Si todo continúa como está previsto, seré
Valerio en
Tartufo (de Moliere).
Valerio aparece dos veces en la obra; la primera vez, para enfrentarse, pelear y reconciliarse con su amada enamorada, Mariana. La cosa más ridícula del mundo, justo como suele ser.
Él: ¿Y qué piensa usted, señorita?
Ella: No lo sé.
Él: Buena respuesta. ¿No lo sabe?
Ella: No.
Él: ¿No?
Ella: ¿Qué me aconseja usted, Valerio?
Él: ¿Yo? Yo le aconsejo que se case con Tartufo.
Ella. ¿Usted me lo aconseja?
Él: Sí.
Ella: ¿De veras?
Él: De veras. La elección está hecha. ¿Qué quiere que le diga?
Ella: Bien señor, le agradezco el consejo.
Él: No creo que le cueste mucho seguirlo.
Ella: Lo mismo que le ha costado a usted dármelo.
Él: Yo le he dado mi opinión para complacerla, señorita.
Ella: Y yo la seguiré para darle gusto señor.
Y como sabrá quien haya leído la obra o visto su representación, siguen dándole gusto al drama, hasta que él hace como que se va, la criada los junta y los tres confabulan. Al final-final, todo termina bien.
Pero en la vida real, al menos después de los treinta años, estos dramitas se arman con todos nuestros defectos y las cosas acaban mal.
¿Qué necesidad de andarnos por las ramas y no decir a la primera lo que pensamos y sentimos, tal como lo pensamos y sentimos? ¿Por qué no preguntar directamente lo que queremos saber y por qué no pedir con claridad lo que estamos queriendo? Por miedosos y para protegernos, por supuesto; pero la vida se pasa muy rápido para tener tanto cuidado con lo que ni siquiera saca sangre.
Silvia Parque