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martes, 24 de octubre de 2017

Ideas sobre hacer lo correcto con los niños

Hace ya meses, creo que fue La Malquerida quien comentó algo, no recuerdo qué exactamente, en el sentido de que con el tiempo se nota si funcionaron o no las estrategias o las maneras que elegimos para tratar con los hijos. Yo respondí que escribiría algo al respecto. Pasó tanto tiempo que se me hace complicado buscar esa entrada y esos comentarios, pero hoy he vuelto a tener esto en mente:

Es fundamental elegir lo que hacemos en función de que sea lo correcto.

Ya sé que definir "lo correcto" da para escribir muchos libros, pero a lo que voy, nada más, es a priorizar lo correcto por encima de lo funcional.

Con los niños, hay que relacionarnos desde el respeto porque es lo correcto. Luego viene lo que podamos pensar que es "con respeto", pero creo que hay que poner como principio que no se vale no respetar.

Pegar a un niño no siempre es una escena grotesca. A veces una nalgada termina con una situación que la mamá cree que es urgente detener y no provoca un trauma psicológico ni nada que ponga en riesgo el desarrollo integral de la criatura. Pero no es correcto pegar a las personas.- los niños son personas.- no es correcto pegar a los niños.

Sí: en la vida hay situaciones en las que podemos vernos en la en necesidad de golpear para defendernos, pero es mejor tratar de evitar esas situaciones y que los golpes sean un último recurso. Así que, supongamos que una madre siente, por ejemplo, que debe defender a su hijo de sí mismo, dándole una palmada que haga de estate quieto o que está desbordada y no quisiera pegar pero algo tiene que hacer y no es capaz de ninguna otra cosa. La madre hará lo que pueda. Funcionará o no. Pensará o no que está haciendo lo correcto. Yo creo que pegar no es correcto. Pero en cualquier caso, deberíamos buscar hacer lo correcto. Si funciona pero no es correcto, se busca otra opción.

Hay ideales que no vamos a alcanzar. Pero también hay límites hacia abajo a los que no nos acercamos. Hay gente que hace cosas como encadenar a sus hijos y latiguearles, pero no imagino a nadie en mi círculo social capaz de algo así: sus límites -nuestros límites- están lejos de eso. Pasa en muchos ámbitos, pero voy a centrarme en el tema:

* No hay posibilidad de que yo insulte a mi hija, llamándole, por ejemplo, "tonta", porque la idea no está en mi mente, nunca se me ocurre que sea tonta, ni de bromita; además, no suelo expresarme de esa manera. En mi familia se tontean. Son maravillosas personas que hacen algo que a mí me parece mal. Son sus modos y lo que se admiten entre ellos. Yo me conduzco diferente. No tengo que controlarme para no hacerlo. No me nace hacerlo.

* Yo grito. Paso buenas temporadas sin gritar. Luego, grito. Implemento estrategias que me ayudan a reaccionar diferente. La última está yendo muy bien. El caso es: ¿si gritar no estuviera en el repertorio de lo posible? No le grito a otras personas, entonces ¿si sacara de mi mente la posibilidad de gritar a B? En este caso no sería como con los insultos porque gritar sí me nace; tendría que poner conscientemente, la línea roja que sacara los gritos de nuestra vida.

* Nunca se me ha ocurrido pegarle. Suelo preguntarme qué haría en situaciones hipotéticas y en ese plano he considerado pegarle, pero así, en un ejercicio de imaginación. Nunca en lo que llamamos "vida real". Nunca he creído que tenga derecho a hacerlo. Y sí me han dado ganas. Sí he tenido que controlarme. Pero nunca se me ha ocurrido darme la oportunidad de ceder a un impulso de pegarle porque hay una línea roja ahí, conceptual, que no puedo pasar. No está fuera de mi mente como los insultos, pero esa línea roja no la puse a mano, como tendría que pasar con los gritos: es un límite que resultó de lo que he estudiado y reflexionado, de una visión sobre la vida y las personas.

Voy a tratar de explicarme:

Creo que algunas cosas no se nos ocurre hacerlas, sea porque son concebidas como verdaderamente inaceptables en nuestra cultura o porque son concebidas como verdaderamente inaceptables en nuestra personal visión del mundo. Otras no las hacemos porque no forman parte de nuestro repertorio; a lo mejor hay cosas peores en nuestro repertorio, pero esas no. Entonces, podríamos reconceptualizar las cosas que sí hacemos y no queremos hacer, podríamos sacarlas de nuestro repertorio, sustituyéndolas por otras.

