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jueves, 20 de enero de 2022

Colorear

 Creo que fue hace unos años que los empresarios descubrieron que hay negocio en vender libros de colorear para adultos. Alguna vez tuve uno que le regalaron a mi hija; ella para nada coloreaba dentro-de-las-figuras; menos iba a colorear figuras detalladas. Me gustaron las imágenes y pensé que me gustaría colorear, pero la verdad es que, después de unos días, noté que no lo disfrutaba tanto como creí: se me cansaba la mano... Lo dejé. Era un libro bonito con Mickey Mouse. No soy fan del ratón, pero era un libro muy bonito. He visto que sobre todo hay de mandalas.

Bueno, pues tengo una afición que amo y les recomendaría si no fuera porque en mí es altamente adictiva, así que tengan cuidado si lo prueban: me cuesta mucho, MUCHO, dejarla cada vez que empiezo. Me relaja, me permite disociarme si lo necesito, me da un goce por varias vías: por las pequeñas decisiones que implica, por la sensación de mis dedos, por la especie de "sensación táctil" que me provoca la imagen de un color llenando un espacio. Coloreo, pero en Paint. Copio un dibujo con detalles, lo agrando y pinto pixel por pixel. Pixelito por pixelito.

Silvia Parque

jueves, 4 de octubre de 2018

Salir del juego

Un día, algunas descubrimos que podemos salir del juego. De cualquier juego: el que no gusta, el que no conviene... en el que acabaste metida sin darte cuenta cómo.

Por ejemplo, notas que en algunas relaciones, eso bonito que se siente cuando te dicen cosas bonitas está hecho de renuncias y complacencias y tiene el germen del malestar que sientes cuando lo que te dicen no es bonito sino al contrario. O entiendes por qué es importante la denuncia social cuando el sistema de justicia es imparcial en tu contra. Encuentras el fuera del margen y las vías alternativas.

El día de mi cumpleaños, B oyó un chiste que contaron: Un niño le dice a su papá que se sacó "un seis" en la escuela y el papá le pide ponerlo en el refrigerador para tomárselo luego (por el paquete de seis latas de cerveza). Al ratito, B estaba repitiendo: "me saqué un seis en la escuela". Yo no le reí la gracia, pero poquito que la niña es risueña y poquito que le hacen cosquillas, al día siguiente me dijo por la mañana: "me saqué un número en la escuela". "¿Ah, sí?", le dije. "Los números que te sacas en la escuela importan muy poquito", agregué.  "¿Por qué los números que me saco en la escuela importan muy poquito?", preguntó. "Porque dan una información y ya, nada más. Importa aprender y que lo disfrutes".

Si seguimos por donde vamos, creo que ella no va ni a entrar a algunos de los juegos de los que tardé en salir.

Silvia Parque

jueves, 20 de septiembre de 2018

La escolarización de la niña

En la colonia-isla en la que vivo hay un jardín de niños y una primaria. Ya he comentado características que no me gustan de este sitio y de sus habitantes (la violencia normalizada, la suciedad en las calles, el vandalismo). En cuanto inició el ciclo escolar me di cuenta de que la escuela no es un botón de muestra de "eso", sino al contrario: es lo mejor que tenemos -ahí sí hablo en plural-. 

La adaptación de B al jardín de niños fue tan increíble que en realidad no parece haber habido "adaptación". Llegó como pez a nadar al agua. Era justo su momento, la maestra parece ser justo lo que necesitaba y el sistema que llevan le viene de perlas, aunque mi ideal sea otro. Esto me permite dejarla con confianza y gusto, sin embargo:

Su escolarización ha sido buena para mí no solo porque esté conforme o contenta con eso que ella tiene, sino por lo que me ha traído a mí -valga la redundancia-.

Dos cosas son fáciles de compartir:

Hacer que la niña esté lista para salir de la casa a determinada hora me obliga a levantarme temprano. Hace años que había perdido esa costumbre. Si me llego a levantar "tarde" es un tarde que de todas formas es temprano porque necesito haberme puesto de pie antes que ella.

