Mostrando entradas con la etiqueta separación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta separación. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de mayo de 2019

Mejor cada cual en su casa

B es el manojo de alegría que había sido hasta antes de la temporada baja que pasamos.

Que su papá dejara de vivir con nosotros era algo importante para mi bienestar, pero di el paso para hacerlo realidad cuando concluí que la interacción entre su papá y yo era la principal fuente de su malestar. Él y yo fuimos afortunados por haber funcionado como equipo de crianza en la misma casa por bastante tiempo; dejó de funcionar, pero parece que cada cual en su casa volvemos a acoplarnos bien para lo que nos importa.

Tuve mucho miedo de cómo iba a reaccionar ella ante eso. Cuando le empezamos a contar el plan, dejaba claro que no le gustaba. Cuando le anunciamos que tal día su papá se mudaba, lloró con un sentimiento muy profundo. He lamentado muchísimo cuando otras cosas la han lastimado, pero esta vez ella lloraba con mucha, mucha pena, por algo que yo estaba decidiendo que ocurriera y eso fue horrible.

Pero cuando llegó el día, se despidieron con normalidad y todo estuvo bien. Y todo va mejor y mejor. Claro que estamos ocupándonos de que así sea, ella va con la psicóloga, jugamos más, hablamos más, etc. Pero, de verdad, no parece nada afectada porque su papá no viva aquí. Pasa con él tiempo que al parecer le resulta suficiente, la pasa bien con él, la pasa bien conmigo.

Es tan común sentir miedo por cosas que no van a ocurrir y que ese miedo retrase pasos necesarios...

Silvia Parque

martes, 7 de agosto de 2018

No querer

Un día tienes que poner punto final a los intentos de algo que no sale. AQUÍ hablo de abandonar la tesis. En esa publicación, Macondo comentó: "Las cosas son como son, no como se supone que tienen que ser. Es conveniente reunirse con uno mismo de vez en cuando para ver si estamos en el camino que queremos y podemos estar".

A mí me parece bien difícil "finiquitar" un asunto cuando no se han agotado totalmente los recursos o las posibilidades de que salga adelante. Soy malísima para iniciar cosas y abandono muchas de las que inicio en la primera parte del camino, pero no las abandono en mi mente: en mi mente siguen apareciendo como algo que podría ser -no que pudo ser-. Y pesan.

Lo más difícil de "finiquitar" en mi vida ha sido mi matrimonio. He tardado años en terminar-de-terminar. ¿Cómo, con toda esa historia? ¿Y si intentara más así o menos de la otra manera? Habría sido mucho más conveniente terminar cuando todo se descompuso, pero entonces no habría nuestra hija. Habría sido mucho más práctico terminar cuando era evidente que ya no nos moveríamos de nuestras posturas de "esto quiero, esto puedo, esto soy"; pero ya que no lo hicimos, rescaté haberme dado la certeza de agotar mis recursos y las posibilidades de que eso saliera adelante. Así iba yo por la vida hasta hace poco, cuando noté algo terrible. Creo que lo había notado antes, pero no de esta manera tan impactante:

Lo crucial nunca fue no poder. No podía, no podía y no podía, pero seguía intentándolo. Un día, ya no quise. Otro día, incluso, supe que podría poder, pero ya no quería. Me dolió el alma, otra vez. Y nada: "que las cosas son como son, no como se supone que tienen que ser".

Silvia Parque

viernes, 17 de noviembre de 2017

Puedes dejarle y quererle

Lo normal y sano es relacionarnos con las personas porque nos hace bien o nos conviene. Si no nos hace bien ni nos conviene habría que pensarlo; pero si nos hace mal o nos resulta inconveniente, lo normal y sano es dejar la relación. A veces no se puede, como cuando alguien necesita seguir en un trabajo donde hay un jefe nefasto. Pero si se puede, hay que terminar con las relaciones dañinas.

