Hay que irse con tiento con lo que se promueve, porque la "masa" suele ir de extremo a extremo (esto se relaciona con la preferencia por las reglas, en lugar de los principios). Así es como hemos llegado a la idea de que los hijos no le pertenecen a los padres, y por tanto, los padres no tienen autoridad sobre ellos: cada hijo de vecino a lo suyo. Pero:
Anuncio: no: vuelta atrás: alto: tus hijos no son hijos del vecino: son tus hijos.
¿Han leído el hermoso poema de Khalil Gibran,
"Tus hijos no son tus hijos"? Dice que tus hijos no te pertenecen, y con esa premisa, sostiene que no puedes imponerles tus ideas, ¡vaya!, que no puedes hacerlos andar tu camino porque tienen el suyo, y no es cosa leve: es una ley fundamental de la vida. En la misma sintonía, la
Definición de hijo atribuida a Saramago (en realidad no es de su autoría), te avisa que los hijos son prestados -de nuevo, no te pertenecen-, por lo tanto, hay que dejarlos ir. Y es como ellos dicen. Pero se ha sobreextendido y simplificado el mensaje -que ha tenido otros muchos mensajeros-. La idea era: los niños no son cosas, no puedes hacer
lo que te dé la gana con tus hijos, respétalos aunque estén pequeñitos.
Históricamente, los niños han sido pertenencia, entre otras razones, porque: a) No somos tan buenos: no nos hacemos cargo de lo que no es nuestro. b) Somos egocéntricos: nos apropiamos de aquello de lo que nos hacemos cargo. Así, los niños han pertenecido, en una época u otra, en un lugar u otro, a la aldea, a la madre, a los padres, a la familia extendida, al Estado... Necesitan tantos cuidados, que estos cuidados difícilmente van a ser provistos si no media esa relación de pertenencia; y como sociedad, necesitamos que alguien se haga cargo de ellos. Por eso me pareció muy atinada una campaña en relación con los niños llamados "de la calle", que afirmaba: "no son de la calle, son nuestros".
Los niños tienen la necesidad de pertenecer, no solamente para obtener sustento; tienen esa necesidad para pasar de ser cachorros a ser personas; perteneciendo, se convierten en sujetos sociales; así se alimentan del tipo de amor que les va a nutrir el alma: un amor extremo: incondicional, ¡en vínculo de pertenencia! Un niño no puede ser "de sí mismo". Eso lo logramos hasta que crecemos -y maduramos-. Lo logramos con los recursos de los que fuimos dotados en un camino largo, de la mano de alguien -qué bien que tengamos dos manos-. A los niños "sueltos", a los niños "de nadie", alguien o algo los toma para sí (insisto: ellos no pueden ser-de-sí-mismos). Los toma el mundo. Y a saber qué parte del mundo... ¿una que quiera lo mejor para ellos? ¿una a la que le interesan como consumidores, reserva para la industria... futuros votantes?
Los niños son de los padres. Los padres pueden soltarlos o hacerse desentendidos; ojalá no ocurriera.
Como somos complicados, y no es infrecuente que la gente se porte mal, hubo que regular las relaciones de los padres con los hijos, y crear leyes para prohibir lo que el colectivo pensó que eran prácticas de crianza no aceptables -sin hablar de crueldades que eran violencia vil-. Hubo que decirle a la gente que sus hijos no eran suyos, pero faltó ampliar... A mí me fue muy útil cuando un profesor nos dijo que el mobiliario de la escuela no era "
de nosotros", sino "
para nosotros"; no podíamos tratarlo como quisiéramos, sino como estipulaba la institución; pero podíamos sentarnos a usarlo con toda confianza. No sugiero una analogía de las butacas con los hijos; uso la anécdota para exponer que hay diferentes formas de tenencia; cuando me enteré, quedé encantada con la idea. Quien sabe de bienes raíces, entiende de eso: con el ejido, del modo en que se creó, el campesino era dueño de
su tierra, pero no la podía vender... una casa en un centro histórico es del propietario, pero no la puede remodelar a su antojo. Me interesó el tema, y luego de algunas sacudidas, fui aprendiendo que las personas no se "tienen" como las cosas. Luego, que la personas no se "tienen" de ningún modo. Ahora me devuelvo: las personas sí se "tienen"; no como las cosas, pero sí se "tienen". El amor te vincula de un modo fuera del Derecho, con el que tomas posesión de lo que te apropias cuando te entregas. Y eso es perfectamente compatible con el reconocimiento de la libertad de las personas. Se requiere "hilar fino", y no quiero salirme del tema...
Yo digo que los padres han de apropiarse de sus hijos, por amor y con amor. Esto es lo que hace posible que en la adopción, dos personas sin vínculo sanguíneo con un bebé, puedan verdaderamente convertirse en padres. Apropiarse del hijo es tomar al niño para sí: hacer al hijo al modo de los padres, de esa familia; una cuestión redonda, porque justamente eso es "hacerlo hijo". La idea no es convivir con los niños y ver qué de bueno sale... Lo digo porque percibo un ambiente en el que los padres se limitan en esto, para no intervenir sobre lo que no les corresponde. Y desde mi punto de vista: con los niños, todo les corresponde. ¿Cómo pretenden no transmitir sus valores y sus ideas? No tiene nada de malo, amorosamente, llevar al niño de la mano, hacia ser
una clase de persona. No hacerlo, solamente transmite al niño que es "de nadie". Algunos le huyen a "imponer", pero no hay problema: con la edad, el que fue niño tendrá voz y vocabulario, para rechazar cualquier herencia o enseñanza que no quiera. Otros no saben cómo ser autoridad sin lastimar, pero la opción decente no es replegarse, sino aprender a serlo. Están los que no quieren fallar; sin embargo, en esto, no hacer es peor que fallar.
No digo que sea fácil. Es la cosa más grande del mundo, según veo.
Silvia Parque