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sábado, 17 de septiembre de 2016

Estar, sentirse, parecer feliz

Hace más de tres años escribí "Pareces feliz". Decía que no sabía lo que hay cuando no hay felicidad.

Me estoy dando cuenta, en estos días, de que no soy feliz. Es algo nuevo. A pesar de que le he puesto harto drama a varias temporadas, casi siempre viví feliz, tal vez porque me asumí feliz. Ahora no, pero no hay problema (o no por eso); a cambio, estoy bien. De hecho, estoy llena de los contentos que trae consigo la presencia de B. Me siento feliz la mayor parte del tiempo cuando estamos juntas. Pero la felicidad es otra cosa, según lo veo; como un estado de satisfacción de un grato con vibración luminosa que es el background de todo lo demás que se experimenta... En algunos momentos se siente, en otros no: pero está. En mi caso, por el momento, no está... creo.

La canción de José Luis Rodríguez me gusta especialmente porque puedo verme en las imágenes. Pero además, es interesante escudriñar el sentimiento que provoca ver a la ex pareja viviendo como si no se le hubiera acabado el mundo, tan campante, pareciendo feliz. Hay que ser miserable -o estar muy dolido- para que no dé gusto que alguien a quien se quiere -o se quiso- parezca feliz. Pero con todo y el gusto, hay una sensación de "mira, cómo no estoy yo igual de en otra cosa, mariposa". Y eso de "nos hemos amado con todas las fuerzas [...] y todo acabó", me encanta; en el contexto de la canción pone en evidencia una especie de sorpresa ante el duelo asimétrico -llevado por uno solo de los deudos-; como que el sujeto, si no fuera maduro y educado, reclamaría que el otro no lleve luto.

Esto me hace pensar en cómo algo, por ejemplo, una relación con alguien, queda en el centro de la construcción de felicidad. Lo que debería estar en el centro de esa construcción es una misma. Ni siquiera la estima propia, sino una misma. Lo pienso después de unos días de releer y releer "Útero - 7 poemas de amor", de Alberto Vázquez (el mejor regalo que nos han hecho, a B y a mí).

Silvia Parque

jueves, 24 de septiembre de 2015

Sentir la llana tristeza

Estoy haciendo un cobro a una persona de lo más amable, que por alguna extraña razón no ha contestado mis mensajes. No lo digo con ironía: es una persona confiable y realmente me extraña que no se reporte; estoy segura de que va a pagarme, pero este desfase temporal me pone en un aprieto y hoy me entristeció. Racionalmente, no hay un problema existencial: hay una complicación que se atraviesa y tarde o temprano se deja atrás. Pero pensé: "todo me sale mal", "no puedo hacer nada de lo que quiero". Y me detuve. Le di a cada frase la respuesta apropiada, tomé perspectiva y pasé a otra cosa; seguí triste, pero no me metí en un hueco profundo y oscuro; hace años, me metía en huecos así: portales a dimensiones macabras. Me doy cuenta de que ese ponerme mal era una evasión de la llana tristeza. Como drogarme para no sentir lo real, aunque supiera que siempre había un mal viaje.

Silvia Parque

sábado, 2 de mayo de 2015

Quitarse rápido

Ya no hago berrinches... digamos, berrinches con pataleta. Sin embargo a veces, cuando me enojo o me pongo triste, me estaciono ahí un rato.

Es normal. Pero creo que se puede evolucionar al "no estacionamiento". Sentir la tristeza, sentir el enojo; dejar que pasen. Yo todavía las retengo en el ejercicio sinsentido de tener la razón en lo que más bien habría que pensar qué conviene.

Silvia Parque

miércoles, 15 de abril de 2015

Embarazada con queja y búsqueda de consuelo

He pasado una mala noche, así que me he dado el día. Me ocuparé de cosas de la casa que no sean pesadas y no requieran pensar, así no hay desperdicio.

