La primera vez que leí una entrada sobre el premio "Las milongas de mamá" (en
Blogueando de mi vida, el blog de Matt), averigüé que una "milonga" es, coloquialmente hablando: "engaño, cuento". Hoy, para empezar bien la segunda mitad del año, la estimada Inma, de
Territorio sin dueño, me ha concedido el premio, que consiste en el encargo de contar tres milongas que usara la madre de una, "para conseguir un objetivo -loable, como son siempre los objetivos de las madres- o para sortear una pregunta espinosa".
Alguna vez mi marido me dijo que yo era como el Dr. House, "brutalmente honesta": lo que de eso sea cierto, lo saqué de mi madre; con ella, nada de milongas, rodeos o edulcorantes... excepto aquello de "me lo dijo un pajarito". Nunca estuvo en mi mente, la idea de que mi abuela le contaba a mi madre lo que yo hacía, no hacía, etc. No es que yo creyera que un pajarito como los que veía volar y oía trinar, iba a buscar a mi mamá a la salida del trabajo, para hablarle de mí. El "pajarito" era una entidad metafísica encarnada en algo similar a un ave, que todo lo sabía. Por lo demás, mi mamá solía decir la verdad... pero la verdad puede verse de muchas maneras. Ya he contado la siguiente absoluta verdad referida por mi madre, pero me cae en gracia, así que vuelvo a contarlo: cuando atendí al dato, que habría leído antes sin darle importancia, de que mi acta de nacimiento decía "hija 'natural'", y le pregunté a mi mamá qué era una "hija natural", me contestó que todos los hijos eran naturales, que ni modo que fueran artificiales.
Mi abuela sí era milonguera de corazón, pero no le salía muy bien; su especialidad era otra... el manejo dramático de las situaciones... por decirlo así. Mi abuela hizo comer zanahorias a sus hijas, con la oferta de que si las comían, se les pondrían los ojos verdes como a su papá -es decir, como a mi abuelo-. Aunque de pequeña no tenía yo argumentos para rebatir lo racista de la oferta, sí me quedaba claro que no tenía interés en cambiar el color de mis ojos. No es que en un principio, no cayera en el engaño, es que eso no iba a hacerme comer. También trató de convencerme de que era muy malísimamente malo, no comer, habiendo tantos niños con hambre en el mundo. Siendo ya adulta, entendí cómo efectivamente, el desperdicio de comida en mi mesa, puede estar relacionado con la carestía en otro continente. Pero de niña, nunca me sentí culpable por eso: si había tantos niños deseosos de la comida en mi plato, mal hacía mi abuela en no ir a llevársela a ellos. Algo que sí le funcionó durante años, fue presentar al pescado como "pollo". Ya me he pasado con la cantidad de milongas que marca el premio...
Silvia Parque