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viernes, 22 de enero de 2021

La sertralina y yo

 


Esta es una captura de pantalla de la página de "PLM", una editorial médica (https://www.medicamentosplm.com/Home/AboutUs), en la entrada que dedica a la sertralina.

Cuando estaba en la universidad y empecé a estudiar sobre la violencia, evidentemente me topé con la violencia de género; así conocí una idea que entonces me revolucionó el entramado sobre el tema: el consumo de alcohol no causa la conducta violenta de hombres contra sus parejas mujeres, como era común creer. Una vez que entiendes cómo funciona, parece de lo más evidente; pero si tienes mi edad o más años, habrás crecido escuchando que Fulano le pegó a su novia o a su esposa porque estaba borracho. Me recuerdo como de 19 años, leyendo que una persona tan borracha como para realmente no saber de sí, no tiene capacidad motriz para pegar -y atinar-; el borracho está desinhibido, pero ningún borracho come lumbre y, en todo caso, el hombre que sabe qué efecto tiene el consumo de alcohol en él y lo consume, está decidiendo ponerse en la situación de vivir ese efecto -si no puede evitar consumir, sí podría evitar consumirlo estando con su pareja-.

Siempre pienso en eso en relación con mi necesidad de sertralina.

Una tarde, hace como dos años, llamé al número de emergencias porque no podía más. Mi hija lloraba y yo estaba a punto de estallar. Me dieron una excelente atención de primeros auxilios psicológicos y casi al colgar comencé a buscar un psiquiatra o un neurólogo para hacer una cita. Ya había ido con un neurólogo años atrás; me diagnosticó Trastorno de Ansiedad Generalizada, me recetó medicina carísima y yo salí de un hoyo de aquel momento. Esta vez, la receta fue mucho más accesible: neupax y sertralina; pero el neupax me duerme y eso no es compatible con cuidar una niña y trabajar, así que solo tomo la sertralina. Luego, B tuvo su propia receta y estuvimos bien... Tan bien, que a veces olvido cuánto necesitamos, las dos, tener lo que nos han recetado.

A veces, me quedo sin sertralina un par de días y no pasa nada; pero esta vez me quedé sin sertralina como una semana y coincidentemente, B se quedó sin lo suyo. Malo. Muy malo. Ella de lo más irritable y yo de lo menos paciente al mismo tiempo. Le grité en más de una ocasión cada uno de estos tres días. Cada vez me disculpé con la consciencia de que la disculpa, cuando no hay cambio de conducta, es manipulación: cada vez sentí que "me ganaba" la desesperación. Le pedí a gritos que por favor dejara de quejarse y de llorar. ¿Y saben cuánto le hace daño la sobrecarga sensorial a una niña autista? Bastante. ¿Y saben qué tanto sobrecarga sensorialmente una mamá gritando? Mucho. Gritar es maltratar por más que lo hayamos normalizado. Si yo necesitaba gritar, podía salir unos segundos y gritar al aire, pero todavía no consigo construir ese muro infranqueable que me impida el grito, como sí hay un muro infranqueable que me impide pegar -ni se me ocurre, vaya: no tengo que proponerme no hacerlo porque no está en mi universo de posibilidades-.

Habrá ese muro, como que me llamo Silvia. Y no vuelve a faltar sertralina en esta casa, haya que hacer lo que haya que hacer.

Silvia Parque

viernes, 24 de julio de 2020

¿Más vale una nalgada a tiempo que un delincuente en la cárcel?

Pues si fueran las únicas opciones: sí; pero no lo son. Este falso dilema es parte de las premisas que arman el aparato romántico del maltrato infantil. AQUÍ te contamos lo que Alejandra y yo pensamos sobre el tema, en el último video de Opinión Manzanas.

En otro orden de ideas, pero dentro del mismo gran tema, escribí "Familias con estrés de pandemia: 3 pautas para tratar bien a niñas y niños", que Psicogrupo publicó ACÁ. Es un artículo breve que termina con mi "confesión" sobre cómo vivo el compromiso del buen trato.