Ayer tuve buenas noticias que deberían ser suficientes para estar de fiesta toda la semana; pero por la noche me puse sentimental, y de lo sentimental pasé a lo triste, que se puso amargo y profundo. Un poco es el efecto de las hormonas, un poco es falta de autodominio, y más que un poco es que hay cosas que están mal, y aunque una se acomode a ellas, un día lastiman, o un día se nota que han estado lastimando. Lo que está fuera de orden siempre causa problema.

Así que tuve mi rato de llorar.

Cuando eso pasa, le encargo mi niña a Dios para que la libre del efecto de mi emoción negativa. De todas formas, sé que me toca cuidarla y quisiera que en su experiencia "de allá adentro" solo hubiera tranquilidad y gozo. Pero hasta el momento, no soy una mamá que viva solo tranquilidad y gozo, así que le toca lo que hay. Esto lo escribo con serenidad, pero no fue fácil estar en paz con ello. Los mensajes del mundo son del tipo de: "lo primero es su bienestar: apacigua lo que haya que apaciguar, supera lo que haya que superar, y sigue adelante". No puedo alegar nada en contra. Solamente señalo dos puntos: 1) A veces, las personas caemos: gana la debilidad, fallamos, abandonamos una tarea, volvemos a un mal hábito. Mientras las mujeres embarazadas sean personas, también les va a ocurrir. 2) Por más que sea intención de una madre que su hija sea "lo primero", es cuestión de la naturaleza humana que "lo primero" sea una misma. Quiero decir, que en todo lo que sea racional, el bienestar de mi niña estará por encima de mi inclinación, comodidad y necesidad; pero en lo que no es racional, eso no siempre va a ser posible.

Sobre el segundo punto, no hay mucho qué decir. Pienso en las personas que no entienden cómo es que alguien sigue haciendo algo que no le conviene, y me da ternura pensar que a lo mejor las nociones de piscoanálisis se le enredan a una... que a lo mejor es más sencillo vivir suponiendo que somos toda voluntad... Sobre el primer punto, pues sí: en acuerdo con el mundo, supongo que no queda más que levantarse y tratar de no volver a caer muy pronto, o al menos, de meter mejor las manos la próxima vez; pero hay que dar un espacio a la caída: al reconocimiento del dolor, a la queja y la búsqueda de consuelo. Yo he llamado a mi madre para oír que me quiere, y a mi abuela para llorar acompañada. Así me consuelo. Luego he venido a buscar canciones de alabanza en Youtube, y a escribir esto. Así me levanto. Pero creo que son igual de importantes, tanto el momento en el que me dije: "voy a llorar todo lo que quiera" que en otras palabras es "todo lo que me haga falta", como el rato de hablar con Dios en plan preescolar de alta demanda: "estoy muy triste, papá, muy triste, y también estoy enojada, no quiero esto". Así me quejo.

Silvia Parque

viernes, 3 de abril de 2015

No siempre el otro estará contento

Algunas personas sentimos ansiedad o angustia ante la expresión del afecto negativo de otra persona. Percibimos enojo o tristeza, y querríamos no percibirlo. Esta reticencia no es empatía ni compasión: no se trata de que quisiéramos que el otro no estuviera enojado o triste -aunque también puede que lo estemos queriendo-, sino de que quisiéramos no pasar por su enojo o su tristeza.

Es normal y cuerdo, por supuesto, no gustar de la cercanía de los afectos negativos. Pero si nos vinculamos con las personas, alguna vez habrá que convivir con estados de ánimo que no son agradables. Conviene saberlo, asumirlo y soportarlo; de no ser así, sentiremos la tentación de una de dos cosas que no terminan bien:

a) Exigir a la otra persona que no sienta lo que siente, o que no lo exprese, o que se apresure a recuperarse.
b) Tomar como misión el evitar o aliviar el sentimiento ajeno.

