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viernes, 17 de noviembre de 2017

Puedes dejarle y quererle

Lo normal y sano es relacionarnos con las personas porque nos hace bien o nos conviene. Si no nos hace bien ni nos conviene habría que pensarlo; pero si nos hace mal o nos resulta inconveniente, lo normal y sano es dejar la relación. A veces no se puede, como cuando alguien necesita seguir en un trabajo donde hay un jefe nefasto. Pero si se puede, hay que terminar con las relaciones dañinas.

Creo que es fácil estar de acuerdo con lo anterior. El problema está en que no somos robots que hacen lo que corresponde a una conclusión racional; nos implicamos con las personas de maneras complejas y oscuras y es difícil dejar las relaciones que forjamos con quienes nos hemos vinculado. Los vínculos se forman en el ser: en lo que uno es. Pero tengo una idea al menos para una de las cuestiones que dificultan esta liberación:

En algunos casos, quien no se puede ir se atrapa con el amor; "es que lo(a) quiero mucho", dice la persona, como si debiera no querer. La buena noticia es que puede seguir queriendo. Puedes amar a alguien con quien decides no estar. Puedes agradecer por su vida, por lo bueno que hubo, orar por la persona, hacer lo que puedas a su favor desde la distancia y sobre todo: puedes sentir con confianza lo que sea que sientas. Y ponerte a salvo.

Vale para amigos, parejas, mamás, papás, quien sea.

Silvia Parque

jueves, 12 de noviembre de 2015

No hay espacio para la locura en la maternidad

Estuve loca cuando mi vida se puso muy caótica. Mi analista me envió con el neurólogo, que diagnosticó Trastorno de Ansiedad Generalizada. Tuve suerte de tener contención profesional porque meses después, mi vida caótica se iba a fragmentar en pedacitos de corazón "podrido de latir" -como diría Sabina-. Pero ya era complicada desde antes, desde niña.

Así las cosas, cuando llegué a la salud mental y la paz del alma, llegué a las que podía tener siendo yo; o sea, que tengo mis cosas...

Me eriza la psique dejar algo a la mitad. Soy muy buena para posponer; puedo dejar proyectos importantes a la mitad, a la cuarta parte o recién comenzados, pero que nada interfiera con una tarea específica porque me comerá el cerebro hasta que vuelva a ella. Peor si la interrupción fue por algo inesperado. Lo inesperado y yo no somos los mejores amigos. Suelo trabajar abriendo varios frentes: paso de un archivo a otro para despejarme de uno, avanzando con otro, y eso me da espacio para pensar; pero dejar un párrafo a la mitad para contestar un correo urgente, puede ser muy disruptivo para mí. No soy multitarea. Para nada.

Tampoco soy multiestímulo. No puedo atender un sonido ambiental, una voz que le habla a alguien, una voz que me habla a mí, luces de colores, sensación de humedad, y permanecer de buen humor. Aunque sepa que la "voz que le habla alguien" no está requiriendo mi atención; aunque el sonido ambiental haya sido originalmente agradable. Si llegué al límite de los estímulos que puedo manejar, esa voz y ese sonido pueden resultar como la gotita de agua que tortura a quien quiere dormir; en ese punto, cualquier cosa que vea, huela o sienta, puede ser demasiado.

También soy quisquillosa. Si quiero un pastel de chocolate, no quiero una galleta de chocolate, no quiero un pastel de nuez, no quiero nada más que exactamente lo que quiero; puedo cambiar de querencia, eso sí, pero no puedo hacer pasar una cosa por el satisfactor deseado si no lo es. Y tengo aversiones nivel "me da algo". En el top se encuentra la aversión por la sensación del cabello mojado sobre mi piel; mío o ajeno. Está bien mientras estoy mojándome, es tolerable mientras está empapado... pero cuando pasa de empapado a mojado y de mojado a húmedo.- me pone mal. Lo siguiente en la lista es el sabor de la pasta dental, y mil veces más, la sensación de espuma que hace al cepillar los dientes.

Así he vivido. Hasta que tuve una hija.

Un hijo te cambia la vida, dicen. Y te cambia la vida, en efecto.

No volverás a dormir igual, no volverás a comer igual; ya nada es lo mismo, dicen. Y ya nada es lo mismo.

Entre las novedades: no hay espacio para la locura.