Creo que es fácil estar de acuerdo con lo anterior. El problema está en que no somos robots que hacen lo que corresponde a una conclusión racional; nos implicamos con las personas de maneras complejas y oscuras y es difícil dejar las relaciones que forjamos con quienes nos hemos vinculado. Los vínculos se forman en el ser: en lo que uno es. Pero tengo una idea al menos para una de las cuestiones que dificultan esta liberación:

En algunos casos, quien no se puede ir se atrapa con el amor; "es que lo(a) quiero mucho", dice la persona, como si debiera no querer. La buena noticia es que puede seguir queriendo. Puedes amar a alguien con quien decides no estar. Puedes agradecer por su vida, por lo bueno que hubo, orar por la persona, hacer lo que puedas a su favor desde la distancia y sobre todo: puedes sentir con confianza lo que sea que sientas. Y ponerte a salvo.

Vale para amigos, parejas, mamás, papás, quien sea.

Silvia Parque

sábado, 3 de junio de 2017

Escribiendo en el espejo

Estoy escribiendo para la página "Psicogrupo" [AQUÍ el enlace a mi artículo publicado]. Los temas que hemos convenido que trate son los que tengo en mente. Hoy envié un texto sobre la separación de las parejas.

No imaginé que sería tan difícil escribirlo. Fue confrontador, catártico y enriquecedor. Tuve que preguntarme varias veces si de verdad quiero decirle al mundo eso que pienso. También lo disfruté.

Aquí una cita que no incluí, de André Comte-Sponville:
Hemos mamado el amor al mismo tiempo que la leche, lo bastante como para saber que sólo él podía llenarnos (que "sin amor no se es nada” como dice la canción), y que desde ese momento, y para siempre, no cesaría de faltarnos...
Y yo, además, destetando a B.

Silvia Parque

miércoles, 4 de enero de 2017

Separarte sin drama

Cuando cierro el correo de Hotmail -para mí, sigue siendo Hotmail-, se abre la página de MSN con su propuesta de frivolidades entretenedoras. A veces leo algún artículo. Así llegué a "10 pasos para separarte sin dolor", suponiendo que encontraría vaguedades de las que se escriben para llenar espacios. No hay forma de separarte sin dolor de una pareja, si esa pareja tuvo importancia. Pero el articulito es bueno en la medida de lo que es (lo que se leería en una sala de espera). La idea central, que Katherine Woodward desarrolla en un libro, me parece valiosa. El título debería decir: "...para separarte sin drama".

Creo en eso de que "el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional". Lo digo como persona que ha sido muy -MUY- dramática y que ha elegido experimentar diferente lo que va pasando. También creo que es bueno que haya profesionales apoyando a las personas en el espinoso proceso de terminar una relación de pareja; porque puede ser terrible dar tumbos en la mar de emociones, sentimientos, necesidades y monstruos devoradores que aparecen cuando se rompe algo que fue una relación amorosa. Y puede ser patético vivir en el limbo del "yo querría algo diferente / no quiero esto que hay" por miedo a atravesar el camino -ojalá fuera dar el salto- hacia el final.

Me gusta que se exponga la separación como algo en lo que se trabaja, algo en lo que ambas partes colaboran. Cuando hay hijos es imprescindible que las personas se porten con decencia y que en la medida de lo posible tengan consideración de esa persona que es el papá o la mamá de esos hijos. Y me encanta que sobre el caso de los famosos que se usa como ejemplo, se diga que "han logrado una transición a seguir siendo una familia llena de amor". Es lo que nosotros estamos construyendo como familia. Parece una locura cuando se le mira con los ojos de la cultura en la que estamos, pero es posible.

Silvia Parque

miércoles, 29 de junio de 2016

Lo que "se me desencadenó"

He tratado de escribir esta entrada varias veces, pero me interrumpo y días después elimino el borrador. Ayer por fin logré escribir hasta terminarla; me propuse revisar y publicar hoy... Va a ser que sí. Trata de lo que se me desencadenó a partir de la experiencia de estar con B en el hospital. Allá por el mes de marzo...