Silvia Parque

viernes, 20 de febrero de 2015

Lo contrario de la felicidad no es la realidad

Leo en el muro de Facebook, de parte de Selecciones México, firmado por Gregorio Luri y compartido por Ma Lou Lou Campos:
Lo contrario de la felicidad no es la infelicidad, es la realidad. Estamos creando niños caprichosos y frágiles, sin resistencia a la frustración y convencidos de que alguien tiene que garantizar su felicidad. El mundo no es fruto de nuestro deseo y hay que saberlo.
Sin discutir sobre lo que cada sustantivo refiere.- Si lo contrario de la felicidad fuera la realidad, no habría felicidad. Y sí la hay. La felicidad no es el cumplimiento de nuestros deseos. Es posible ser feliz con los ojos abiertos, puesto que para ser feliz no se requiere vivir en la ilusión de que todos los deseos se cumplirán, todo el tiempo y tal como una lo imagine. Tan no lo es, que se puede ser feliz en la enfermedad.

La felicidad es una condición a la que se accede por un caminito de realización personal; es un estado que se va construyendo en la medida en que una se armoniza con el mundo social. Para el creyente, es un fruto de la relación con Dios (relación por la que se ha gozado Su presencia). El sentimiento agradable que le acompaña es uno de sus componentes, pero la potencia en que se presenta el sentimiento varía, así que puedo no sentirme feliz en un momento dado, pero seguir siendo feliz; eso protege de llegar a estar triste o enojada de un modo que me haga echar la vida por la borda... como si la felicidad de fondo envolviera la tristeza y el enojo, cuando aparecen; no los quita, pero los contiene, y a veces, los tiñe.

Muchas personas no consiguen ser felices; pero alguien puede no ser feliz porque ha elegido no serlo. Creo que la elección de no-felicidad, suele tener relación con la conclusión de que eso es más congruente con el mundo o con la condición humana; una conclusión lógica en un mundo contaminado, lleno de injusticias, y siendo miembros de una especie animal bastante complicada, que entre otras cosas es capaz de crueldad y vileza. Pero hay otros enfoques para ver el mundo y a los seres humanos, y hay de hecho, personas felices. Hay personas que trascienden las dificultades. Hay gente que hace realidad sus sueños. Que eso esté muy lejos de la realidad de algunos o de muchos, no lo hace menos real. Y qué mejor que un niño feliz y seguro de su felicidad, con la realidad llena de deseos cumplidos.

Sí que hay niños frágiles y sin resistencia a la frustración; tristemente, eso les hace infelices y lo que es peor: puede hacerles incapaces de procurarse felicidad, cuando llegue el momento de que vayan por su cuenta. Pero no son así porque se les haya acercado a la felicidad. Casi al contrario. El niño caprichoso y berrinchudo siente que el mundo se le cae cuando no le dan lo que quiere, porque lo bueno que tiene su mundo está prendido con alfileres. Hablo del que ha desarrollado ese carácter, no del que -como todos- tiene un capricho alguna vez, ni de los que están pasando por la fase del berrinche (como a los tres años), en la que descubren sentimientos nuevos que les desbordan, y van aprendiendo a manejarlos.

Los niños deberían crecer entre gente dispuesta a hacer todo lo posible para que sean felices. Tan "todo lo posible" que se construyan "garantías" para esa felicidad. Es la confianza en que los adultos alrededor van a cuidarle y proveerle, lo que hace al niño soportar y superar las frustraciones inevitables. También está la opción de desesperanzar y de adiestrar para reprimir emociones negativas; pero qué triste... Tomar como misión que el niño no tenga todo lo que quiere, para que no vaya a pensar que se puede tener todo lo que una quiere, a mí me suena a reproducir la incapacidad de los padres de acceder a lo que ellos quieren -o querían-. ¿Por qué no va a tener el niño, todo lo bueno que pueda dársele? ¿Porque quiere un helicóptero de verdad? Pues se le dirá que no se puede, no para entrenarlo en frustración sino porque realmente no se puede; pero también se le puede decir que si es el deseo profundo de su corazón, lo conserve y lo haga posible. ¡Hay gente con helicópteros! El entrenamiento en frustración viene naturalmente, con lo que hay que negar porque no se debe o de verdad no se puede. No seguirá comiendo dulces a las diez de la noche, aunque haya dulces. No hay modo de que reviva la mascota muerta, aunque quisiéramos. Si hay alguien que le ha puesto "garantías" a la felicidad del crío, básicamente amándole, el enojo y la tristeza inevitables, se van a vivir con confianza de que el mundo no se cae.