He interrumpido mi baño para amamantar a B, con el cabello mojado cayendo sobre mis hombros, todo el rato que come, más el ratito que se queda en brazos después de la toma. He interrumpido mil cosas, cada día -incluyendo un corte de cabello-, porque los bebés tienen sus propios tiempos y necesidades, que no son los de una. Más que nunca, lo inesperado es lo único de lo que puedo estar segura. He hecho planes perfectos armonizando el trabajo, la vida social y el cuidado personal, para decirles adiós porque B entra en "brote de crecimento" o por cualquier cosa. Ahora, comer frío significa comer, y es suficientemente bueno. Y nunca valoré tanto un rato para cepillarme los dientes.

Todavía tengo que desconectar con todo alrededor para atravesar por los ratos de llanto, que objetivamente ni son muchos, ni son para tanto, pero que a mí me... sitúan en un área de oportunidad en mi desarrollo personal. Es algo a lo que hago espacio con amor, porque si no reconocemos nuestros límites, nos lastimamos -así que algo de espacio hay que dejarle a la locura, finalmente; uno regular, donde quepa bien-.

En metafísica se dice que escogemos a nuestros padres como maestros de lo que nos toca aprender. ¿Qué estaría pensando mi niña?

Silvia Parque

jueves, 29 de octubre de 2015

De visita

Estoy de vacaciones; de visita con mi familia, en el rancho grande de donde soy. Pero tengo trabajo, afortunadamente, y lo hago en los momentos en los que la niña duerme o es cuidada por otros, si yo no estoy en la chorcha.

Hace unos dos años que no venía por acá. He caminado por las calles que conocí cuando era jovencita, y me he impactado encarando lo complicada que he sido toda la vida. Entiendo por qué; había razón; pero sí me he preguntado, "¿no podía ser de otra manera?" Si pienso en una niña de trece años, en una joven de 17 o una mujer de 21, su persona me aparece tan-mucho más simple que la niña, joven y mujer que he sido.

Sé que somos lo que podemos con los recursos que tenemos en cada momento, y me gusta pensar que tengo recursos para el bienestar, la felicidad y la plenitud, ahora que estoy en lo que puede ser lo mejor de mi vida. Creo que eso será bueno para B.

Silvia Parque

martes, 15 de septiembre de 2015

Fin de la espera

He estado esperando el desenlace de una situación para estar en paz. He temido que no sea el que quisiera. He pensado que bueno o malo, lo mejor es que termine de pasar lo que vaya a pasar, y luego el miedo me ha hecho desear suspender el tiempo. Demasiados días, el tema ocupó todo el espacio mental que encontró.

Pero este sábado decidí poner fin a esta manera de vivir la situación; eso está en mis manos -lo que vaya a pasar, no-. Quiero dejar estar a la vida. Aunque sinceramente pongo todo en manos de Dios, esta necesidad de que "algo" ocurra para entonces estar en paz, me revela falta de confianza en esas manos; así que espabilo.  

Recuerdo los años en que la tesis inconclusa era una especie de tapón que me impedía emprender. No es que fuera a pasar algo específico cuando la terminara, pero debía terminarla para poder pensar en otra cosa; luego llegó el trámite para el título, así que pase de un "hasta que la termine" a un "hasta que me titule". No han faltado otros "hasta que": hasta dejar el trabajo, por ejemplo. Es un modo tonto de desperdiciar vitalidad, de no estar "aquí y ahora".

Silvia Parque

martes, 3 de febrero de 2015

El lujo de no aplaudir

Yo tenía un buen trabajo en una universidad pública, solamente que parte de lo que hacía no me satisfacía, esa parte iba creciendo, y lo que sí me satisfacía no me hacía sentir plena. Así que lo dejé. Es la versión corta, pero tiene ramificaciones; por ejemplo, yo quería estar más tiempo en mi casa, lo que me permitiría estar pendiente de la familia del modo en que quiero hacerlo. Fue uno de los motivos para irme, en busca de algo. Pero había motivos para irme, no en busca, sino en renuncia. Pertenecer a la organización tenía implicaciones a las que no quería sujetarme. Recuerdo al gobernador de visita, dando un breve discurso; yo no estaba de acuerdo con esto y con lo otro, y dado que mi puesto no tenía importancia -en cuanto a estatus, visibilidad, esas cosas-, podía darme el lujo de no aplaudir; pero se supone que aplaudiéramos; nadie iba a obligarme a hacerlo, y yo no estaba en una posición como para que se notara qué hacía o no hacía; pero "aplaudir" era parte de un paquete de gestos sin los cuales me encontraba algo fuera de lugar. En síntesis, no me gustaba la pleitesía que percibía en el ambiente.