Pásenle con confianza :)

Silvia Parque

viernes, 16 de agosto de 2019

La maternidad me reforma


He tenido unas semanas muy demandantes.

Como ilustración: apenas B empezaba a hablar de nuevo, dejó de orinar en el baño.

 Tuve que hacerme cargo del hecho de que estuve maltratándola.

Hay un pacto social entre adultos para no llamar "maltrato" al maltrato de mamás y papás que cuidan y dan  afecto; como si cuidar y dar afecto hiciera imposible que maltratemos.

Yo creo que mis esquemas mentales me protegen de pegar o insultar: no está en mi mundo de posibilidades; pero cuando me descontrolaba le hablaba muy feo, empecé a sujetarla con exceso de fuerza y hasta a jalonearla cuando debía moverla. Ella, bendito sea Dios, protestó como pudo. Yo controlé "lo mío" y sigo las indicaciones de la psicóloga para contener y encauzar "lo suyo".

No sé que habría pasado si no hubiéramos buscado apoyo profesional.

En mis tiempos, niñas y niños solían tener pláticas del tipo de:
- Mi papá es muy alto.
- El mío más.

Pienso en eso cada vez que alguien menciona lo inquietas que son sus criaturas. La mía, más. Al menos dos pediatras especialistas y dos psicólogas opinan que es así. Y yo soy la clase de persona que para alcanzar algo se estira hasta casi caer de la silla, con tal de seguir sentada. O era... La maternidad me está reformando.

Silvia Parque

viernes, 9 de marzo de 2018

¿Por qué no detenemos el maltrato infantil?

Llegué a ESTA entrada del blog de CarlosMxAx, en la que habla sobre el asesinato de una niña pequeña. Según cuenta Carlos, la mató el padre. El colmo es que antes del crimen final, la niña había ido a parar catorce veces al hospital. Así que la mató su padre, pero otros tantos tienen responsabilidad por no haberla puesto a salvo. Tristemente, la historia no es única; de tanto en tanto se conoce algún caso por el estilo. Siempre sorprende que nadie haya intervenido a tiempo: sobre todo, el personal de salud o los profesores que debieron notar indicios de lo que estaba sucediendo.

En la recta final del año pasado, mi sobrina, un año mayor que mi hija, se quebró un brazo. Mi hermana contó que en el hospital les preguntaron una y otra vez cómo pasó, a ella y a su esposo juntos y por separado, además de a la niña.

Mi experiencia como sospechosa de maltrato es peor. Entiendo y acepto que el personal de salud debe denunciar sus sospechas y en todo caso, supongo, tomar medidas de precaución; pero no creo que esté bien que traten a alguien como culpable de nada. No creo que esté bien y sin embargo, tampoco me queda claro si se puede o se debe actuar "como si nada" frente a quien una piensa que ha lastimado a una criatura... Al final prefiero saber que se preocuparon por el trato que mi hija estaba recibiendo. Supongo que es cuestión de elaborar protocolos, de mayor preparación. O tal vez no haya modo de cubrir todos los frentes: presunción de inocencia, salvaguarda del niño, prevención del delito, etc.

Todo esto me lleva a pensar hasta qué punto estamos dispuestos a meternos en el lío de señalar, denunciar o intervenir en el caso de un niño maltratado. Para los médicos, enfermeras o profesores hay un deber profesional e incluso leyes que obligan a prestar atención e intervenir. ¿Y todos los demás?

Es fácil ser valientes escribiendo en el blog o comentando en redes, pero no lo es en la realidad material.

- A veces, por la duda; sobre todo en una sociedad donde todavía se considera aceptable gritar y pegar a los niños para disciplinarlos. ¿Dónde está el punto en el que hay que hacer algo? ¿Y qué es lo que hay que hacer? ¿Cómo, dónde? Si se denuncia y la criatura es separada de su familia, ¿realmente será lo mejor?