Silvia Parque

sábado, 20 de diciembre de 2014

Cuando no te alegra su alegría

Podría pensarse que cuando quieres a alguien, te alegra su alegría. Y así es, pero no tan sencillamente.

En principio, la alegría es un estado de ánimo, pasajero como todos los estados de ánimo, que puede tener origen en múltiples causas, y algunas, pueden no ser como para dar alegría a otros. Si alguien que quieres se alegra, por ejemplo, por haber conseguido un objetivo tramposamente, puede que no te alegre. A veces, incluso, el motivo de la alegría del otro, terminará afectándote negativamente. Sabes que esa invitación que ha recibido, que esa puerta que se le ha abierto, que ese dinero extra, te traerá problemas. Si te va a traer problemas, pero también será algo realmente bueno para el otro, tal vez te esfuerces por anteponer el interés de quien quieres. Pero lo que alegra no necesariamente es algo realmente bueno siempre. Porque estar alegre es genial, pero no es igual que "estar bien".

Silvia Parque

lunes, 3 de noviembre de 2014

No estaba de humor

No estaba de humor. Tal vez no estoy de humor en este momento, pero me siento bien.

Bueno: pues esta mañana, no estaba de humor y me sentía mal nivel "nadie se acerque". A pesar de que tengo muchas cosas por las cuales estar agradecida y más de un par son realmente grandes y buenas, como para andar de fiesta... pues no estaba de humor. Así pasa a veces.

No me sentía físicamente bien, tomé lo peor de mi alrededor para evaluar el día y tuve un pleito que aderecé con todas las verdades lastimosas que pude encontrar. Así que me sentí frustrada y triste y decidí permanecer así.

Por supuesto que cuando una se siente mal, quisiera sentirse bien; pero casi siempre una quisiera ser salvada sin pasar por el esfuerzo de respirar profundo y cambiar el gesto. Me consta que hay condiciones en las que no se puede cambiar el ánimo -y hay que buscar ayuda-; pero muchas veces una sabe, aunque sea en el fondo, que sí era posible. En este caso me instalé en el berrinche, rechacé la mano que se me extendió, lloré, me dolió la cabeza, me sentí culpable y alguna otra cosa para terminar el cuadro patético. Pero debía revisar mi correo electrónico, así que vine a la computadora, me comuniqué con las personas y el mundo se hizo más amplio. Fui por galletas y la gente afuera, el sol (mi casa está fría), el parque y la tienda, ampliaron el mundo un poquito más.

Entonces vi uno de esos videos de  Upsocl que este sitio postea en mi muro de Facebook. Perdí el enlace, pero es un video de un programa, supongo que de Estados Unidos, que se llama algo así como "¿Qué haría usted?" Una cámara escondida graba a las personas atestiguando cómo alguien recibe un trato injusto o al menos, desagradable. Esta vez, un cliente negro se negaba a ser atendido por un peluquero blanco (ambos, actores). No me llamó especialmente la atención y adelanté los pocos minutos que dura el video, casi hasta el final. Volví a ponerle play, donde vi a una mujer de mediana edad hablar con el "cliente racista". En resumen, le invitó a conducirse por el amor y no por el prejuicio; serenamente, pero con firmeza. Luego aparece el anfitrión del programa y habla con la mujer. Ella dice que es Pastora, que predica. Él pregunta: "¿Qué estaba predicando hoy?" Y ella responde: "Aceptación".

Alguien me dijo un día que veo señales por todos lados porque quiero verlas. Yo le dije que él no las ve porque no quiere verlas.

No me puedo sentir mal cuando entro en la presencia de Dios. No es que consiga sentirme bien, sino que todo está bien, como si la realidad entrara en orden con lo que sea que esté ocurriendo. Así que, me sienta como me sienta, la oración me pone bien. Pero hoy no quise hacer oración. No quise poner una canción de alabanza o leer un poco de la Biblia o nada que tuviera que ver con Dios. Pasé por las postales cristianas en mi muro de Facebook, un poco como adolescente ante las notas pegadas en el refrigerador por la mamá. Dios puede estar en todos lados, pero una persona en mi circunstancia, no entra en comunicación con Él a menos que se "ponga en situación de conversación", es decir, a menos que abra un espacio de silencio interior y entre en disposición al diálogo. Y yo no tenía ganas de eso, ni de nada. Como por no dejar, dije: "Dios, arregla esto por favor" y me acurruqué en la cama. Pero debía revisar mi correo y vine a la computadora (en realidad, traje la computadora a la cama).