Al principio, tenía necesidad de hacer catarsis y contar exactamente cómo fue esa tarde y esa noche. Ya no siento esa necesidad y además no quiero dramatizar. Gracias a Dios, no puedo hablar, en realidad, de una "hospitalización": simplemente tuvimos que esperar seis horas en el área de urgencias para que le hicieran una tomografía. Que le asignaran una cuna y me dieran una silla, podría tomarse como un modo de hacer menos incómoda la espera, pero a mí me provocó sentir que la niña estaba internada. Cada procedimiento fue como tortura china para ella y yo no podía consolarla con teta porque le indicaron ayuno.

Lo que nos llevó ahí fue una bola en la cabeza: un chichón, según diagnosticamos mi amiga repostera y yo. La doctora del consultorio gratuito más cercano me envió a hacerle un ultrasonido de inmediato: dijo que el chichón -no recuerdo cómo lo llamó- estaba muy grande y que estaba "saliendo líquido". No he tenido peor imagen mental que la de líquido cefalorraquídeo saliendo del cerebro de mi hija. Mientras caminaba de regreso a mi casa, empujando la carriola lo más rápido que podía, hablaba con Dios para oírme a mí misma: "yo te la encargo todos los días... tú la quieres más que yo".

Contacté a nuestra pediatra particular -que es una estrella- y quedamos en ir a verla al hospital público donde también trabaja. El ultrasonido no era apropiado; sería una radiografía y dependiendo de lo que saliera, tal vez una tomografía. En ese punto de la aventura, yo ya había referido varias veces que B no se golpeó, que no la perdí de vista sino unos segundos y que en esos segundos no lloró ni pasó nada especial. El abultamiento lo noté al bañarla y como la baño todos los días, sabía que no estaba el día anterior. La niña, como si nada.

Los rayos X mostraron una fisura craneal del lado en que no había chichón. Seguramente una vez en el pasado, sí se pegó duró. La doctora dijo que era como una rasgadura en una cáscara de huevo que no llega a quebrarse: que no había problema. Lo raro es que no apareciera nada del lado del bendito chichón: porque era enorme. La doctora lo mostró a otros médicos y todos se sorprendían -o eso me pareció-: era muy alto y prácticamente tenía la longitud de la mitad de la cabeza. Todos asumieron que la causa era un golpe. La doctora me notificó, con su amabilidad de siempre, que se había dado parte al ministerio público: que se hace siempre que llega un menor con un golpe en la cabeza. Hasta ahí estábamos bien, pero terminó su turno y el resto del personal del hospital no se portó como ella.

Varias personas me han dicho que el trato que me dieron se debe a que ven cosas terribles. Me consta que llegó una señora con un muchacho quemado y cuando le preguntaron cómo pasó (la quemadura), respondió a la defensiva: "pues se quemó". ¡Así nada más! Pero aunque entiendo cómo deben sentirse, su trabajo no es juzgar.

El caso es que mis dichos no tenían sentido. Les decía que entendía que aquello debía ser el resultado de un golpe, pero que nunca se pegó delante de mí y nunca dejó de estar delante de mí. La peor fue la anestesióloga:

- ¿A qué hora empezó a vomitar?
- No ha vomitado.
- ¿Qué le pasó?
- No le pasó nada.
- A ver, señorita -dirigiéndose a la enfermera- ¿usted sabe qué pasó?, porque la señora no sabe nada.

La prepotencia merma el profesionalismo. ¿No saben que deben presentarse, explicar qué van a hacer? ¿Que los menores tienen derecho a estar acompañados en todo momento por su cuidadora o cuidador? Al menos, la indignación me hizo recuperar capacidad cognitiva. Antes de eso, la trabajadora social me había entrevistado y tuve que pensar antes de responder mi nombre. Como resultado, se levantó el reporte de que yo estaba en shock y se sospechaba omisión de cuidados o maltrato. Tal vez contribuyó a levantar sospechas, que yo repitiera: "lo siento, lo siento mucho". Quién sabe. El caso es que una semana después, tuve que ir a declarar a una agencia del Ministerio Público. Cuando me leyeron lo que se reportó del hospital, sentí como si el estómago se me diluyera.