Tengo una especie de "prueba objetiva" de que "funciono" como mamá. No tengo la estabilidad económica que mi hija necesita, mis complicaciones existenciales y las de mi sistema nervioso no juegan a su favor y cada vez es más difícil que me ponga de acuerdo con su papá respecto a ella (antes podíamos diferir en todo, pero estábamos de acuerdo en lo que concernía a la niña); sin embargo, me siento bien porque ella va cada día bien presentada a la escuela, llega a tiempo, lleva su almuerzo saludable y lo que haya indicado la maestra. Para alguien que no consigue dos noches seguidas sin trastes sucios en la tarja, es un logro que la criatura tenga uniforme limpio cada día. Hay cosas más importantes que eso, pero sentirme satisfecha por "eso" ayuda cuando me siento incapaz frente a las cuentas por pagar y esa clase de cosas adultas con las que la mayoría parece entenderse tan bien. 

Silvia Parque

sábado, 9 de septiembre de 2017

Dramáticamente cerca de los cuarenta

Empecé a celebrar mi cumpleaños el primero de septiembre. Por sugerencia de un amigo, lo extenderé hasta el último de octubre. Serán 37 años.

Lo que más me ubica en "mi edad" es ver a personas más jóvenes trabajando; la generación que sigue a la mía ya no está "recién empezando", ya no "acaba de salir de la escuela".

Yo me siento vieja en función de cuánto siento desperdiciada la vida o el tiempo y sentí mucho desperdicio cuando hubo que pagar la apuesta vital que perdí; pero recordé que me gusta jugar, que el juego en sí mismo valió y vale la pena.

Silvia Parque

miércoles, 19 de julio de 2017

El técnico

Una tarde, hace años, se tapó el resumidero de la regadera. Se tapó con cabellos y solo hacía falta quitar la rejilla y sacar los cabellos; pero no lo sabíamos, así que llamamos a un fontanero. El señor fontanero me dio una lección de cuidados domésticos, me regaló una copia del CD de Mujeres, de Joaquín Sabina, y recibió gran abrazo de agradecimiento. Un abrazo de cuerpo completo, por decirlo así.

Desde entonces, no había tenido yo más tentaciones técnicas, hasta hoy. El fin de semana estuvo lloviendo fuerte y me quedé sin internet. Volvía, se iba, volvía, se iba... La empresa que me da servicio quedó en enviar un técnico ayer, pero llegó hoy. Hizo lo que tenía que hacer y yo me porté todo lo señora que soy con la criatura enseguida. Pero me gustó como para venir a escribir una entrada del gusto.

Silvia Parque

domingo, 30 de abril de 2017

Lo de ser niños

A unos se les da mejor que a otros lo de ser niños. A mí no se me dio bien. No me gustaba ser niña ni me gustaban los otros niños; claro que muchas cosas me gustaban: mi cama de oro, por ejemplo; pero, en general, no estaba a gusto, digamos... "existiendo".

Quería crecer.

Fui feliz de hacerme mayor.

Pienso en esto cada vez que, a propósito del día del niño, aparecen frases como "¿Y para qué queríamos crecer?" Porque a mí me queda claro: para ser libre, para tener mi espacio, para entender. Era como si me quedara chica; quiero decir, como si mi yo-niña le quedara ajustada a mi "ser-yo"

Y crecer funcionó. Me gustó ser adolescente, me gustó ser joven, me gusta ser adulta. Me encantaría no tener que preocuparme y vivir jugando, pero eso se traduce en ser rica, no en ser niña.

Silvia Parque

martes, 24 de mayo de 2016

La edad y la tontería

No creo que hacer tonterías sea cosa de jóvenes. A cada rato se sabe de gente de todas las edades, haciendo cosas tontas; no necesariamente porque sean personas tontas: simplemente, ocurre. 

Si somos honestas, sabemos que lo de la edad adulta tiene mucho de mito. Los adultos no sabían mucho más, ni tenían las cosas bajo control; la gracia es que algunos desarrollaron criterio: muchos, no.

Silvia Parque

miércoles, 6 de mayo de 2015

La buena libertad de no justificar

Afortunadamente, crecí. Una de las mejores cosas que le pueden pasar a un ser humano: vivir lo suficiente como para considerar que "está crecido". No digo nada de la madurez, no estoy hablando de lo que un grupo social considere que es "ser adulto"; con "estar crecido" basta para algunas cosas: cumples 18 años, por ejemplo, y puedes votar y hasta ser votado.