Creo que a veces, los que pueden darse el lujo de no aplaudir, no se han dado cuenta de ello. A veces, los que no debieran aplaudir, tampoco se dan cuenta de que "palmotear" no equivale al "buen día" o "buena tarde", que no se le niega a nadie -casi nunca-.

Me da gusto que el señor Presidente de México, ya sepa que la prensa -al menos alguna prensa- no tiene por qué aplaudirle.

Silvia Parque

miércoles, 21 de enero de 2015

Entre el saludo y la asociación

Yo creo que saludar, como otros gestos de cortesía, no quita ni agrega casi nada, en la mayoría de los casos. Son gestos de civilidad por los que nos es posible compartir el espacio con otros, estemos o no de acuerdo con sus formas de vida, modos de pensar, etc. Pero hay contextos en los que un saludo dice mucho. Hay quien hace fila para rendir sus respetos a un político y eso puede significar "aquí estoy, para lo que se ofrezca". Hay quien le habla al apestado del pueblo y eso puede significar "declaro que eres digno de que se te trate como persona". ¿A quién no se podría ni saludar? Recuerdo un par de videos en los que alguien que recibe un premio o algún tipo de incentivo estatal, no saluda al presidente en turno. Es un mensaje importante que puede ser un modo de levantar la cabeza con dignidad ante situaciones de oprobio.

En la vida cotidiana, una cosa es saludar e intercambiar comentarios sobre el clima, y otra cosa es asociarse y vincularse. Pero el límite no es siempre de lo más clarísimo. No sé como será ahora, que tantas cosas han pasado; pero hace años, en el rancho de donde vengo, era complicado no hacer tratos con personas de un modo u otro relacionadas con el narcotráfico. ¿El carpintero iba a negarse a hacerle los clósets a ese tipo que, por otro lado, se está portando de la manera más normal del mundo con él? La pregunta puede extenderse hasta abarcar cualquier situación. Si sabes que el compadre hace robo hormiga en la oficina, te presta un bolígrafo para hacer una nota y te dice que te quedes con él, ¿te niegas? ¿Le preguntas si ha pagado por él? Por supuesto es diferente que las acciones de la persona sean inapropiadas, incorrectas, inmorales, malas, ilegales, criminales, etc. Cada calificativo tiene sus implicaciones, y habría que considerarlas.

Si solo nos relacionáramos con blancas palomas, no podríamos relacionarnos, o solo trataríamos con lactantes. Pero entrar en relación puede ser hasta peligroso, según el caso. En principio, es verdad que quien con lobos anda, a aullar aprende. Luego está el riesgo de compartir la suerte del otro, nada más por estar enseguida. Así que hay que saber hasta qué punto se trata con cada persona. No con cualquiera se sube una en el coche, ni a todo el mundo se le invita a casa o se le cuentan cosas personales. Estas consideraciones son nuevas en mi vida, y me cuestan algo de trabajo. Trato de escuchar a Dios para saber "esto sí", "esto no", "con esta persona hasta aquí". No me gustaría ser alguien con barreras hacia los otros, ni alguien que hace de jurado y de juez; pero también creo que es bueno establecer límites en las relaciones, y entre los criterios para establecerlos, están los basados en quién y cómo es el otro, algo de lo que nos enteramos sobre todo por sus acciones.

Silvia Parque

jueves, 21 de agosto de 2014

La diferencia

"La diferencia entre un superhéroe y un supervillano, es un superpapá". 
Magdiel Miranda

Todos somos fastidiados de alguna manera por un papá o una mamá; viene con el paquete. Mi mamá me fastidió durante varios años -mientras me dejé- con el designio explícito: "eres diferente". Entre el poder de su palabra, y la evidencia de mis diferencias, no tenía escape. Y no me gustaba.