Vi a esa mujer hablando conforme lo que Dios puso en su corazón, sin condenar al tipo, mencionando respetuosamente que lo que él hiciera finalmente era su elección y me sentí "llamada" (supe que eso era para mí). No diría que entré en paz; pero, digamos como dicen por ahí: "me aquieté".

Al menos en la parte que oí de lo que dijo al supuesto cliente, no usó la palabra "Dios", ni mencionó un versículo de la Biblia ni nada por el estilo, así que cuando dijo que era Pastora y que estaba predicando aceptación, me removió. Dios estaba siendo tan bueno conmigo, que aún siendo Él Dios y yo una berrinchuda, buscó el modo -como tantas veces- de acercarse a tocar mi puerta para entrar y aliviarme, del modo en que yo iba a poder escuchar y dejarle hacer. Así se porta Él.

Silvia Parque

sábado, 6 de septiembre de 2014

Buen día

Bajo el volumen para sintonizar mejor con la calma de este sábado común (oigo canciones viejitas que dicen "te amo").

Subo la persiana y veo una imagen familiar en el parque -me alegra-.

Soy feliz, y creo que siento más la felicidad porque al conservarme "bien" estando triste y revuelta, gané una sensación de seguridad, que da paz. Es como ver con claridad, un límite que no me va a dejar estar mal "hasta el fondo"

Silvia Parque

lunes, 25 de agosto de 2014

Ilusiones y alegrías

Una tiene tiene pequeñas ilusiones, pequeñas alegrías; una ilusión mayor, un sueño, una especie de proyecto para convertir la ilusión del sueño, en realidad. Y una pastorea las alegrías, las alimenta, las cobija; las mantiene en lugar seguro cuando algo puede amenazarlas. Se hace duelo rápido y un funeral sin aspavientos para las pequeñas alegrías muertas (a las ilusiones muertas hay que enterrarlas rápido para que las ilusiones vivas no vean y no mueran las alegrías). Se cuida especialmente a las pequeñas alegrías e ilusiones recién nacidas. Eventualmente, sin embargo, ilusiones y alegrías pequeñitas y pequeñas, podrían ser sacrificadas por la ilusión mayor; todos en esta casa, nos enfilamos en el proyecto.

Silvia Parque

viernes, 8 de agosto de 2014

Alegría

Se menosprecia la alegría. La gente defiende la libertad, al menos habla muy bien de ella y quisiera tener recursos para defenderla; a la dignidad la ponen junto a la libertad y ya la tiene hecha. (Los pueblos defienden su soberanía porque la gente defiende la libertad y la dignidad.) A la alegría, muy rápido se le hace a un lado; queda mal estar alegre cuando parece que todo va mal; da pena su brillito entre inocente e ingenuo, a un lado de la preocupación y la ocupación. La paz sí se aprecia; no tanto como para guardarla en perjuicio de la libertad y la dignidad, pero se lamenta mucho su pérdida.

A mí ni la libertad, ni la dignidad, ni la paz, me harían sentido sin la alegría. Defiendo que no hay obligación de alegría ni de felicidad, pero eso no significa que no las elija para mí y las desee para los míos.

Me dispongo a permanecer alegre, en medio de lo que pase. Me alegra que Dios exista y saber que seguiría existiendo aunque nos matáramos todos. Me dispongo a volver a sonreír y a adorarle cada vez que conozca una noticia terrible, cada vez que caiga en la cuenta de que me equivoqué otra vez. Es mi pequeña rebelión personal; creo que ahí van mi libertad y mi dignidad.

