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viernes, 16 de diciembre de 2016

Estoy cansada. Tanto que...

Estoy cansada. Tanto, que he tomado la imagen con la que Matt ilustra su ÚLTIMA ENTRADA.


Fui al blog del crédito en la imagen (AQUÍ) y lo disfruté. La diseñadora y yo nacimos en el mismo año; creo que estoy en su sintonía.

Silvia Parque

jueves, 18 de julio de 2013

Feedback: por contestar comentarios

Matt ha tenido la amabilidad de otorgarme el premio Feedback, "que consiste en contestar a una batería de preguntas y pasarlo a cuatro blogs que contesten los comentarios". Estas cosas me emocionan como pastel de chocolate recién horneado, tanto por el gusto que me da que alguien me tome en cuenta, como porque me encanta contestar preguntas sobre mí misma.

Aprovecho el pretexto para volver a mencionar que en este blog, los comentarios son muy apreciados, y para publicar que, será un poco infantil, pero también me hace ilusión ver las respuestas a lo que comento en otros blogs. Por mi parte, premio a: Telma, de Así soyInma, de Hasta el moño con C, aunque la premiara Matt; Dana, de Cuaderno azul; y finalmente, aunque por obvias razones no produzca frutos la mención, a Matt, de Blogueando de mi vida, por el detalle de avisar en Twitter cuando ya ha contestado los comentarios.

Silvia Parque

martes, 2 de julio de 2013

Las milongas de mamá

La primera vez que leí una entrada sobre el premio "Las milongas de mamá" (en Blogueando de mi vida, el blog de Matt), averigüé que una "milonga" es, coloquialmente hablando: "engaño, cuento". Hoy, para empezar bien la segunda mitad del año, la estimada Inma, de Territorio sin dueño, me ha concedido el premio, que consiste en el encargo de contar tres milongas que usara la madre de una, "para conseguir un objetivo -loable, como son siempre los objetivos de las madres- o para sortear una pregunta espinosa".

Alguna vez mi marido me dijo que yo era como el Dr. House, "brutalmente honesta": lo que de eso sea cierto, lo saqué de mi madre; con ella, nada de milongas, rodeos o edulcorantes... excepto aquello de "me lo dijo un pajarito". Nunca estuvo en mi mente, la idea de que mi abuela le contaba a mi madre lo que yo hacía, no hacía, etc. No es que yo creyera que un pajarito como los que veía volar y oía trinar, iba a buscar a mi mamá a la salida del trabajo, para hablarle de mí. El "pajarito" era una entidad metafísica encarnada en algo similar a un ave, que todo lo sabía. Por lo demás, mi mamá solía decir la verdad... pero la verdad puede verse de muchas maneras. Ya he contado la siguiente absoluta verdad referida por mi madre, pero me cae en gracia, así que vuelvo a contarlo: cuando atendí al dato, que habría leído antes sin darle importancia, de que mi acta de nacimiento decía "hija 'natural'", y le pregunté a mi mamá qué era una "hija natural", me contestó que todos los hijos eran naturales, que ni modo que fueran artificiales.

Mi abuela sí era milonguera de corazón, pero no le salía muy bien; su especialidad era otra... el manejo dramático de las situaciones... por decirlo así. Mi abuela hizo comer zanahorias a sus hijas, con la oferta de que si las comían, se les pondrían los ojos verdes como a su papá -es decir, como a mi abuelo-. Aunque de pequeña no tenía yo argumentos para rebatir lo racista de la oferta, sí me quedaba claro que no tenía interés en cambiar el color de mis ojos. No es que en un principio, no cayera en el engaño, es que eso no iba a hacerme comer. También trató de convencerme de que era muy malísimamente malo, no comer, habiendo tantos niños con hambre en el mundo. Siendo ya adulta, entendí cómo efectivamente, el desperdicio de comida en mi mesa, puede estar relacionado con la carestía en otro continente. Pero de niña, nunca me sentí culpable por eso: si había tantos niños deseosos de la comida en mi plato, mal hacía mi abuela en no ir a llevársela a ellos. Algo que sí le funcionó durante años, fue presentar al pescado como "pollo". Ya me he pasado con la cantidad de milongas que marca el premio...