Silvia Parque

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Niña

Sigo asomándome a revisar que B está bien mientras duerme (que respira sin obstrucción, que no está enfriándose, que no está por caer ni en riesgo de torcerse). Cuando mi tía me cuenta lo bien que les fue en la tienda, le pregunto cuántos metros dejó que se alejara. Es mi bebé. Pero nos despedimos de los pañales hace como un mes, se encarga de poner su ropa sucia en el lugar indicado, sabe cómo hacer un pastel.

Hoy, después de gritarle que me dejara trabajar, le he dicho -de nuevo- que lo lamento, que está mal gritar, que si le grito me diga "respétame, mamá". Ha estrenado la frase unas horas después, nomás porque sí, sin venir a cuento -según yo-. He dicho "sí, B". Y he sentido que pasamos a otro nivel. No sé de qué, supongo que de nuestra relación.

Tenía como un año diez meses cuando un día como otros se puso a tirar la comida; le di la espalda para hacer notar mi enojo. Me dijo "mamá: por favor, date la vuelta". No recuerdo si nunca había dicho una frase de seis palabras, pero con seguridad no era común; menos una frase perfectamente construida que no estaba repitiendo. Usó toda su inteligencia para hacerme entrar en razón.

Mañana cumplo años, así que estuvo diciendo que mañana cumple años. Todavía somos una para muchas cosas. Cuando se hace pipí quiere que la abrace. Ha estado queriendo a cada rato que la duerma -especialmente cuando estoy ocupada-: que la cargue y le cante "a dormir, a dormir". Ahora que lo escribo me da miedo. Confío en que Dios se hace cargo de ella, pero quisiera que me dijera -Dios-: "va a vivir sana y feliz tantos años que será la más vieja de su ciudad".

Silvia Parque

sábado, 9 de septiembre de 2017

El derecho es para cuando no te gusta

Ayer vi un tweet sobre un locutor que increpó a las madres a vestir "decentemente" cuando fueran a recoger a sus hijos a la escuela. Había un enlace al audio y soporté unos minutos, suficientes para entender el mensaje.

Resulta que en una escuela pusieron un cartel prohibiendo a las madres ir por sus hijos en ropa "provocativa"; que les evitaran la pena de regresarlas a vestirse bien, decían. Estoy usando mis palabras, no recuerdo las que exactamente usaron ellos, pero sí que fueron burdos. Entre los comentaristas mencionaron cosas como que los hijos de estas madres se sentirían avergonzados y que los niños mayores podrían ser "provocados". Detuve el audio cuando empezó a decir que las feministas se creían con derecho a matar.

¿Cómo es que a las mujeres se les botó la canica y piensan que pueden ir vestidas como les dé la gana a cualquier parte? 

¿Será porque tienen derecho a ir vestidas como les dé la gana a cualquier parte?

De verdad que impacta la naturalización del machismo. ¿Hay ropa más o menos apropiada para un lugar u otro? Seguramente sí, según el juicio de una mayoría que se pone de acuerdo o de una minoría con poder. Pero, ¿cómo por qué me vas a decir tú, que debo ajustarme a ese criterio de lo que es apropiado? En la escuela de la "prohibición" estaban previniendo faltas de respeto. La mismita lógica que culpa a las mujeres por ser violadas.

* *

Hace poco, entre las declaraciones homófobas que he escuchado en mi familia, una en particular hizo que tomara a mi niña y la llevara varios metros más allá. Un clásico: "No tengo nada en contra de los homosexuales, me llevo bien con ellos, pero es que se han descarado". El fundamento del discurso es que cada cual sea lo que quiera, mientras no ofenda a los demás y los homosexuales ofenden expresando lo que son, es decir, con su propia existencia.

Porque, ¿cuál es la necesidad de que se tomen la mano en donde sea? ¿De que se besen? ¡Y donde hay niños!

¿Será la misma que tienen los heterosexuales que toman de la mano y besan a sus parejas? ¿Será que el mundo es tan de unos como de otros? 