Silvia Parque

miércoles, 6 de agosto de 2014

Sin ganas pero sin queja

Cada mañana, me levanto a hacer ejercicio. Todavía no llego a la cantidad de minutos que pueda provocar un efecto notable en mi cuerpo; pero ya hice el hábito. No considero la opción de omitir el "uno, dos, tres...", y no me fastidia; pero nunca siento ganas de empezar, y de hecho, casi nunca siento ganas de continuar haciéndolo, mientras lo hago. Recuerdo dos días, probablemente los primeros, en que "sentí ganas": no más. Hoy me di cuenta de eso, y pensé que está bien. A veces me imagino con más energía para las cosas que sí me dan ganas de hacer, y me gusta pensar que esa energía alcanza para ejercitarme, digamos, "con ímpetu"; pero en la mañana, no ha sucedido que alcance. Y bueno, creo que así pasa con algunas cosas: no todo tiene que "gustar" digamos "sensitivamente", es decir: algo puede gustar porque es bueno, porque es correcto, aunque no se disfrute del modo en que se disfruta una golosina.

Silvia Parque

jueves, 3 de julio de 2014

De sufrir a sufrir

Hoy sufrí por el frío.

Salí de la casa a las 19:00 h. En el cielo podía verse que se pondría fresco, pero como visto un suéter, aunque de manga tres cuartos, pensé que estaba suficientemente cubierta y que de pasar frío, sería apenas un poco, tal vez ya cerca de la casa, al regreso. Como a las 20:00 h cambió el plan, y el regreso a casa se convirtió en cena en una terraza; se puso frío y luego más frío; a la hora de sí regresar a casa, esperar al taxi fue un poco heroico, porque el viento parecía soplar directo a mi garganta, en la acera de una avenida larga que se me figuraba carretera para el aire. Pero llegó el taxi. Luego de un par de cientos de metros, el conductor preguntó si subía una de las dos ventanillas abiertas, y fui entrando en calor. Sin embargo, había que hacer una escala técnica en una farmacia, y después de las compras, vino el clímax del recorrido: frío invernal de ponerme a sufrir.

Me puse muy tensa de contraer los músculos, en una especie de intento de mi cuerpo por "hacerse bolita". Caminé rápido. Sufrí de veras. Todavía hubo otra escala, en la esquina de mi calle, para comprar un par de panes. Es una bendición que de eso se trate mi sufrimiento. De unos minutos -apenas unos minutos- de comprobar que estoy vivísima, porque los elementos me hacen protegerme. De que lo más parecido a una auto-recriminación -estando lejos de serlo-, sea la nota mental de "la próxima vez, me llevo algo con qué taparme". De un friíto seguido de apreciar lo cálido de mi casa, la fortuna de tener leche para el café.

Hoy he vuelto a leer que "el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional" -está en un cuadro, en una pared del lugar al que fui-. Estoy totalmente de acuerdo, y sostengo que hasta en el frío puede no sufrirse. Pero hoy, este pequeño sufrir fue bueno. O algo así.

Silvia Parque

miércoles, 11 de junio de 2014

Con todo y miedo

Es bueno quitarse los miedos; sobre todo si son muchos o muy intensos. No me refiero al miedo adaptativo provocado por el peligro "objetivo"; ese nos salva la vida. Pero vivir con muchos miedos o miedos muy intensos, de los que no son adaptativos, es cansado y discapacitante; mejor dejarlos fuera; si no puede una sola: con ayuda.

Sin embargo, algunos miedos van a quedar... de hecho todos van a permanecer hasta que sean desalojados. Mientras estén, hay que actuar con todo y miedo. Parece una tontería: si tengo miedo, ¿cómo lo hago? Pues con miedo. Sintiéndote mal. Torpemente. Haciéndolo.

Silvia Parque

miércoles, 26 de marzo de 2014

Más notas para la campaña: distinción entre el sentimiento de contento y el estado de felicidad

El estado de ánimo cambia: nos sentimos contentas, tristes, enojadas, etc. Debe ser muy cansado pretender estar tan evolucionadas como para transitar del contento a la serenidad, sin nunca pisar la tristeza, el enfurruñamiento o el fastidio. Sí creo que sea posible llegar al autodominio; pero precisamente es auto-dominio, porque hay algo que dominar: algo que efectivamente se presenta. De hecho, también creo que es posible llegar a ese estado de evolución mental-espiritual de no-perturbación; pero la mayoría de los habitantes del planeta, no vamos ni aspiramos a ir por ahí.