Silvia Parque

miércoles, 24 de abril de 2013

Mis casas

                                                      Yo: Es que "casa" no me la creo, y "cuarto" me suena mal.
                                                              R: Es tu espacio.

Siguiendo el ejemplo de Matt, y aprovechando su empujoncito, va el recuento de mis casas:

Mi casa era la casa de la abuela. La más grande y bonita de la colonia. Tuve una preciosa recamarita durante unos años, y luego una recámara que marcó mi paso de niña a niña-grande. Aunque puede decirse que viví ahí mis primeros once años enteros, para mí es muy importante una breve temporada que mi mamá tuvo una "su casa" donde vivimos juntas -mi corazón fue felicísimo: creo que nadie se enteró-.  Antes de eso hubo otra casa, que mi mamá compartió por un tiempo mucho más breve, con un señor con el que se casó... ahora que lo escribo me pregunto si en realidad viví con ellos: siempre di por hecho que sí, dado el recuerdo de la recámara que tenía en esa casa... ahora entiendo que podría ser un recuerdo de algo imaginado.

Nos mudamos a una casa "de paso" cuando mis abuelos se divorciaron. No fue una experiencia alegre para mí, pero tampoco duró mucho. Cuando estuvo lista una casa nueva a la que identificaré como "1", nos mudamos. Luego estuvo lista otra casa nueva a la que identificaré como "2", y nos mudamos. El plural del que hablo incluye a distintas personas cada vez. Mi mamá no siempre vivió en la casa de la abuela, y hasta este punto de mi relatoría, yo sí. Cuando terminé un proceso de crecimiento importante, le dije que quería vivir con ella, y entonces, por primera vez, "me mudé", en singular. La casa a la que llegué, ya apareció en la lista, es la casa "1"; pero para mí cuenta como otra casa, porque ahora era casa de mi madre.

Por cosas de la vida terminé mudándome otra vez en plural -con madre y hermana pequeña- a la casa "2", de la abuela; pero ya no me "instalé". Me casé, y como corresponde: me mudé. Me sentía soñada "poniendo mi casa". Amé cada pared y rincón de ese lugar. A los ocho o nueve meses, mi familia de origen cambió de ciudad de residencia, y mi pequeña familia de dos, se mudó a la casa "2", que se quedaba vacía. Poquitos años después, vine a Querétaro. Renté un cuarto en la casa de una familia. Me parecía de cuento: subía por una escalera de caracol y tenía una vista hermosa del centro de la ciudad. Cinco meses después, me alcanzó mi esposo. Yo ya me había movido a un lugar donde pudiera llegar él. Según yo era un cuarto pintoresco en un ambiente como el de un pueblito, pero él encontró un cuarto de vecindad en un barrio pobre. Así que nos mudamos a "una privada" con un jardín enorme. Era un cuarto largo que había sido un lugar para hornear pan, así que teníamos una cocina desproporcionadamente grande.

Hubo otra mudanza, donde se fraguó mi aprendizaje de que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Después, nos cambiamos a un lugar sacado de mis sueños, en el centro de la ciudad. Según una persona que conozco, es una tapia; pero a mí me encantó hasta que llegó el tiempo de cambiar de aires.

Silvia Parque

jueves, 18 de abril de 2013

¡Pues eso! TO-DO

En ESTA entrada, Matt relata cómo su hijo pequeño le contaba una pesadilla. Cito un pedacito:

          - Pues eso!! Que dejábamos nuestra casa, ¡la que conocemos, todas
             nuestras cosas!
          - Y?
          - Y nada más, eso. Que dejábamos todo lo nuestro mamá, TO-DO, con
            lo bien que conozco yo mi cuarto y todas mis cosas, y nada, lo
            dejábamos sin más para irnos a un chalet de tres pisos.

Menos mal que era un sueño: el niño despertó en su cama, tuvo a sus papás para contarles la pesadilla y volverá a su cuarto. La idea de dejar lo que una conoce asusta porque nos parametramos en nuestro espacio, con nuestras cosas.

Silvia Parque