La preocupación por lo que verán, pensarán y aprenderán "los niños" siempre me hace pensar en B. El miedo que me da que vaya a creer algún discurso homófobo. No creo que pase; ahí estoy yo, haciendo lo que me toca; pero si de algo la protegería sería de eso. 

La cuestión es que respetar el derecho de los demás es sencillo cuando no incomoda o cuando representa una pequeña molestia, pero ese derecho hay que respetarlo precisamente cuando incomoda. De hecho, el otro invoca el derecho cuando no se está respetando y quien no lo respeta suele resistirse a reconocerse como transgresor.

* *

Antier estaba en Monterrey y debía imprimir los pases de abordar para el vuelo que B y yo tomamos ayer. Creí que era importantísimo. De haber sabido que me iba a costar $50 que los imprimieran en el aeropuerto, me ahorro el episodio.

El caso es que los $#&"¡? de Hotmail decidieron cuidar la seguridad de la cuenta de correo en la que tenía acceso a los pases; llamémosla cuenta1. Me mandaron un código de seguridad a otra cuenta, de la que olvidé la contraseña; llamémosla cuenta2. Para recuperar esa contraseña, me mandaron un código de seguridad a la cuenta1, infranqueable. Pedí que enviaran otro código a una tercer cuenta, esta vez de Gmail. Los $#&"¡? de Gmail también decidieron cuidar la seguridad de la cuenta y me enviaron un código al teléfono. No llevaba mi teléfono. Todo eso, con B queriendo meter mano en el teclado y quejándose por no recuerdo qué: supongo que por estar ahí sin que la dejara meter mano en el teclado. Fuimos por el teléfono a casa de mi hermana y regresamos a la papelería donde pretendía imprimir. Yo estaba a punto de llorar, frente a un cuestionario con preguntas sobre mi maestro favorito y mi primera mascota. Finalmente me anunciaron que verían si me dejaban entrar a mis cuentas 24 horas después. En medio de eso, la niña protestaba ruidosamente, metió la mano bajo mi blusa y me pegó o me pellizcó, no lo recuerdo. La tenía sentada detrás de mí, ambas en la misma silla, para que no tocara nada ni se fuera. Cuando me pegó o me pellizcó, tomé sus manos con coraje, apretándolas, le dije que eso no se hacía y prácticamente me senté sobre sus manitas. No estaba oprimiéndolas realmente: no le hice un daño físico. Al final, me rendí con lo de los pases y nos fuimos. En el camino, se cayó y no la consolé. La cargué y se movía tanto que tiré mi teléfono. Había charcos y el teléfono fue a caer en uno. Le solté un: "mira lo que hiciste que pasara, ¿por qué no te puedes estar quieta?"

En casa de mi hermana, la niña se ocupó de otra cosa de inmediato. Mi hermana me dijo lo que suele decirse: que no me preocupara, que a los niños se les pasa. Y sí: B tan contenta como si nada. Pero eso no significa que lo que pasó no fuera maltrato ni que se haya borrado la experiencia. Detener sus manos de ese modo es un acto de violencia: porque las apreté, porque lo hice desde la víscera para librarme de algo que no estaba soportando. Y no son responsables los de Hotmail, ni los de Gmail, ni mucho menos ella. Yo soy responsable. Lo acepto, lo lamento, me disculpo y tomo medidas. El derecho a ser tratada con respeto en todo momento es precisamente para esos momentos. 

Silvia Parque

jueves, 15 de diciembre de 2016

Fallando

Ayer, mientras B dormía una siesta que empezó tarde -no es bueno que las siestas empiecen tarde-, me quité el top y me puse mi bata de consolación, para beber almíbar caliente en el que cocí guayabas. Empecé a escribir esta entrada que termino hoy, también mientras B duerme la siesta -que habría estado mejor más temprano-.

Ayer fue un día de buenas noticias y pequeñas complicaciones, con un crítico momento de desesperación por la tarde, en el que volví a gritar: "¡Yaaaaa! ¡Por favor, déjame trabajar! ¡Espeeeraaa!" (multiplicado por cuatro, más o menos).

B había esperado mientras yo opcionaba por la mañana, mientras me bañaba, mientras hacía la comida, mientras tenia una entrevista inesperada, mientras daba clase, y ahora debía esperar mientras yo hacía que mi teléfono emergente leyera mi chip y lograba opcionar de nuevo. Se quejó, se retorció y gritó.