Así que el estado de ánimo cambia. A veces es un mal ánimo y eso se vale, aunque en ciertos contextos esté muy señalada la tristeza, el enojo o cualquier cosa que se aleje del tono del sonido de campanitas.

A la felicidad, la pongo aparte. Entiendo la felicidad, no como el sentimiento de contento o de alegría, que puede irse de un momento a otro -como el resto de los sentimientos-, sino como una forma de estar en el mundo, en la que toman su lugar, por ejemplo, los sentimientos que van pasando. Este "fondo" puede ser multicolor o gris -o sepia, o verde, quién sabe cada cuál-, puede estar reluciente o raído. Algunos son felices. Otros son otras cosas. No todos tienen que ser felices. Y los que son felices, no tienen que tener una felicidad de la "f" a la "d", con todas las vocales de en medio, bien delineaditas. Se tiene la felicidad que se puede, a veces se pierde, a veces hay que desmontarla. A veces también se repara, se reconstruye, se vuelve a colocar.

Silvia Parque

martes, 25 de marzo de 2014

Felicidad, sí; obligación de felicidad, no

Borrando mensajes de texto del celular, para hacer espacio en la memoria, encontré uno de un amigo que decía una cosa y otra, y entre cosa y cosa, que yo estaba en contra de la felicidad, en alusión a mi campaña por la abolición de la obligación de la felicidad.

No es así. Estoy en contra de la obligación de ser felices, no de la felicidad. La felicidad me parece posible y valiosa; la deseo para mí y para los demás, y celebro encontrar modos de construirla, acercarme a ella o mantenerla vibrante. 

Solamente: no me parece que tengamos la obligación de ser felices. Si en un momento dado no podemos o no queremos ser felices, ni modo. La insistencia en la felicidad como obligación tiene estrecha relación con la necesidad de aparentar felicidad, que va dejando miseria en el alma. También genera estrés, frustración y culpa, entre quienes no consiguen instalarse en la felicidad.

Silvia Parque

sábado, 15 de febrero de 2014

Qué maravilla -cuando se puede-

Es inevitable que a veces estemos tristes. A veces, aunque esto sí es evitable, estamos no solamente tristes sino en la lona. Hay que tener cuidado con la visión, expresada por ejemplo, en el famoso "No estás deprimido" de Facundo Cabral, en la que no hay cabida para la imposibilidad y la cortedad del triste. A mí me gusta el texto, y oírlo me reconfortó y me sirvió; estoy segura de que son palabras que en el momento apropiado pueden ser justo lo que alguien necesita. Pero: no hay obligación de la felicidad ni del bienestar.

Dice Cabral que la persona no está deprimida, que está distraída, y menciona las numerosas cosas valiosas por las que vale la pena levantarse y que hacen posible pasarla bien. Escuchar cada mención es un deleite; sin embargo: ¡vaya!, ¿cómo le va a poner atención el distraído? Supongamos que molesta la etiqueta "deprimido"; llamemos a la persona "distraída": no se puede fijar en el sol, en los niños, en las flores y en lo bien que huele la carne asada. Pues no puede. No puede y ya. Afortunadamente es una imposibilidad que no tiene que ser permanente, pero cuando no se puede no se puede. Me resulta chocante la insistencia de sacar a la gente de hoyos de tristeza, a fuerza de azuzarlos para que aprecien o valoren lo apreciable y valioso del mundo. La mayoría de las personas en un hoyo de tristeza, no niegan lo apreciable o valioso del mar, el amor o el amanecer, con lo que resulta obsceno desplegar frente a ellos un abanico de todo-lo-bueno, y hacerles aire con él, me parece que así sienten más la asfixia del hoyo.