En este punto, porque no sé dónde más, quiero volver a mencionar a nuestra pediatra. Tengo la fortuna de que Dios ponga en nuestro camino a los profesionales indicados; pero con la pediatra nos sacamos la lotería. No me sorprendieron sus consideraciones ni sus decisiones acertadas; me sorprendió verla tratando a cada persona del mismo modo respetuoso y amable; incluso a una mujer que se quejaba del servicio.

Otra profesional que Dios puso en nuestro camino con propósito muy diferente fue la trabajadora social. Cuando llegó a entrevistarme, B por fin dormía.

Dije por primera vez, digamos "oficialmente", que el papá de B y yo no somos esposos. Él tenía pocos días de haberse ido de la casa y decir la frase me impactó. La trabajadora asumió que él no figuraba y cuando expliqué que le veíamos todos los días, que estaba esperando afuera, concluyó que él tenía otra familia. Dada esa forma de sacar conclusiones -erradas-, me dio miedo que se me escapara algo que pudiera hacer pensar que nuestra familia fuera mala para mi niña. De por sí, yo tenía trabajo interior pendiente en ese tema.

Tampoco había dicho "oficialmente", fuera de una consulta médica, que B tiene Síndrome de Turner (ST). Creo que "decir" inscribe nuestra realidad en la realidad de los otros y eso cambia nuestra realidad. No sé si por eso fueron apareciendo incidentes:

- Al día siguiente del hospital, su papá me contó que cuando por fin nos dieron el alta y fue a acompañar a la bebé mientras yo me encargaba de los trámites, se refirieron a ella como "la niña Turner". Me dio rabia. No es la "niña tal-cosa", tiene un nombre. En todo caso, sería la niña con una bola en la cabeza porque por eso estábamos ahí. Pero más me vale entender cómo pueden convivir los demás con la diferencia. Hay grupos de Facebook en los que las mujeres con ST se definen a sí mismas como "chicas Turner", son parte de una comunidad, es parte de su identidad.

- Esa misma semana fuimos a ver a un amiguito bailar y entre el público, una jovencita con discapacidad cognitiva me preguntó: "¿Tu niña es especial?" Dije "no" lo más rápido que la palabra pudo salir de mi boca. Una respuesta tajante y apresurada que llevaba implícito: "como tú: no". La misma mirada que no quiero para mi hija. "Un poquito especial, sí", me corregí. Tengo tanto que trabajar en mi forma de mirar.

- En la Agencia del Ministerio Público, cuando mencionaba los rasgos físicos del ST, la encargada me dijo: "sí le noté en los ojos". Y me inflamé. Lo dijo con normalidad, pero yo pensé que no tenía nada que notarle a los ojos de mi niña, excepto que son preciosos. Cómo si hubiera algún problema con que se note.

Esa noche famosa, como a las tres de la mañana, el médico de guardia me dijo que la tomografía no mostraba ningún daño; que tal vez, la inflamación era una especie de linfedema, como los característicos en pies y manos del ST. La señorita que me tomó la declaración en el Ministerio Público se centró en esa posibilidad, que tomó como hecho. Semanas después, en la consulta rutinaria con la pediatra, la doctora me aclaró que el abultamiento estaba lleno de agua. Quién sabe por qué. Hay mucho que no se sabe.

Por último.- Hace meses, cuando vi ESTE VIDEO, me sentí identificada con la sensación de este papá; no tanto por haber fallado sino con mucho miedo de fallar -de fallarle a ella-: por decir o no decir, por sentir esto o aquello, por lo que no me quede tan claro. Él dice: "por karma necesito arreglar lo que acaba de suceder", "quería dejar esto en claro públicamente, para mí mismo". Algo de eso había en mi necesidad de escribir.

Silvia Parque