Hay quien dice que no hay verdadera libertad porque nadie puede hacer lo que le dé la gana sin consecuencias; es cosa del concepto que se tenga de "libertad". Para mi, ejercer la libertad es de lo mejor que puede pasar al crecer. Y de lo mejor de este ejercicio es que una está exenta de la obligación de justificar sus decisiones. Claro que hay que explicar cosas a la pareja, a un jefe, a un cliente; pero en general, una elige cómo vivir y no tiene por qué justificarlo frente al mundo.

No obstante, cuando se levanta una crítica -de las no solicitadas-, un señalamiento en tono de "corrígete: vive como nosotros decimos", o un alud de sugerencias o una sugerencia solita repetida con insistencia -más si es repetida con superinsistencia-, tendemos a justificarnos: a querer convencer al otro de que nuestro modo tiene tanto derecho como el suyo. Pero, ¿por qué darle espacio a quien no está dispuesto a reconocer nuestro espacio? Si el juego no me gusta, mejor no juego.

Silvia Parque

lunes, 22 de diciembre de 2014

No somos iguales, y por eso a unos les toca portarse mejor que a otros

Jugamos diferentes posiciones en la vida, y nos corresponden diferentes recursos, permisos, deberes, etc., según nuestra posición. Me parece -por decir lo menos- de cortas miras, alegar que un adulto, un padre, un profesor, hace algo ofensivo porque el menor, el hijo o el alumno, ha hecho tal otra cosa. Bueno sería para estas generaciones de niños y adolescentes, que muchos adultos se sacudieran el miedo a imponer disciplina, pero no estoy hablando de eso, sino de hacerle la guerra al que de alguna manera está sujeto, subordinado, y ni siquiera ha terminado de crecer. Con las redes sociales en internet, se dan casos de adultos en posición de autoridad, que publican fotos, videos o descripciones humillantes de lo que pasa en el ámbito privado con los menores, a veces a modo de castigo, sin pensar en la dimensión de la divulgación de los datos, a veces en un simple "tú por tú" revanchista, donde se han perdido los papeles.

Todos nos merecemos respeto por parte de todos, porque somos personas; valemos lo mismo, por supuesto. Pero no somos iguales: no somos lo mismo cuando ocupamos una posición diferente a la del otro. Así que no: no se trata igual al compañero de juerga que a la mamá. Pero el trato de consideración y hasta de miramiento, que merece por ejemplo, la mamá, habría de merecerlo; que su posición se lo otorgue, digamos, por default, provoca mayor deber moral de ella respecto a lo que honra la identidad que está encarnando. Más sencillamente: quien se encuentra en un lugar de autoridad, de cualquier tipo, pero sobre todo de autoridad moral, debe ser la primera persona en respetar, la persona que pone el ejemplo. Saberlo y asumirlo no va a impedir que un ser humano se equivoque, explote, se descuide y deje crecer algo del moho de la vileza; pero sí va a hacer que el error se reconozca, que se exploren mejores maneras.

Silvia Parque

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Puedes moverte

Tienes la opción de no jugar.

No estás encadenado a una buena o una mala calificación: tienes la opción de no aceptar calificación.

No es necesario que te esfuerces por saber si te dicen la verdad o te están mintiendo; no es necesario que te gastes en explicar o justificar; puedes salir de la interacción, y eso puede ser una conversación o una relación.

Puedes irte; ni siquiera es necesario caminar.

Solo hay que cambiar de posición, y para eso no hace falta pedir permiso, conseguir aprobación, contar con apoyo, haber ganado o conseguir algo. Es cuestión de definirte bajo tus términos, de cambiar los criterios con los que vas a entender la realidad.

Silvia Parque

sábado, 15 de noviembre de 2014

Entre el cielo y el infierno del amor

Creo que no fui la única adolescente que gozaba y sufría un amor dramático. Tendrá que ver con las hormonas, seguramente, con el romanticismo agridulce de las películas y canciones con las que una crece -con Candy, por supuesto-. Si una tiene vena dramática, junto con pegado va a llover sobre lo mojado y no habrá modo de secar. Con suerte, los años pasan y nos moderamos.