En cuanto me desocupé, la cargué, le di teta y se quedó dormida. Sé que tenía sueño desde rato antes, pero también sé que estaba descargándose del estrés por el mal rato y eso me da mucha pena. Es horrible gritar a tu hija de un año siete meses, sobre todo cuando su demanda es "hazme caso, quiero estar contigo".

Me queda claro que en realidad, por ejemplo, apenas me buscó mientras hacía la comida; su papá estaba ahí, acababan de regresar del parque y disfrutaban la novedad del chicozapote: B se llenó cara, ropa y manos y le dio gusto verse en el espejo convertida en hija postiza de Cepillín. La ida al parque fue mientras yo hablaba con mi afortunada visita inesperada, así que ella tampoco sufría en el momento de mi entrevista. No es una niña metida en un corralito durante horas, ni colocada frente a un televisor para estarse quieta; no se le deja de lado. Pero su demanda se cruza con mi deseo y me produce un poco de frustración y un dejo de culpa; si pudiera, trabajaría solo en las horas en que a ella le viniera bien.

Eso, respecto a no darle mi atención en todo momento.- Es lo que hay, no pasa algo grave.

Otra cosa es gritarle. Nada justifica que le grite, así que me disculpo con ella y se lo explico: que no se lo merece, que me porté mal y lo lamento; que le pediré a Dios que me ayude para no volverlo a hacer... Cuando vuelve su papá, le digo delante de ella que tenemos que contarle que hoy mamá se desesperó y gritó y eso está muy mal. Me doy cuenta de que evito decir que "le grité"... como si hubiera gritado al aire. Espero que Dios sane su corazón, porque a mi me queda claro que aunque se levante pensando en otra cosa y se muestre la mar de contenta, ahí está ya la impresión que causé... otra vez.

Mi caso es ilustrativo de cómo gritamos -o pegan, los que pegan- porque podemos y por incapaces. Aunque estés a punto de explotar en un trabajo, no le gritas a tu jefe; en todo caso, le gritas a tu subordinado con el que -se supone- no te pones en riesgo. Aunque conozcas la teoría sobre gestión de emociones, hace falta estar en paz para reaccionar de modo correcto. Porque se vale enojarse, se vale desesperar, pero hay un modo correcto de interactuar cuando una se enoja o se desespera; también hay un modo correcto con los hijos. Es de humanos fallar, claro.

Silvia Parque

miércoles, 31 de agosto de 2016

La crianza con respeto por estos rumbos

La crianza con respeto es vista como algo tonto o cuando menos ineficaz en esta parte del mundo. Hay que entender que las personas mayores no se respetan entre sí, tampoco.

El azoro y/o desprecio que produce este modo de pensar la crianza y la educación, surge de varias premisas.

La primera es la supuesta necesidad de gritar, golpear o castigar de algún modo a los niños, para que aprendan. Es una cuestión cultural más arraigada que el amor por el picante y el fervor por la virgen de Guadalupe. "A los hijos hay que gritonearles a veces", me dijo una mamá de dos buenos muchachos. Los hijos son como la masa para hacer pan, a la que hay que dar sus golpecitos, me dijo una amiga esta semana. 

Siempre defiendo que las personas crían y educan como pueden con los recursos que tienen; ya es suficientemente difícil como para enjuiciarles cuando no hay mala intención en sus actos. Pero existen otros recursos; por cierto, más efectivos cuando lo que se pretende no es adiestrar ni someter. Me asombra el poco interés por conocerlos. 

Además de los desinteresados están los "completamente seguros", algunos de los cuales, predican la necesidad de la "mano dura". Lo peor planteado entre sus dichos, es eso de que las generaciones que tuvieron suficientes nalgadas o chanclazos, sí están bien educadas... y "sin traumas". ¿Lo pueden decir en serio? ¿Ya vieron a su alrededor? ¿Alguna vez leen las noticias? Porque yo veo un montón de personas, para empezar, "mal educadas" en el sentido tradicional; pero lo más importante: veo a muchas, pero muchas personas con problemas de autoestima, con un criterio pobre, con discapacidades intelectuales adquiridas y/o que sencillamente "se portan mal". Se "portan mal" con sus familias, con sus compañeros, en el trabajo y en la calle. ¿De qué buenos resultados están hablando?