- A veces, el miedo es lo que detiene. No solo el miedo a estar en un error o a pasar una vergüenza, sino el miedo a sufrir una agresión también, por parte del maltratador o la maltratadora. Ya sé que suena terrible: yo, mujer adulta, no defender a un niñito o niñita por temor de que la otra persona adulta me lastime también. Pero pasa: primero porque habemos cobardes; luego porque en algunas comunidades con mucha violencia se aprende que los otros pueden ser verdaderamente peligrosos -"no sabes con quién te estás metiendo"-.

- Y está la comodidad, que también suena terrible. No intervenimos, muchas veces, por no perturbarnos, por no perder nuestro tiempo u otros recursos en un problema ajeno. [Justo el meollo del problema está en que lo veamos como "ajeno".] Pero no es tan simple.

Se entiende que es despreciable o cuando menos cuestionable no ayudar a un niño para no perder la comodidad. Sin embargo, hay que decir que en la mayoría de los casos, esta "comodidad" no es cómoda. Quiero decir que no se trata de que yo me haré de la vista gorda mientras medio matan a una criatura porque quiero permanecer en mi tumbona bebiendo limonada. Creo que lo de no incomodarnos, muchas veces, quiere decir tratar de conservar nuestra forma de vida, que suele ser fruto de todos los años de nuestra existencia y además, con lo que sostenemos a nuestros hijos. De todas formas está mal no hacer lo que se debe hacer; pero no es por no estropear el peinado.

Me pregunto hasta dónde me metería yo y no me queda tan claro.

Entre lo que me queda claro está que: además de intervenir cuando es necesario, hay que dejar que los otros intervengan.

Hace meses, entrando al carril de la caja del supermercado, choqué con la carriola en un mueble, pero ni caso hice; la verdad es que me acostumbré a esas torpezas. Una señora me dijo, con tono apremiante, algo así como "pobre niña, se estremeció". No recuerdo las palabras exactas, pero esa era la idea. Su tono era acusador. De inmediato, me asomé con B, le pregunté si se había lastimado y me disculpé con ella. La señora, entonces, mencionó el bonito peinado de la niña, en tono conciliador, mientras emprendía la retirada. Apenas pagué, lamenté no haberle dado las gracias. En realidad, me molestó un poco; no más que un poco y no más que un par de segundos, pero sí me molestó. Luego, mi idea de que lo correcto era dar las gracias se transformó en verdadero agradecimiento.

Todos deberíamos cuidar y defender a los niños de todos.

Silvia Parque

miércoles, 29 de junio de 2016

Lo que "se me desencadenó"

He tratado de escribir esta entrada varias veces, pero me interrumpo y días después elimino el borrador. Ayer por fin logré escribir hasta terminarla; me propuse revisar y publicar hoy... Va a ser que sí. Trata de lo que se me desencadenó a partir de la experiencia de estar con B en el hospital. Allá por el mes de marzo...

Al principio, tenía necesidad de hacer catarsis y contar exactamente cómo fue esa tarde y esa noche. Ya no siento esa necesidad y además no quiero dramatizar. Gracias a Dios, no puedo hablar, en realidad, de una "hospitalización": simplemente tuvimos que esperar seis horas en el área de urgencias para que le hicieran una tomografía. Que le asignaran una cuna y me dieran una silla, podría tomarse como un modo de hacer menos incómoda la espera, pero a mí me provocó sentir que la niña estaba internada. Cada procedimiento fue como tortura china para ella y yo no podía consolarla con teta porque le indicaron ayuno.

Lo que nos llevó ahí fue una bola en la cabeza: un chichón, según diagnosticamos mi amiga repostera y yo. La doctora del consultorio gratuito más cercano me envió a hacerle un ultrasonido de inmediato: dijo que el chichón -no recuerdo cómo lo llamó- estaba muy grande y que estaba "saliendo líquido". No he tenido peor imagen mental que la de líquido cefalorraquídeo saliendo del cerebro de mi hija. Mientras caminaba de regreso a mi casa, empujando la carriola lo más rápido que podía, hablaba con Dios para oírme a mí misma: "yo te la encargo todos los días... tú la quieres más que yo".