Ya en la juventud y en los inicios de la edad adulta, según lo loca que esté una, según lo oscuro del lado oscuro, habrá más o menos drama. Al rato, tal vez del mismo modo que el cuerpo no aguanta igual las desveladas o las comilonas después de los treinta, una se cansa de los tórridos increíbles saltos mortales entre el cielo y el infierno del amor y por madurez, por agotamiento o por lo que sea, se le baja al "nivel dramático". Se conoce al amor de otra forma. Se valoran otras sensaciones.

Silvia Parque

miércoles, 22 de octubre de 2014

Alguien como la Maestra Lucy, para estos días

"La fuerza es el derecho de las bestias".

Creo que AQUÍ hablé por primera vez de este incidente en el que mi maestra de Español fue una estrella. En realidad, no recuerdo si el curso era realmente "Español" o algo como "Literatura". La recuerdo a ella y cosas importantes que aprendí sobre lo que se había escrito en el mundo. Tuve muchos malos profesores, pero un puñado de excelentes maestros por los que valió la pena haber pasado exactamente por esas escuelas con butacas en mal estado.

La recuerdo a ella porque es para no olvidarse. Llegaba cada día a hacer bien su trabajo y a educarnos con el ejemplo. Creo que tenía el respeto de todo el grupo porque hacía algo muy raro entre las personas adultas: nos veía y nos trataba, ella a nosotros, con verdadero respeto. Las prácticas autoritarias están tan arraigadas en nuestra cultura, que las personas no se dan cuenta de cómo son irrespetuosas con quienes están de algún modo sujetas a su autoridad. Los adolescentes huelen esta falta de respeto que tampoco pueden identificar claramente porque son parte de la misma cultura. Y responden. Así nosotros, en esa escuela, hace muchos años.

Habíamos sido castigados por algo que hizo uno solo, si bien rodeado por unos cuantos que le festejaron el chiste. Fue injusto para todos los que ni siquiera vimos qué había pasado, pero era una práctica disciplinaria efectiva.

El castigo era una leyenda escolar que todos conocíamos y lo administraba un profesor que era malo enseñando, pero que servía para inspirar miedo. Ahora me queda claro que había goce en ese miedo del que hablábamos con emoción y que hubo cierto encanto en vivir el temido y famoso castigo.

En el marco de esta experiencia, el Director irrumpió en nuestra clase de Español. No recuerdo qué dijo; pero sí recuerdo la expresión enojada en su cara y mucho más recuerdo la expresión corporal de los muchachos que se sentaban atrás y se echaron hacia adelante, el gesto de varios de nosotros a punto de abrir la boca. Entonces, nos vio la Maestra. Puedo asegurar que nos vio a cada uno; no sé cómo hacía eso pero era capaz de hacerlo en la misma mirada, al mismo tiempo.

Habría que decir que la Maestra Lucy tenía una mirada mágica.

Llegaba todos los días a escribir una frase notable en el pizarrón y a dar la misma instrucción: "Cópieme y parafraséeme en un minuto, por favor" (una amiga la imitaba y le quedaba igualito). La clase seguía con lo que hubiera que hacer, a menudo algún ejercicio escrito; cuando estábamos en eso, mirando nuestros cuadernos, si quería llamarnos usaba su mirada. A veces era suficiente con eso. Volteábamos e íbamos. A veces, debía inclinar un poco la cabeza y usaba su dedo índice para hacer la señal de "ven", hasta que volteábamos. Supongo que hay que decir, que a menudo contaba con el apoyo de las miradas expectantes de todos los que sí se habían dado cuenta que estaba llamando a alguien. Así que ahí estaba ese alguien, siendo mirado por dos, cuatro y luego diez personas, hasta que lo sentía.

Ese día su mirada fue más poderosa que nunca, con su dedo llamándonos a leer las palabras en el pizarrón. Pocas veces he vivido tan a flor de piel lo que pueden hacer las palabras en los cuerpos. No sé cómo se sintieron los demás porque ni siquiera se habló del asunto: tan completamente lo "arregló" ella. Pero creo que nos sentimos fuertes en el silencio, nos sentimos superiores portándonos como gente de razón. Le ganamos sin pelear a esa persona que no nos había tratado con respeto. Sé que es una conclusión infantil, pero teníamos catorce años.