Pasé del citado no-gusto, a cierta desesperanza. Siendo como yo era, no podía relacionarme con normalidad. Me apartaba, y no ayudaba, por ejemplo, que mi mamá prohibiera que yo hablara "como los demás niños": yo había de decir las palabras correctas y completas. Mi abuela tampoco ayudaba en eso; mis hábitos eran inusuales incluso para el resto de la familia; por ejemplo: no sé de cuál sería la ocurrencia, pero como a los ocho años, yo cenaba a las seis de la tarde, cuando los demás niños jugaban, y no para jugar después, sino para irme a la cama. Creo que no se quejan de que les salí rara, porque al cabo de los años, han de saber que estaban fraguando rareza...

Como cinco años de diván, costó mi reeducación en el tema "yo y los demás" (así, con el burro por delante). [Por cierto, buena parte de los honorarios de mi analista, fueron pagados por mi buena mamá.]

Finalmente, aprendí que puedo equivocarme, como todos; que tengo las necesidades comunes a la generalidad de las mujeres; que las consecuencias determinadas para ciertos actos, también se aplican para mí. Y el proceso de verme como los otros fue a la par del aprendizaje de que esos otros son personas.

Descubrí mi singularidad, y la fui queriendo. [Entretanto: caos, crisis, reinicios; amor.]

Entonces, crecida, elijo la diferencia. No la que a todos nos toca -nadie es igual a alguien más-, sino la que veía mi mamá: la que ella dijo.

Silvia Parque

miércoles, 13 de agosto de 2014

El amor en la compra de útiles escolares

En mi casa, gracias a Dios, la escuela era algo "asegurado". Nunca dejé de tener todo lo que necesitaba, cada ciclo escolar. De hecho, nunca pensé en seguir estudiando como una "opción": era lo que iba a pasar. Ahora sé que no aprecié el tamaño de la inversión que se realizaba en mí y no agradecí suficiente los esfuerzos que implicaba. Mi abuela nos contaba que Fulano de Tal, no me acuerdo si conocido suyo o de mi abuelo, iba a la escuela descalzo y como no podía comprar cuadernos, usaba el reverso de los almanaques para hacer sus apuntes. Aunque siempre me han gustado las historias, recuerdo que me fastidiaba un poco el tono con el que a veces lo contaba: ese tono de: "tantos-niños-que-no-tienen-qué-comer-y-ustedes-que-no-quieren-la-sopa".

Ahora lo veo diferente. 

Sé de una persona que se acaba de mudar a la ciudad y está ingeniándoselas con el dinero que trajo, en lo que empieza a tener ingresos acá. Tiene dos hijos en edad escolar y yo me he preguntado estos días si ya lo tendrá todo cubierto. Seguramente sí, porque es de un medio socioeconómico en el que los papás mueven cielo, mar y tierra para que sus hijos vayan a la escuela bien vestidos, bien calzados y con todos los útiles de la lista. En cambio, conocí una familia también "inmigrante", que decidió dejar a las tres hijas sin estudiar lo que restaba del ciclo escolar más un año más, por no poder con la carga de cuotas, uniformes y etcéteras. Nunca había visto algo así de cerca. Me parecía inaceptable: escandaloso. Si tenían techo y los dos papás trabajaban: ¿cómo no mandaban a las niñas a la escuela? Me faltaba mucho qué aprender sobre las dificultades. [Por cierto, esas personas extraordinarias me dieron en qué sentarme cuando no tenía en qué y me compartieron su comida cuando tuve hambre.]

Conocí a una mamá que iba comprando un cuaderno cada semana hasta que completó los de todas las materias, un mes después del inicio de clases. No puedo recordar quién era ella, cuál era nuestra relación o en dónde estábamos cuando la oí contarlo; pero es inolvidable el gusto con que lo dijo. Qué llena de amor estaba. 

Silvia Parque

sábado, 5 de julio de 2014

Canciones

Las canciones implican por numerosas circunstancias que las vinculan a nuestros afectos. A veces, dicen lo que queremos decir, o lo que nos pasa, o lo que queremos que nos digan. La canción que ha sido dedicada se convierte en propiedad del destinatario de la canción. Están también las canciones de fondo, que no necesariamente nos gustaban o nos gustan, pero que se hacen parte del ambiente del recuerdo de una época -hay que leer a Pablo Fernández con ese tema-. O las que sonaban a tal hora en tal lugar cuando tal cosa, y se asocian a ese evento... las que se usaron de cortinilla musical en un programa o para un anuncio comercial...

