse rápido

Ya no hago berrinches... digamos, berrinches con pataleta. Sin embargo a veces, cuando me enojo o me pongo triste, me estaciono ahí un rato.

Es normal. Pero creo que se puede evolucionar al "no estacionamiento". Sentir la tristeza, sentir el enojo; dejar que pasen. Yo todavía las retengo en el ejercicio sinsentido de tener la razón en lo que más bien habría que pensar qué conviene.

Silvia Parque

miércoles, 15 de abril de 2015

Embarazada con queja y búsqueda de consuelo

He pasado una mala noche, así que me he dado el día. Me ocuparé de cosas de la casa que no sean pesadas y no requieran pensar, así no hay desperdicio.

Ayer tuve buenas noticias que deberían ser suficientes para estar de fiesta toda la semana; pero por la noche me puse sentimental, y de lo sentimental pasé a lo triste, que se puso amargo y profundo. Un poco es el efecto de las hormonas, un poco es falta de autodominio, y más que un poco es que hay cosas que están mal, y aunque una se acomode a ellas, un día lastiman, o un día se nota que han estado lastimando. Lo que está fuera de orden siempre causa problema.

Así que tuve mi rato de llorar.

Cuando eso pasa, le encargo mi niña a Dios para que la libre del efecto de mi emoción negativa. De todas formas, sé que me toca cuidarla y quisiera que en su experiencia "de allá adentro" solo hubiera tranquilidad y gozo. Pero hasta el momento, no soy una mamá que viva solo tranquilidad y gozo, así que le toca lo que hay. Esto lo escribo con serenidad, pero no fue fácil estar en paz con ello. Los mensajes del mundo son del tipo de: "lo primero es su bienestar: apacigua lo que haya que apaciguar, supera lo que haya que superar, y sigue adelante". No puedo alegar nada en contra. Solamente señalo dos puntos: 1) A veces, las personas caemos: gana la debilidad, fallamos, abandonamos una tarea, volvemos a un mal hábito. Mientras las mujeres embarazadas sean personas, también les va a ocurrir. 2) Por más que sea intención de una madre que su hija sea "lo primero", es cuestión de la naturaleza humana que "lo primero" sea una misma. Quiero decir, que en todo lo que sea racional, el bienestar de mi niña estará por encima de mi inclinación, comodidad y necesidad; pero en lo que no es racional, eso no siempre va a ser posible.

Sobre el segundo punto, no hay mucho qué decir. Pienso en las personas que no entienden cómo es que alguien sigue haciendo algo que no le conviene, y me da ternura pensar que a lo mejor las nociones de piscoanálisis se le enredan a una... que a lo mejor es más sencillo vivir suponiendo que somos toda voluntad... Sobre el primer punto, pues sí: en acuerdo con el mundo, supongo que no queda más que levantarse y tratar de no volver a caer muy pronto, o al menos, de meter mejor las manos la próxima vez; pero hay que dar un espacio a la caída: al reconocimiento del dolor, a la queja y la búsqueda de consuelo. Yo he llamado a mi madre para oír que me quiere, y a mi abuela para llorar acompañada. Así me consuelo. Luego he venido a buscar canciones de alabanza en Youtube, y a escribir esto. Así me levanto. Pero creo que son igual de importantes, tanto el momento en el que me dije: "voy a llorar todo lo que quiera" que en otras palabras es "todo lo que me haga falta", como el rato de hablar con Dios en plan preescolar de alta demanda: "estoy muy triste, papá, muy triste, y también estoy enojada, no quiero esto". Así me quejo.

Silvia Parque

viernes, 3 de abril de 2015

No siempre el otro estará contento

Algunas personas sentimos ansiedad o angustia ante la expresión del afecto negativo de otra persona. Percibimos enojo o tristeza, y querríamos no percibirlo. Esta reticencia no es empatía ni compasión: no se trata de que quisiéramos que el otro no estuviera enojado o triste -aunque también puede que lo estemos queriendo-, sino de que quisiéramos no pasar por su enojo o su tristeza.

Es normal y cuerdo, por supuesto, no gustar de la cercanía de los afectos negativos. Pero si nos vinculamos con las personas, alguna vez habrá que convivir con estados de ánimo que no son agradables. Conviene saberlo, asumirlo y soportarlo; de no ser así, sentiremos la tentación de una de dos cosas que no terminan bien:

a) Exigir a la otra persona que no sienta lo que siente, o que no lo exprese, o que se apresure a recuperarse.
b) Tomar como misión el evitar o aliviar el sentimiento ajeno.

Silvia Parque