Ojalá siguiera tratándose de cosas así: "de ganar", de sentir que queda puesta la razón, de algún modo, en algún lado. Cuánto me gustaría que hubiera alguien señalando la frase correcta detrás del líder autoritario para quitarle su poder y poner las cosas en su lugar: poner a los grupos tratados con injusticia por encima de lo que está mal. Es tan otra cosa cuando el poder es tal y tanto, que mata y arrasa. Pero quiero seguir creyendo que es posible no entrar en la dinámica de pelear con el mismo tipo de fuerza que usa quien empezó a aplastar.

En aquel ciclo escolar -a lo mejor en el siguiente-, ese profesor que enseñaba mal y nos intimidaba, fue detenido por violencia doméstica y la nota con su foto salió en el periódico. Alguien o algunos sacaron copias de la nota y la pegaron por toda la escuela. En ese entonces me pareció un acto "feo", pero no "malo". El hombre se ufanaba con nosotros de sus infidelidades o de tratar con rudeza a su hijo pequeño. Así que cuando vi que se le señalaba, la verdad es que me dio algo de gusto. ¿Quién espera que salga algo bueno donde se siembra amenaza?

Las personas responden. Los grupos responden. Los pueblos, a veces, también. Y es tan poco natural de un colectivo responder con lo mejor de la inteligencia, que da miedo contemplar tanta necesidad de responder.

Silvia Parque

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Cosa adulta

Qué difícil puede ser cuidar el lugar de primacía que ocupa alguien en tu corazón, y atender al mismo tiempo las necesidades de tu corazón.Un corazón maltrecho, no va a ser lugar para nadie...

Por eso el amor es cosa adulta, y para equilibrados. Por eso tantas veces sale mal, cuando la gente se lanza con su fuerza y su entendimiento a una empresa tan demandante.

Silvia Parque

jueves, 31 de julio de 2014

Silvia adulta en internet

Tengo tres cuentas de correo electrónico. En uno de ellos, me doy el lujo de revisar cada día el "Correo no deseado". Ayer encontré, del remitente MeGustas, un mensaje con el siguiente asunto:

"un plan interesante ;-)" 

¿A alguien podía parecerle que eso iba por buen camino? Es decir, ¿a alguien, además de mí? Porque a mí me pareció amable, y por lo tanto, digamos, con alta probabilidad de ser algo bueno.

Abrí el correo, y vi que la dirección electrónica del remitente es "trabajar@trabajar.com". Supongo que pensé que trabajar es algo serio, así que la cosa tendía a lo bueno y a lo serio.

Entonces hago click para descargar el atractivo ofrecimiento que están a punto de hacerme.

Silvia Parque

miércoles, 16 de abril de 2014

Trampa

Me recuerdo batallando con la "tabla del nueve". Se acercó una de mis tías, me dijo: "mira", y me mostró una columna de 9, 8, 7, 6... 0, que bien combinada con otra columna de 0, 1, 2, 3... 9, formaba los resultados que debía aprenderme. Recibí el recurso mnemotécnico como si fuera la clave para hacer trampa; creo que ni "gracias" dije, de tan en secreto que quería dejarlo.

Con los años, encontré que lo común es que sea al revés: damos por bueno lo que es tramposo. Muchos aprendimos a no hacer trampa "hacia afuera": en la escuela, en el trabajo, al mercar; pero pocos aprenden lo necesario para no hacerse trampa a sí mismos. Creemos que estamos siendo listos tomando un atajo para algo que debemos resolver paso por paso; nos quedamos con la primera impresión de algo que requiere repensarse, seleccionamos la información para encontrar confirmación de nuestros supuestos; sobre todo, atribuimos nuestro comportamiento a causas que el corazón sabe que no son "la causa" de lo que hacemos.

Silvia Parque

viernes, 21 de febrero de 2014

La cosa más ridícula del mundo

Si todo continúa como está previsto, seré Valerio en Tartufo (de Moliere).

Valerio aparece dos veces en la obra; la primera vez, para enfrentarse, pelear y reconciliarse con su amada enamorada, Mariana. La cosa más ridícula del mundo, justo como suele ser.