Suelen hablar de su propia experiencia. A ellos les gritaban, castigaban o pegaban, o bien, ellos lo hicieron con sus hijos. Sobre esto, hay dos cosas que me parecen tan claras, que me extraña que no sean evidentes. Primero: lo que convirtió a todas esas "personas de bien" en "personas de bien", no fueron los gritos o las nalgadas: fueron los límites establecidos con esos recursos -y no está de más repetir: hay otros recursos-. Luego: es enorme la resistencia a aceptar que algo que "hicieron conmigo" o que "yo hice", no fue lo mejor.

Recuerdo a mi abuela diciéndome que tenía que destetar a cada hijo cuando estaba embarazada del siguiente, porque ni modo que le diera a dos al mismo tiempo. Le dije que era posible amamantar a dos o más niños al mismo tiempo y me contestó "¡Ah! He estado equivocada toda la vida", con el tono que quiere decir: "sí, claro, tú crees que yo no sé nada y que hice todo mal cuando me dejé la vida en criar siete hijos: sieeeeteee. Se aprende en la escuela de la vida, para que lo sepas". Hace falta valentía y humildad para aceptar que efectivamente, hemos estado equivocados, a veces toda la vida. Nos resulta muy difícil porque estamos acostumbrados a que esa aceptación sea una puerta abierta para la culpa. 

Sin embargo, creo que la razón por la que peor se mira a la "crianza con respeto" es por su asociación con "la moda". ¡A cuánta gente he oído decir frases del tipo: ahora se les ocurre esto y mañana lo otro! Está de locos "tomar" todo lo que se le ocurre a todos, pero ¿por que se va a desechar algo, solo porque no ha estado ahí desde siempre y porque muchos lo creen? Otra rayita para el tigre es quiénes creen en esto. Parece que se trata de un asunto hippioso o snob. Por un lado, suponen que no gritar ni castigar es no poner límites. Aunque se les repita que no es así, no lo creerán porque no imaginan cómo poner límites sin gritos ni castigos. Por otro lado, suponen que es requisito vivir muy a gusto, sin problemas económicos, sin trabajar fuera de casa, con clases de yoga tres veces a la semana. Y no. 

Creo que se estereotipa a las mamás y papás que creemos en la crianza con respeto, como flotando dentro de una esfera de armonía, en un nivel superior de evolución. En mi caso y en el del papá de B, nada más lejano de la realidad. Hice un compromiso con este modo de crianza, porque si fuera por mis inclinaciones, a la chingada el respeto la segunda vez que avienta la comida de la charola. Cuesta trabajo. Toda la cultura va en otra dirección. Habrá dedos señalándote porque si no educas como los demás, parece que no estás educando. Hay dudas, también. Y la vida está encima. Nosotros hemos trazado estrategias y vamos creando tácticas para cada cosa que hay que modelar o corregir; pero tal vez llegue el momento en que sintamos que hay que cortar de tajo una conducta en ese preciso momento y no sepamos como hacer sino como siempre se ha hecho. Ya se verá... 

Hasta ahora, con compromiso, con estrategias, con tácticas, tenemos buenos resultados en unas cosas, vamos por un camino empedrado en otras, y también: fallamos. Yo grito feo, desbordada por el coraje, cuando me muerde. La diferencia con otras posturas es que lo considero un fallo (no el grito de dolor, sino los gritos de coraje con mueca y algo de vómito verbal). Me disculpo y me modero. Sé que seguiré fallando, pero no lo vivo como si estuviera "haciéndolo mal"; lo vivo como un camino no solo hacia ser la mamá que quiero ser, sino hacia ser la persona que quiero ser: la persona en cuya mirada se ve mi hija.

Silvia Parque

miércoles, 3 de agosto de 2016

Mi niña no lleva nada en el cabello

Hace unos días trataba de recogerle el cabello a B con un broche, mientras ella se oponía ruidosamente, como si fuera una cosa terrible. Me pregunté por qué estaba forzándola. Me contesté y tomé decisiones.