Tenía pendiente hablar sobre lo anterior, y ya está escrito; sin embargo, la intención al empezar esta entrada era otra. Era mencionar, que qué maravilla poder estar en condiciones de ser feliz por todo lo bueno que pasa alrededor; que qué maravilla que el amor dé frutos que nutran e iluminen a kilómetros de distancia; que podamos sentirnos profundamente dichosos, unidos a través de los milagros cotidianos y los no tan cotidianos. Pensé que qué bueno es que sea así, y recordé mi interés en mencionar que cuando no puede ser así para alguien, tal vez sea una pena, pero está bien: ya pasará.

Silvia Parque

domingo, 9 de febrero de 2014

Estar a gusto y la complacencia

Cuando me siento plenamente a gusto, del a-gusto-contento en el que la sonrisa trae risa guardada, soy más complaciente, conmigo y con los demás.

Siempre he creído que las personas con mala actitud, que tuercen la cara cuando se les pide algo, que tienden a sospechar que se les quiere explotar o cosas por el estilo, la pasan mal: no están a gusto. Ahora concluyo que la relación entre las dos variables (estar a gusto y complacer), es de ida y vuelta. [Son comunes los errores en este sentido; que a mayor X mayor Y, no necesariamente supone que en todo el rango de medida, a menor X menor Y.]

Haríamos bien en promover los beneficios de estar a gusto. Sin embargo, esta condición -a gusto- queda poco visible junto al valor que se da al estar sano o estar contento. 

Lo anterior supone una diferencia entre el estado "a gusto" y el sentimiento de contento. Estar a gusto es un modo de estar bien teñido de contento, que se nutre del contento, pero no es el contento. El contento dura un rato que puede sostenerse hasta poco después de que acabe la fiesta o la vacación, el estar a gusto dura más; el contento puede esfumarse con rapidez, a menos que sea un contento lelo que es resistente porque no mira más que unos decímetros a la redonda; el estar a gusto, en cambio, provee de recursos para procesar los estímulos aversivos de modo que no calen profundo, que no hagan daño.

Silvia Parque

domingo, 2 de febrero de 2014

Mensaje a los sufrientes

Estimada persona que se siente muy mal: no entre en pánico; lo más probable es que se le pase. Ocúpese de que se le pase. Si no puede hacer nada para que se le pase, no haga nada; pero "nada": no pase lista por todos los motivos que le hacen sentir mal, no haga inventario por todos los aspectos de su malestar. Hiberne, si es necesario; pero en cuanto pueda, muévase un poco, haga lo que haría si no se sintiera tan mal. Si lo hace, se le irá pasando o encontrará quién o qué podría ayudar a que se le pase.

Silvia Parque

lunes, 2 de diciembre de 2013

Mensaje a las personas tristes

No se preocupe por estar triste. Como seguramente le han dicho: se le va a pasar. Puede que usted crea que no se le pasará o bien, que haya resuelto que no se le pasará -en cuyo caso, probablemente no se le pase-; igual no se preocupe: la tristeza durará lo que va a durar. Ya tiene suficiente con estar triste; deje la preocupación de lado.

No se moleste con usted. Probablemente ya esté molesto por alguna cosa asociada con el origen de su tristeza; no le agregue una molestia con usted mismo; como le decía: ya tiene suficiente con estar triste. ¿Cree que no debería estarlo? Si lo cree, parte de la premisa de que está mal estar triste y no: no está "mal" estar triste: puede ser inconveniente, puede ser problemático, pero no es algo "malo".

No se fastidie. Tal vez haya dado cabida a los sermones de gente bienintencionada que quiere sacarlo de la tristeza; tal vez haya intentado salir de ahí para caer como un oso patinando sobre hielo y sentirse tan torpe como un oso obeso y borracho patinando sobre hielo delgado. No trate de salir de la tristeza hasta que necesite hacerlo, entonces encontrará el modo: su modo, con calma.

Descanse, consiéntase, téngase paciencia. Está usted triste: consuélese, hágase cariñitos -literalmente- y llore -si puede y quiere-. Si no se siente mejor después de darle este espacio libre al sentimiento que por algo llegó -un espacio no cronometrado-, ya pensará en lo que hay que hacer.

Silvia Parque