A mí un hombre muy importante me compartió ESTA canción. Ese día hablamos poco, como cada vez que nos vimos. Hoy lloré con ella, y me acordé de él. Lo tengo en la memoria siempre, me acuerdo de él frecuentemente, pero no lloro siempre. Hoy lloré por la canción. La tengo asociada a él porque a él le gustaba, y ocurrió que me lo dijo. A mí ya me gustaba, y antes y después de ese día en que la oímos juntos, me siguió representando mis propias cosas "románticas". Pero ahora nada más significa "él"; supongo que porque está muerto*. Nos implicamos de un modo con algo; por ejemplo, con una canción, y luego puede cambiar la implicación.

*Ahora puedo decir "muerto". Al principio, no.

Silvia Parque

domingo, 4 de mayo de 2014

Estar o hacerse cargo de la seguridad de otros: capitanes, guardería, escuela

Leí la entrada "Capitanes" en el blog rabodeají, y recordé la tragedia de la guardería ABC, por lo que se criticó y se alabó, respectivamente, del comportamiento de alguna encargada que salió corriendo, buscando salvar su vida, y el del vecino que estrelló su camioneta contra una pared, para abrir un boquete y entrar al lugar incendiado, a sacar de ahí a los niñitos. De que el vecino es un héroe, creo que no hay duda. Y debe estar re-armado por el resto de sus días, con las bendiciones que deben haberle llegado de centenares de personas. Que eso debía hacerlo cualquiera con una camioneta y dos brazo y dos piernas... bueno: hay deberes morales que no pueden ser exigibles -no entre nosotros, seres humanos; las cuentas que entregamos en nuestra relación con Dios, son personales-. No todos tenemos la posibilidad psíquica de avanzar hacia el peligro por el bien de otros. Que quien huyó sea una irresponsable, casi una criminal, depende de cuáles hayan sido las responsabilidades precisas que correspondían a su puesto, y de los recursos de los que se le haya dotado para ejercer esas responsabilidades: ¿tuvo una capacitación? ¿hubo simulacros de desastre? Seguramente, no.

El caso de los capitanes es distinto: estaban al mando, tenían formación para estarlo, y parece que más que errores técnicos, hubo arrogancia o displicencia, lo cual, cuando están en juego vidas humanas, es algo muy grave.

En el primer día de mi primera experiencia como educadora en preescolar, una niña de segundo grado se cortó las cejas. ¿Tenía yo la culpa de que la criatura no usara las tijeras como es debido? La culpa, no; pero sí la responsabilidad. Y más, porque ni me enteré de que ocurrió -lo supe hasta el siguiente día-. Así que si se hubiera sacado un ojo, también habría sido mi responsabilidad. Y yo no sería más buena ni más mala de lo que soy, pero cargaría con eso en mi conciencia -como cargo con un par de cosas-. Tal vez parezca que esto no tiene relación con lo que iba exponiendo, pero pienso en el subdirector de la escuela coreana del caso del ferry hundido... Por lo que leo en noticias breves, sin profundizar, parece que lo que pasó estuvo completamente fuera de sus manos. Pero estar encargado de la seguridad de los chicos y que todo acabara en semejante tragedia, debió haber sido durísimo. Cuánta compasión necesitaría.

Silvia Parque

jueves, 17 de abril de 2014

Con unos y con otros

No se puede estar bien con Dios y con el Diablo.
Quien a dos amos sirve, con uno queda mal.
No se puede repicar, y andar en la procesión.

Las personas no somos una unidad -valga la redundancia- íntegra, sin contradicciones; de la falla originaria que nos constituye como  humanos -falla en el sentido geológico: quiebre, rotura- deriva no solamente la falibilidad que hace inevitable el desacierto, sino también la incoherencia, la contradicción, que por una parte enriquece nuestra complejidad, y por otra parte nos boicotea: queremos algo y queremos algo incompatible al mismo tiempo; amamos y guardamos rencor; deseamos una posibilidad desde la más honesta necesidad y andamos pobres de fe.