No creí que pudiera recogerle el cabello hasta hace relativamente poco. Estaban de visita una amiga mía y su hija; entre una cosa y otra, mi amiga mencionó que sí le alcanza el cabello a B, para hacerle una colita. Para mí fue una gran sorpresa. Se la hice y me encantó. B me dejó experimentar con otro peinado y duró un rato con moños en la cabeza. Así que pensé que lo repetiríamos. Pero no.

Tratando de ponerle el broche, examiné:

- ¡Tiene que peinarse! Vivimos en una sociedad en la que la gente tiene que peinarse. Cierto que yo no me peino mucho que digamos, pero está claro que peinarse conviene... si yo tuviera quien me peinara...
-- A ver: no tiene que peinarse con cosas en la cabeza. Si el cabello está acomodado, pasa; lo demás es el inicio de un canon que así, como canon, no le conviene.

- ¡Es que yo quiero ponerle moñitos! Yo que la parí y le cambio los pañales. Esos moñitos tan lindos que le compró su abuela..
-- Pues no es una muñeca.

- ¿Y va a creer que está muy bien armar un escándalo porque trato de peinarla? Yo soy la autoridad y ella tendría que dejarse. Si digo que le voy a recoger el cabello, le voy a recoger el cabello *imagino a su papá diciéndole que tiene que hacerme caso*.
-- ¡Pues no es una muñeca!, en serio. La autoridad no es para que me dé gusto. Ya decido qué, cuándo y cómo, la mayor parte de las cosas de su vida. Hasta donde recuerdo, tengo un cabello propio por si quiero ponerme moños.

Entonces oí las voces...

Los consejos y trucos "para que se deje peinar"; las apreciaciones sobre "cómo debería verse"; pero sobre todo, mi ego queriendo tener una "niña bonita" a la que le digan "qué bonita te ves".

Y oí su llanto.

Para ese momento ya había tratado de distraerla con la canción de Elmo, había tratado de negociar con ella "nada más una vez te peino y muchas veces no te peino" -como si pudiera entender del futuro-, y ya me había puesto severa, ordenando que se quedara quieta.

Pero entonces oí su llanto y me acordé de la niña china de esa novela maravillosa cuyo título ahora no recuerdo, a la que su mamá le venda los pies. No dramatizo: no estoy comparando recoger el cabello con aquello, pero me acordé porque estábamos pasando por todo el asunto para cumplir un mandato cultural porque ella es niña. No habríamos estado en eso, de ser un niño.

¿Y por qué mi hija va a tener que incomodarse, por ser niña, para "verse bonita"?

Ella, más centrada que yo, buscó mi teta y mamó para sentirse segura. Así le puse el bendito moño. Pero decidí no volverle a hacer eso.

Los fabricantes de zapatos tienen como prioridad que las bebés se vean lindas, por lo que ningún modelo de zapato para niña -de los que encontré- se comparó en estructura a los modelos para niños. Así que B lleva zapatos para niño. Mis prioridades no son las de los fabricantes de zapatos, ni las de las voces en mi cabeza.

El fin de semana pasado fuimos a una fiesta. Le puse un hermoso vestido y sus zapatos, y traté de ponerle una banda que hacía juego. No quiso. Lo intenté por segunda ocasión, por si acaso, pero fue claro que no quería. Le parecía bien examinar el objeto y chuparlo: no llevarlo en la cabeza. Así que no llevó nada en la cabeza. Mis prioridades tienen que ver con el respeto y la libertad.

Silvia Parque

viernes, 10 de junio de 2016

Civilizando

Estamos civilizando a B, y eso implica un montón de restricciones. Aquí la lista:

- Entrar a la cocina.
- Entrar al estudio.
- Entrar a la recámara sola.
- Entrar al baño sola.
- Comer lo que no es comida.
- Tirar la comida fuera de la charola.
- Manotear a las personas (incluida ella misma).
- Morder a las personas.
- Impulsarse hacia atrás en la sillita para comer.
- Pegarse en la cabeza.
- Huir del cambio de pañal.
- Bajar las manos al "área de cambio de pañal".
- Ponerse de pie en la bañera.
- Jalar cables.

A eso hay que agregar que la hora de dormir se instala aunque ella tenga ganas de fiesta, que papá come delante de ella cosas que ella no puede comer, que hay que esperar a mamá muchísimas veces durante lo que parece una eternidad, etc., etc.

¿Cómo se puede dudar de la necesidad de ser gentiles con alguien que pasa por semejante proceso?