Contacté a nuestra pediatra particular -que es una estrella- y quedamos en ir a verla al hospital público donde también trabaja. El ultrasonido no era apropiado; sería una radiografía y dependiendo de lo que saliera, tal vez una tomografía. En ese punto de la aventura, yo ya había referido varias veces que B no se golpeó, que no la perdí de vista sino unos segundos y que en esos segundos no lloró ni pasó nada especial. El abultamiento lo noté al bañarla y como la baño todos los días, sabía que no estaba el día anterior. La niña, como si nada.

Los rayos X mostraron una fisura craneal del lado en que no había chichón. Seguramente una vez en el pasado, sí se pegó duró. La doctora dijo que era como una rasgadura en una cáscara de huevo que no llega a quebrarse: que no había problema. Lo raro es que no apareciera nada del lado del bendito chichón: porque era enorme. La doctora lo mostró a otros médicos y todos se sorprendían -o eso me pareció-: era muy alto y prácticamente tenía la longitud de la mitad de la cabeza. Todos asumieron que la causa era un golpe. La doctora me notificó, con su amabilidad de siempre, que se había dado parte al ministerio público: que se hace siempre que llega un menor con un golpe en la cabeza. Hasta ahí estábamos bien, pero terminó su turno y el resto del personal del hospital no se portó como ella.

Varias personas me han dicho que el trato que me dieron se debe a que ven cosas terribles. Me consta que llegó una señora con un muchacho quemado y cuando le preguntaron cómo pasó (la quemadura), respondió a la defensiva: "pues se quemó". ¡Así nada más! Pero aunque entiendo cómo deben sentirse, su trabajo no es juzgar.

El caso es que mis dichos no tenían sentido. Les decía que entendía que aquello debía ser el resultado de un golpe, pero que nunca se pegó delante de mí y nunca dejó de estar delante de mí. La peor fue la anestesióloga:

- ¿A qué hora empezó a vomitar?
- No ha vomitado.
- ¿Qué le pasó?
- No le pasó nada.
- A ver, señorita -dirigiéndose a la enfermera- ¿usted sabe qué pasó?, porque la señora no sabe nada.

La prepotencia merma el profesionalismo. ¿No saben que deben presentarse, explicar qué van a hacer? ¿Que los menores tienen derecho a estar acompañados en todo momento por su cuidadora o cuidador? Al menos, la indignación me hizo recuperar capacidad cognitiva. Antes de eso, la trabajadora social me había entrevistado y tuve que pensar antes de responder mi nombre. Como resultado, se levantó el reporte de que yo estaba en shock y se sospechaba omisión de cuidados o maltrato. Tal vez contribuyó a levantar sospechas, que yo repitiera: "lo siento, lo siento mucho". Quién sabe. El caso es que una semana después, tuve que ir a declarar a una agencia del Ministerio Público. Cuando me leyeron lo que se reportó del hospital, sentí como si el estómago se me diluyera.

En este punto, porque no sé dónde más, quiero volver a mencionar a nuestra pediatra. Tengo la fortuna de que Dios ponga en nuestro camino a los profesionales indicados; pero con la pediatra nos sacamos la lotería. No me sorprendieron sus consideraciones ni sus decisiones acertadas; me sorprendió verla tratando a cada persona del mismo modo respetuoso y amable; incluso a una mujer que se quejaba del servicio.

Otra profesional que Dios puso en nuestro camino con propósito muy diferente fue la trabajadora social. Cuando llegó a entrevistarme, B por fin dormía.

Dije por primera vez, digamos "oficialmente", que el papá de B y yo no somos esposos. Él tenía pocos días de haberse ido de la casa y decir la frase me impactó. La trabajadora asumió que él no figuraba y cuando expliqué que le veíamos todos los días, que estaba esperando afuera, concluyó que él tenía otra familia. Dada esa forma de sacar conclusiones -erradas-, me dio miedo que se me escapara algo que pudiera hacer pensar que nuestra familia fuera mala para mi niña. De por sí, yo tenía trabajo interior pendiente en ese tema.