   Él: ¿Y qué piensa usted, señorita?
   Ella: No lo sé.
   Él: Buena respuesta. ¿No lo sabe?
   Ella: No.
   Él: ¿No?
   Ella: ¿Qué me aconseja usted, Valerio?
   Él: ¿Yo? Yo le aconsejo que se case con Tartufo.
   Ella. ¿Usted me lo aconseja?
   Él: Sí.
   Ella: ¿De veras?
   Él: De veras. La elección está hecha. ¿Qué quiere que le diga?
   Ella: Bien señor, le agradezco el consejo.
   Él: No creo que le cueste mucho seguirlo.
   Ella: Lo mismo que le ha costado a usted dármelo.
   Él: Yo le he dado mi opinión para complacerla, señorita.
   Ella: Y yo la seguiré para darle gusto señor.

Y como sabrá quien haya leído la obra o visto su representación, siguen dándole gusto al drama, hasta que él hace como que se va, la criada los junta y los tres confabulan. Al final-final, todo termina bien.

Pero en la vida real, al menos después de los treinta años, estos dramitas se arman con todos nuestros defectos y las cosas acaban mal.

¿Qué necesidad de andarnos por las ramas y no decir a la primera lo que pensamos y sentimos, tal como lo pensamos y sentimos? ¿Por qué no preguntar directamente lo que queremos saber y por qué no pedir con claridad lo que estamos queriendo? Por miedosos y para protegernos, por supuesto; pero la vida se pasa muy rápido para tener tanto cuidado con lo que ni siquiera saca sangre.

Silvia Parque

jueves, 13 de febrero de 2014

El primer malabar

Antes de aprender a conducir, me preguntaba cómo era posible que el conductor estuviera pendiente al mismo tiempo del volante y los frenos, del ruido del motor y los ruidos de afuera, de los coches de atrás, de adelante, de los lados, de las señales de tránsito, de los peatones, y en su caso, hasta de la conversación con la persona de junto. Todavía me parece sorprendente si lo pienso. Evidentemente, una no conduce pensando en todo lo que tiene en la conciencia.

Cuando me parece que algunos aspectos del mundo adulto son apabullantes, pienso que es simplemente la impresión de antes del primer malabar.

Silvia Parque

jueves, 9 de enero de 2014

La persona adulta y la reja

Por una larga historia, me vi sin llave afuera de la casa. Llamé al casero, esperando que estuviera dentro para pedirle que saliera a abrirme; pero no estaba. Esperé un rato a que llegara o saliera alguien, pero no sucedió. Así que pensé en saltar la reja. Lo pensé sobre todo en relación con lo mal que iba a verme haciéndolo. Calculé dónde podría colocar los pies y según yo calculé la seguridad de pisar en el buzón, que podía hacer de escalón. Trepé. No es una gran reja, así que estaba apenas poco más de un metro sobre el piso, cuando el buzón se movió con el peso de mi pie. Bajé, porque no quería cargarle un buzón a mi pago de la renta, pero sobre todo porque la terminación en punta de los barrotes cumple eficazmente la función de disuadir intentos como el mío. Supe que no es la sensatez de la razón lo que hace adultas a las personas que no intentan saltar las rejas, sino la sensación de miedito por lo que pueda pasarle al cuerpo.

Silvia Parque

jueves, 19 de diciembre de 2013

Cambio de planes

Pensaba en que estos días podían etiquetarse con la leyenda "cambio de planes", y noté que es el título del año entero. Tiré mi agenda 2013 hace casi un mes.

Más vale dejar pasar, lo más rápido posible, lo que sea que nos cambie la jugada... cualquier jugada.

Silvia Parque

jueves, 10 de octubre de 2013

Lo que llena

Creo que una de las pistas para encontrar la vocación está en la sensación de estar en el aquí y el ahora. Cuando hacemos cosas que nos apasionan de manera que las hacemos por "hacerlas" y no para conseguir algo con ellas (pago, reconocimiento, sensación de logro, beneficio para otros), estamos haciendo exactamente eso para lo que estamos hechos. 

Podría parecer que esto incluye lo que se hace por jugar, porque lo que nos llena vocacionalmente se vive como un juego; la diferencia está en que el juego se asume con una duración determinada (que va a terminar). Hay juegos que enganchan y es posible dedicarles felizmente horas, días o semanas; pero el juego finalmente satura; lo que nos llena vocacionalmente, no. [Si hay un juego que de verdad no satura, habría de convertirle en forma de vida.]

Silvia Parque