"La diferencia entre un superhéroe y un supervillano, es un superpapá".
Magdiel Miranda
Todos somos fastidiados de alguna manera por un papá o una mamá; viene con el paquete. Mi mamá me fastidió durante varios años -mientras me dejé- con el designio explícito: "eres diferente". Entre el poder de su palabra, y la evidencia de mis diferencias, no tenía escape. Y no me gustaba.
Pasé del citado no-gusto, a cierta desesperanza. Siendo
como yo era, no podía relacionarme con normalidad. Me apartaba, y no ayudaba, por ejemplo, que mi mamá prohibiera que yo hablara "como los demás niños": yo había de decir las palabras correctas y completas. Mi abuela tampoco ayudaba en eso; mis hábitos eran inusuales incluso para el resto de la familia; por ejemplo: no sé de cuál sería la ocurrencia, pero como a los ocho años, yo cenaba a las seis de la tarde, cuando los demás niños jugaban, y no para jugar después, sino para irme a la cama. Creo que no se quejan de que les salí rara, porque al cabo de los años, han de saber que estaban fraguando rareza...
Como cinco años de diván, costó mi reeducación en el tema "yo y los demás" (así, con el burro por delante). [Por cierto, buena parte de los honorarios de mi analista, fueron pagados por mi buena mamá.]
Finalmente, aprendí que puedo equivocarme, como todos; que tengo las necesidades comunes a la generalidad de las mujeres; que las consecuencias determinadas para ciertos actos, también se aplican para mí. Y el proceso de verme
como los otros fue a la par del aprendizaje de que esos otros son personas.
Descubrí mi singularidad, y la fui queriendo. [Entretanto: caos, crisis, reinicios; amor.]
Entonces, crecida, elijo la diferencia. No la que a todos nos toca -nadie es igual a alguien más-, sino la que veía mi mamá: la que ella dijo.
Silvia Parque