Tampoco había dicho "oficialmente", fuera de una consulta médica, que B tiene Síndrome de Turner (ST). Creo que "decir" inscribe nuestra realidad en la realidad de los otros y eso cambia nuestra realidad. No sé si por eso fueron apareciendo incidentes:

- Al día siguiente del hospital, su papá me contó que cuando por fin nos dieron el alta y fue a acompañar a la bebé mientras yo me encargaba de los trámites, se refirieron a ella como "la niña Turner". Me dio rabia. No es la "niña tal-cosa", tiene un nombre. En todo caso, sería la niña con una bola en la cabeza porque por eso estábamos ahí. Pero más me vale entender cómo pueden convivir los demás con la diferencia. Hay grupos de Facebook en los que las mujeres con ST se definen a sí mismas como "chicas Turner", son parte de una comunidad, es parte de su identidad.

- Esa misma semana fuimos a ver a un amiguito bailar y entre el público, una jovencita con discapacidad cognitiva me preguntó: "¿Tu niña es especial?" Dije "no" lo más rápido que la palabra pudo salir de mi boca. Una respuesta tajante y apresurada que llevaba implícito: "como tú: no". La misma mirada que no quiero para mi hija. "Un poquito especial, sí", me corregí. Tengo tanto que trabajar en mi forma de mirar.

- En la Agencia del Ministerio Público, cuando mencionaba los rasgos físicos del ST, la encargada me dijo: "sí le noté en los ojos". Y me inflamé. Lo dijo con normalidad, pero yo pensé que no tenía nada que notarle a los ojos de mi niña, excepto que son preciosos. Cómo si hubiera algún problema con que se note.

Esa noche famosa, como a las tres de la mañana, el médico de guardia me dijo que la tomografía no mostraba ningún daño; que tal vez, la inflamación era una especie de linfedema, como los característicos en pies y manos del ST. La señorita que me tomó la declaración en el Ministerio Público se centró en esa posibilidad, que tomó como hecho. Semanas después, en la consulta rutinaria con la pediatra, la doctora me aclaró que el abultamiento estaba lleno de agua. Quién sabe por qué. Hay mucho que no se sabe.

Por último.- Hace meses, cuando vi ESTE VIDEO, me sentí identificada con la sensación de este papá; no tanto por haber fallado sino con mucho miedo de fallar -de fallarle a ella-: por decir o no decir, por sentir esto o aquello, por lo que no me quede tan claro. Él dice: "por karma necesito arreglar lo que acaba de suceder", "quería dejar esto en claro públicamente, para mí mismo". Algo de eso había en mi necesidad de escribir.

Silvia Parque

jueves, 28 de abril de 2016

¿Quiénes son los abusadores?

Cuando sale al tema alguna cosa horrible que ha pasado con un niño, las personas con las que hablo tienen las mismas reacciones que yo; básicamente, de rechazo. Pueden entender el asunto de manera diferente; puede darles más por el enojo que por la tristeza o más por la tristeza que por el enojo y a mí al revés; pero si la plática es más o menos en serio, nunca he hablado con alguien a quien le sea indiferente o le haga gracia que alguien ha hecho daño a un niño. Pero demasiados niños son lastimados seriamente, todo el tiempo. La conclusión -sobre quiénes son los abusadores- es cuestión de estadística.

El otro día, el señor al que le compro pollos asados me ilustró con un discurso sobre la educación, a partir del tema de los embarazos adolescentes. Su postura puede sintetizarse en la frase "yo sí me los chingo", que soltó con todo su orgullo de hombre bien nacido: a golpes regresa a sus hijos al buen camino. La imagen me hizo recordar a una jovencita que la noche de navidad corría por el parque, gritando, huyendo de un tío. El papá de mi hija salió a ver qué pasaba, por si había que llamar a la policía -por aquí no es sencillo decidir qué hacer-. Tal vez, también querían hacerla volver al buen camino.

No necesariamente una disciplina punitiva y un ambiente agresivo son el inicio de una cadena de horrores y, si arrastran horrores consigo, no son necesariamente depravados; sin embargo, son buen caldo de cultivo de lo que no queremos.

Silvia Parque