Creo que quien logra una integridad completa, tiene ya poco que hacer en este mundo material. También creo que hay personas sin mayor complicación, que no necesitan ocuparse de su integridad. Pero quien ha pasado por una experiencia fuerte, de abandono o de enfrentamiento, si se ha sentido "partido en dos", "con el corazón roto", "deshecho", probablemente ha quedado desintegrado, y si va por la vida sin reconstituirse, probablemente se pierda. Encontrará consuelo en unas voces, apoyo en otras, explicación en otras, y probablemente cada una de estas voces le hará replantearse su posición. Este replanteo es la base de cambios de rumbo, de crecimientos importantes; pero puede ser el origen del caos si nunca llega el momento de una definición, y se toman elementos de un lado y de otro, no para procesarlos y crear con ellos una postura propia, sino evitando asumirla.

La definición identitaria, el asumir un compromiso con una misma respecto a una cosmovisión y un modo de vida, no tiene que ser algo incólume. De hecho, no puede serlo -la falla está siempre-; la pretensión de que lo sea, genera rigidez, y lo que se requiere para poder estar bien parado en el mundo, es firmeza, no rigidez... Terminando este párrafo, creo que he dejado algo "sueltos" los dichos con los que encabezo esta entrada. La idea en concreto es que no podemos vivir conforme dice el consejero del programa de la mañana, y conforme dice el libro de desarrollo espiritual que nos prestó el amigo, y del modo en que estaría bien para nuestra familia, y según los preceptos de tal religión en el modo en que los aprendimos y esto y aquello, lo de más alla... al menos, no podemos vivir así, y vivir conforme a nosotras mismas.

Silvia Parque

martes, 18 de marzo de 2014

Hablando se entiende la gente... o no

Las palabras en la boca de alguien no son las mismas que en la boca de otra persona, aunque tengan las mismas letras. Cuando hablamos, el mensaje se emite desde la posición que tenemos en la relación, desde la figura que representamos. Por eso los conflictos entre personas estrechamente vinculadas, si no tienen mediación, a veces se ponen peor "hablando". Por eso mismo no es pérdida de tiempo hacer mención de qué estamos entendiendo y qué estamos sintiendo ante lo que oímos, ni está de más hacer acotaciones respecto al sentido de lo que estamos diciendo, siempre y cuando todas estas "notas al margen", las hagamos con honestidad, sencillez y afán de conciliación.

Silvia Parque

jueves, 20 de febrero de 2014

Quiero hacer pipí

Por alguna extraña razón, estos días me he encontrado en situaciones que me obligan a estar aguantándome las ganas de hacer pipí, es decir: en la calle y con ganas. Es horrible. Cuando era niña tenía un problema con eso: me aguantaba todo lo posible, hasta que me metía en un lío de dolor y angustia... debe tener implicaciones muy interesantes para mi analista, pero por lo pronto, me concentro en descubrir qué cosa objetiva habrá cambiado en mi rutina para ponerme en esta situación varias veces seguidas. Porque habrá que arreglarlo: tener ganas de hacer pipí sin ser demente ni estar borracha es una cosa terrible: el cuerpo se tortura a sí mismo antes de dejar salir lo que presiona por salir. Toda la corteza cerebral no alcanza para encontrar un lugar oscuro en el que bajar el pantalón y terminar con el asunto, porque a la cultura occidental se le ocurrió que las niñas no solamente no hacen pipí en donde sea -que eso también va para los niños educados-, sino que morirían si lo hicieran.