Silvia Parque

jueves, 28 de abril de 2016

¿Quiénes son los abusadores?

Cuando sale al tema alguna cosa horrible que ha pasado con un niño, las personas con las que hablo tienen las mismas reacciones que yo; básicamente, de rechazo. Pueden entender el asunto de manera diferente; puede darles más por el enojo que por la tristeza o más por la tristeza que por el enojo y a mí al revés; pero si la plática es más o menos en serio, nunca he hablado con alguien a quien le sea indiferente o le haga gracia que alguien ha hecho daño a un niño. Pero demasiados niños son lastimados seriamente, todo el tiempo. La conclusión -sobre quiénes son los abusadores- es cuestión de estadística.

El otro día, el señor al que le compro pollos asados me ilustró con un discurso sobre la educación, a partir del tema de los embarazos adolescentes. Su postura puede sintetizarse en la frase "yo sí me los chingo", que soltó con todo su orgullo de hombre bien nacido: a golpes regresa a sus hijos al buen camino. La imagen me hizo recordar a una jovencita que la noche de navidad corría por el parque, gritando, huyendo de un tío. El papá de mi hija salió a ver qué pasaba, por si había que llamar a la policía -por aquí no es sencillo decidir qué hacer-. Tal vez, también querían hacerla volver al buen camino.

No necesariamente una disciplina punitiva y un ambiente agresivo son el inicio de una cadena de horrores y, si arrastran horrores consigo, no son necesariamente depravados; sin embargo, son buen caldo de cultivo de lo que no queremos.

Silvia Parque

jueves, 14 de abril de 2016

¡Estela, grita muy fuerte!

AQUÍ está la historia de Estela, que aprendió a no dejar que le hagan daño. Es un cuento hermoso que sirve como herramienta para prevenir el abuso sexual infantil.

Creo que en pocas cosas como en el repudio a este crimen, coincidimos tantas personas que diferimos en otros temas. Sin embargo, el "no" de los niños es muy ninguneado cuando se trata de besos, abrazos y etcéteras. Es crucial respetarlo.

Silvia Parque

miércoles, 27 de enero de 2016

Profesionales en televisión, diciendo lo que se les ocurre

Hoy tuve el gusto de conocer la "señal internacional" de canal once, lo que me permite ver la clase de televisión que creo que puede valer la pena. Lo tuve de fondo casi todo el día, así que pasé por varios programas. Uno de ellos, que pensé que iba a disfrutar, se llama "Primeros pasos". Va de niños, como puede adivinarse. El tema de hoy era la higine de bebés y niños pequeños, y estaban la conductora, un pediatra, una directora o encargada de una guardería, y una madre de tres.

Que esto y que'lo'tro; nada especial: que a las niñas se les limpia de adelante para atrás en el cambio de pañal, que con los niños hay que dejar limpio el prepucio... y llegaron al asunto de que hay etapas en las que a los niños no les gusta bañarse. Y la madre preguntó qué podía hacer para que a su hija de cuatro años, le guste el baño.

Horror de horrores.

A veces me parece que todas esas publicaciones de crianza respetuosa y asociados de las que me rodeo en Facebook, exageran un poco en el ímpetu de sus campañas. ¡Pero qué falta hacen!

El pediatra, todo un profesional de la medicina, recomendó decirle a la niña que si no se lava bien se le van a meter gusanos en la cola.

La mujer de la guardería: decirle que si no se baña, van a tener que llevarla al doctor.

¡Y la conductora no cuestionó ninguna de las dos cosas!

Mi hija no tiene cola. Tiene genitales, tiene una vulva, un clítoris, un ano, dos nalgas... pompis en todo caso. Le hablo de las partes de su cuerpo con el nombre que tienen, y espero que su pediatra también lo haga; en todo caso, un eufemismo como "partes privadas" está bien; pero vale, mucha gente dice "cola". ¡¿Pero que se le van a meter gusanos?! ¿Una mamá grandulona metiendo esa imagen en la mente de una niña de cuatro años?

¿Y recomendar asociar las idas al doctor con algo negativo, algo que hay que evitar-temer? ¿Con un doctor ahí enseguida sin añadir nada?

Me apena pensar en todo el público de ese programa creyendo que han de ser buenas ideas.

Silvia Parque