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jueves, 19 de octubre de 2017

Llorar y llorar

La niña llora por esto, lo otro y lo de más allá. Recibo una llamada que me da mucho gusto, pero ella está llorando; ni modo: no puedo hablar. Se lleva un cuadrito de cera a la boca, le digo que no, se le cae y le digo un "mira, ya lo has tirado" que no es amable. Malo terrible: se pone sentimental. Uno es el llanto de "quiero esto, quiero lo de más allá" y otro es el llanto de "estoy triste hasta la médula de mis dos años". Llega el momento de la cama. Encuentra las tetas: algo dice, no recuerdo qué; digo "ya no tienen leche". Acabose. Pena penita pena. Para empezar creo que no es cierto. No pretendía mentirle: el "no tienen leche" me salió del alma. Le ha parecido tan triste que estaba dispuesta a dejar que se prendiera si eso la consolaba; pero no. Tocó un poquito los pezones y estuvo de acuerdo con guardarlas. Antes de dormir hubo algún par de motivos más para llorar.

Silvia Parque

sábado, 20 de febrero de 2016

Con la novedad del enojo

Durante lo que todavía es la mayor parte de mi vida, no era llorona; luego fui llorona y con el embarazo me hice más llorona. Pensé que era cosa de las hormonas y que volvería a la normalidad, pero aunque salí del extremo de llorar por todo, mi normalidad ahora es llorona. Lo asumí.

Como novedad, ahora soy enojona. Muchos que me conozcan pensarán que ya era enojona porque mi carácter neurótico de "lo que yo quiera y no me quito" podía ser interpretado como enojo: pero no.  Podía ponerme seria y dar paso a una singular capacidad para ser tajante, pero eso a mí no me enojaba, es decir: no me producía una reacción visceral de enojo. Mis alumnos me dijeron más de una vez "pero no se enoje" o "se va a enojar" y yo les decía que para nada, que solo tres personas en el mundo tenían ese poder (después fueron dos, luego solamente una).

No me enojo por todo; pero por ejemplo, los actos de violencia que antes me importaban y me apenaban, ahora también me enojan (son muchos, demasiados).

Silvia Parque

viernes, 23 de noviembre de 2012

Llorar

Yo no lloraba cuando era niña; habré llorado cuando tuviera que, pero en general no era llorona. No sé de bebé, porque fui dificilita; pero de niña grande: no.

Me volví llorona en la edad adulta. Pasé un rato adolescente llorando por mi amor platónico, pero era un llanto muy provocado, muy de performance vital. Ahora no: brota como broma hormonal. Hay canciones que de rigor me sacan lagrimitas (pocas veces me pasa con las personas -intimo poco y con pocas personas-).

Qué extraño gusto, poner canciones o películas para llorar; qué extraño que se sienta tan bien. Supongo que es el gusto por la intensidad; nos hace sentirnos vivos.

Silvia Parque