Silvia Parque

domingo, 16 de febrero de 2014

Tamaños de las cosas que salen mal

Hay tres tamaños de cosas que salen mal:
  • Pequeño.- Cosas cotidianas engorrosas relativas a objetos materiales, en las que el azar puede tener participación considerable y que cuando se presentan en sucesión una tras otra, pueden derivar en una cosa que sale mal del tamaño siguiente. Ejemplos de cosas pequeñas son: calentador de agua apagado por la mañana a la hora del baño, café derramado sobre la blusa y leve quemadura correspondiente.
  • Mediano.- Cosas con importancia para la salud, para el desarrollo económico o para la seguridad familiar, o bien que comprometen nuestro sentimiento de ser apreciados, común pero no necesariamente asociadas con las relaciones humanas y especialmente con las relaciones íntimas. Cuando no se atienden las razones de que estas cosas salgan mal, pueden evolucionar al tamaño siguiente. Ejemplos de cosas medianas son: rechazo de un proyecto laboral, comida familiar que termina en pleito. 
  • Grande.- Cosas con implicaciones fundamentales para el bienestar, decisivas para la realización del proyecto de vida y que usualmente aunque no necesariamente, se relacionan más con un proceso que con un evento. Ejemplos de cosas grandes son: perder un empleo que es una importante fuente de ingresos, separarse de la pareja. 
Si una cosa grande sale mal, hay crisis antes, durante y/o después de que salga mal. También se puede hablar de tamaños de crisis, desde las pequeñas crisis que sacan chispitas, hasta las crisis vitales que representan un quiebre en la continuidad del tiempo de vida. En adelante usaré la palabra "crisis" para referir a un tamaño mediano de crisis, que implica cierta voluptuosidad del malestar. Así pues:
  • Una cosa grande que sale mal, casi siempre origina crisis en una persona occidental común; si no lo hace es probable que la persona pase de cosa grande que sale mal a cosa grande que sale mal, hasta que llegue la crisis que rompa la inercia. 
  • Que haya crisis ante una cosa mediana que sale mal, depende de la estabilidad emocional de la persona.
  • Una pequeña cosa que sale mal, sin embargo, solo origina crisis cuando la persona se encuentra inestable -o francamente mal de la cabeza-.
Es necesario aprender a seguir adelante cuando algo sale mal.

Hay mucho dicho y escrito sobre cómo seguir adelante después de cosas grandes que salen mal y sobre lo conveniente de dejar pasar las pequeñas cosas que salen mal. Creo que hay una evolución natural de las personas interesadas en su desarrollo personal, que hace más llevaderas estas cosas que salen mal, pequeñas y grandes. Con la perspectiva que dan las malas experiencias y domesticando las reacciones, se aprende a no dejar que lo pequeño arruine el día. Por su parte, tras las cosas grandes que salen mal, se valora sobrevivir de un modo que deja ganas de seguir con la vida.

Las cosas medianas son las más difíciles. A las cosas pequeñas se les quita la importancia y ya está. Frente a las grandes nos quitamos importancia  a nosotros mismos, de modo que las dejamos pasar en paz. Pero con las medianas hacer cualquiera de estas dos cosas entraña mayor dificultad: las medianas nos lían porque nos comprometen; nos implicamos con sus elementos, a los que nos cuesta soltar; como que cuesta creer, aceptar y asumir que "perdamos" con estas cosas. 

Silvia Parque

lunes, 13 de enero de 2014

Política sexual

Establecer "políticas" personales es muy útil. Una se ajusta al lineamiento predeterminado para el caso y no lo analiza ni le da vueltas en cada ocasión: actúa de acuerdo a la política vigente. Desde el principio de mi vida sexual activa, aplico esta idea en cuestión de salud sexual. La política sirve para no conflictuarnos. Por ilustrar:

En México, el VIH ha afectado a una cantidad alarmante de mujeres casadas, monógamas. Entre estas mujeres, parece que hay una cantidad considerable de esposas de emigrantes. Se supone que estos esposos, criados tan mexicanamente como sus fieles esposas, no tuvieron relaciones sexuales con nadie durante meses. Pero las cosas no son siempre como se supone y pasa lo que pasa. En muchas comunidades, que una esposa reciba a su marido con amor y preservativos es impensable. Qué bueno sería que pudieran asumir, ambos, que no es personal, que es política de salud: hasta de salud comunitaria. Habrá quien diga que esto no puede ser "no-personal", que se juega la confianza, que media un compromiso, etc., pero hay personas muriendo y niños enfermos en medio del asunto... y para eso sirve la política, para no tener que decir nada y dar por sentado algo así como: "yo no creo que tú me pongas en riesgo, tú no crees que yo te ponga en riesgo, pero la promotora de salud creería que podríamos ponernos en riesgo, así que obremos conforme a lo que creería ella, no nosotros".

Trabajar el tema con los adolescentes es difícil porque tienen poca, a veces ninguna autopercepción del riesgo ("a mí no me va a pasar"). Para todos los que nos movemos en el mundo del pensamiento mágico, la "política" es una gran herramienta: una sabe que a una no le va a pasar nada, pero simplemente, no se actúa conforme a lo que una sabe, ni conforme a lo que una siente, sino conforme a un lineamiento predeterminado recomendable para una persona cualquiera.

Silvia Parque

sábado, 7 de diciembre de 2013

¿Qué te molesta?

Entender qué es lo que duele, enoja o frustra, es de gran ayuda para que el dolor, el enojo o la frustración, no den origen a sufrimiento, odio o desesperanza. A veces, entender lleva a comprender, y comprender trae alivio, incluso de inmediato. Pero hay que entender con claridad: despejando la variable indicada.

Supongamos que una mujer está esperando que su novio pase por ella para ir a un evento; ya es tarde, y ella está molesta. Es evidente que está molesta por la situación; pero no es evidente qué le molesta de la situación; de hecho, ella puede no tener idea de qué le molesta:

Puede estar molesta porque está esperando, porque llegará tarde al evento, porque a él no le importa llegar tarde o porque no le obedece -por ejemplo, respecto a la hora en que debería haber salido de su casa-. Cada una de estas razones puede desglosarse, y cada una tiene caminos diversos, hacia atrás y hacia adelante...

Silvia Parque

Aprendiendo a decir "no"

Cuando los niños pequeños aprenden a decir "no", aprenden mucho más que una palabra. Antes de eso, sus reacciones de rechazo o de molestia son simplemente reacciones de un animalito inteligente. Que se detuvieran cuando oían "no", respondía al mismo condicionamiento al que responde un perrito.

La consecución del aprendizaje de tan importante concepto, sucede al tiempo del aprendizaje de la palabra y los gestos para decir con claridad "no". Como fascinada por esta adquisición, la personita empieza a decir que "no" a muchas cosas; sobre todo al hecho de que alguien tome algo que es suyo -o que considera suyo-. Está ensayando. Está probando. Es genial: dice "no", y algo sucede. De lo que suceda, dependen algunas conclusiones básicas que empleará para moverse en el mundo.

Decimos que "por favor" y "gracias" son palabras mágicas, pero "no" es mucho más poderosa. Digamos que es magia avanzada y muchas de nosotras, temerosas de sus efectos, la guardamos -más a fuerza que con ganas-, en un lugar remoto del que no podemos acordarnos... tal vez en una caja de plata y hierro cubierta de cera.

Pero resulta que el "no" es la herramienta que labra los límites de nuestra identidad, y apuntala el ejercicio de la voluntad. Así que nos hace falta. Un día despertamos y más que ninguna otra cosa, necesitamos volver a aprender a decir "no". Ir a buscar el "no" originario, resulta oneroso. Ya se sabe que es común que cuando algo se pierde, apenas conseguimos un repuesto, aparece lo perdido.

Silvia Parque

miércoles, 29 de mayo de 2013

La hora de la comida

La "hora de la comida" dice mucho de nuestras vidas. Sea que la comida principal sea el almuerzo, lo que en México llamamos "la comida" o la cena, cómo pasamos ese momento, qué hacemos, en dónde y con quién, dice mucho de nuestro momento vital. Lo que disfrutamos, lo que no disfrutamos y lo que nos molesta o lo que nos preocupa en relación con la "hora de la comida" es una ilustración representativa de la temporada por la que estemos pasando.

Silvia Parque

martes, 26 de marzo de 2013

Muy buenos o muy malos

A menudo veo películas cristianas, y me dejan un buen sabor de boca. Promueven valores que no comparto,  pero también ilustran otros que comparto, me hacen bonito el rato y nutren mi fe. No tengo problema con dejar donde está el mensaje que no tomo para mí. Pero hoy he recordado porque hay gente que no soporta esta clase de películas: me topé con una de esas en las que el mensaje es, que si un joven es cristiano es un buen chico, y si no lo es, es un delincuente; si una familia es cristiana es feliz y armónica, y si no lo es, hasta sucia estará la cocina.

Silvia Parque 

lunes, 18 de marzo de 2013

Listos o no, más bien sin estar listos

No son válidos los contratos que firman los niños o las personas que padecen de sus facultades mentales, ni los contratos en los que se renuncia a derechos irrenunciables. Pero como la vida no se legisla, una se carga una identidad como a los cinco años, asume una vocación antes de los veinte y se mete en la vida en pareja intoxicada de enamoramiento. Y con los otros y con nosotros  mismos, generamos compromisos que no convienen ni son viables, pero que usamos para sostener nuestras fantasías de libertad, felicidad y madurez.

Silvia Parque