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martes, 2 de febrero de 2016

De una vez

Algunos viejos se vuelven desfachatados, no porque ya estén chocheando, sino porque han perdido el interés en guardar formas, la vergüenza por no guardarlas, y el miedo a lo que podría pasar por no haberlas guardado. Yo creo que cuando el tiempo que tienes por delante es mucho menos que el tiempo que ya has vivido, mandas al diablo el "qué dirán".

Podemos ahorrarnos unas décadas, y empezar desde la mediana edad.

Silvia Parque

jueves, 26 de febrero de 2015

Los viejos y los desconocidos

He estado pensado en los viejos. El embarazo me hace tener presente que voy a morir un día; es un proceso que me "trae" al cuerpo y con la materialidad del cuerpo: a la mortalidad. Así que he pensado en la muerte y como quiero morir hasta que sea muy vieja, he pensado en la vejez.

Como decía, he estado pensando en los viejos.

Yo creo que hay que portarse bien con ellos porque hay que portarse bien con todo el mundo, porque necesitan apoyo, por lo que sea... En el caso de "nuestros viejos", está lo que podamos deberles en una cuenta de amor; lo que nos sintamos motivados a amarles en un ejercicio de amor real: con actos; lo que nos sintamos llamados a hacer, según nuestras convicciones. Pero pienso que es especialmente importante que nos portemos bien con el "viejo desconocido", porque en este caso, los "extraños" tenemos una función social que equilibra la armonía universal, cuando estas personas no se han ganado una recompensa o le ponen la tarea muy difícil a los que están cerca de ellos. Trataré de explicarme...

El viejo que está solo, puede estarlo por diversos motivos; a veces, simplemente, la situación se puso en contra; a veces han sido abandonados por sus familias. En este último caso, habrá gente malagradecida, pero también hay gente que tuvo que separarse de ese hombre o mujer que ahora está viejo, por salud mental, por una legítima búsqueda del bienestar. Porque hay gente a la que es necesario mantener lejos, así sean la mamá o el papá. No todas las experiencias con mamá y papá son buenas o regulares: hay unas malas y otras terribles. Hay separaciones del padre o de la madre que son necesarias, y el hijo o hija que logra rehacerse a sí mismo y emprender su camino no va a ponerse a buscar a ese padre o a esa madre por calcular que él o ella envejecieron. Qué bueno que lo hicieran; pero si no lo hacen, se entiende. Hay gente que se dedicó a fastidiar la vida de quienes estaban alrededor; hay gente que sin querer, se dedicó a estropear sus vínculos, y al final están solos. Pero con todo lo que pueden pesar los años, ¿qué ganas de cargar sobre esa persona, el juicio por lo que hizo o no hizo? Como comprendo perfecto que quienes sufrieron a su costa no pueden o no quieren tener empatía y compasión por ellos: para eso estamos los desconocidos.

Luego, están los viejos difíciles. Espero que se lea sin tono despectivo porque la frase solo tiene la intención de exponer una manera de ser que existe. Creo que en la vejez se acentúan nuestras características, buenas y malas, por tanto, la gente difícil se pone más difícil. ¡Y es que hay gente difícil! Hay ancianos que no tienen nada de dulce. A lo que ya traiga la persona, se le puede sumar la dificultad de tratar con la pérdida de capacidades cognitivas y la dificultad de lidiar con las numerosas renuncias que suele tener que hacer un anciano, para empezar, la de su independencia. No es sencillo cuidarles y atenderles. Un día, esas hijas e hijos que les aman, se cansan de oír quejas, se cansan de la faena que puede ser convencer a un hombre mayor de que se meta a bañar. Hay que tener en cuenta que estas hijas e hijos -casi siempre hijas- cuidan y atienden mientras todo lo demás en sus vidas sigue pasando. No es raro que se cansen y endurezcan el trato a su persona querida. Entonces, el desconocido verá a una hija -o a un hijo, pues-, que apenas contesta con monosílabos a la persona mayor; ese desconocido que no está desbordado podría conversar con el viejo. Si lo hiciera sin voltear a ver al hijo/hija con cara de "mira, tu pobre padre, al que yo sí trato con decencia", estaría echando una mano, cubriendo una necesidad con la que el hijo/hija no puede ya. Podríamos ser buenos desconocidos.

Silvia Parque

lunes, 16 de junio de 2014

Quiénes son

Hay que ver qué hacen quienes tienen lo que una quiere tener. Qué hacen, cómo hacen, cómo se ven quienes tienen lo que una querría tener. Quiénes son. Cómo se definen así mismos, cómo pasan los días. Si son viejos, mucho mejor; los viejos son más lo que son, así que es como un ejemplo didáctico.

Silvia Parque

miércoles, 12 de marzo de 2014

Lo que todo el mundo sabe sobre caer y los viejos

Hoy me caí. Extendida toda en el piso, pasé por esos segundos decisivos en los que el dolor define si se ha hecho más daño el cuerpo o el amor propio; como fue lo segundo, me levanté y seguí caminando. Recordé que la abuela de una de mis compañeras se cayó antier, y una ocasión en que mi abuela se cayó en el supermercado -no es su última caída, pero es la que recordé (tampoco es que se la pase cayendo)-.

Pensé que las personas adultas no caen con frecuencia; pero que el envejecimiento aumenta la frecuencia de caídas y las hace peligrosas: todo el mundo podemos darnos un mal golpe al caer; pero una caída que podría no tener consecuencias para un tipo de treinta años, a un señor de ochenta puede romperle algo y discapacitarle. Como es evidente, no andaba yo con pensamientos originales, así que no extrañe el que pensara también, que al niño que empieza a caminar y cae, se le ve caer con cierta congoja, pero sin miedo de que se haga gran daño; a veces incluso, con un gesto que conjunta arrugas de preocupación en la frente, con una leve sonrisa porque de algún modo, cada caída acerca al niño a dejar de caer y encontrarse caminando. En cambio, es una pena ver caer a un adulto mayor. He visto algunos que van tomándole un miedo a desplazarse, que la familia o los cuidadores, no saben gestionar. Será que en estos casos, cada caída acerca a la inmovilidad, y la inmovilidad total asusta.

Silvia Parque

domingo, 12 de enero de 2014

La edad II

Comenta Inma: "Cuando llegues a los 40 te sentirás mejor todavía".

No ansío llegar a los cuarenta años, nada más porque me parece genial tener los años que tengo; pero imagino que a partir de esa edad me encontraré madura, no en el sentido de comprensión del mundo y sensatez, que depende de cosas diferentes a la experiencia, y que me encargaré de hacer-aparecer ahora, aunque con seguridad nunca va a estar completo. Me refiero a la madurez de la fruta, que se pone buena. Madura de estupenda, como dice Inma. Ya le sabré el cuento a las cosas que me lían, y no van a seguirme liando. Pero no imagino menos para cuando cumpla cincuenta. Creo que a esa edad estaré lista para ser "totalmente yo", y podré darme el lujo de emprender proyectos desde el "1" y no desde el "0" o el "-2". Creo que a esa edad me tomaré todo mucho menos en serio, porque me quedará más claro que al rato cumpliré sesenta y setenta, y tocará tomarme a mí misma menos en serio.

Esa etapa de los sesenta - setenta será de liberación. Creo que puedo hacerla muy divertida porque es cuando socialmente se está en condiciones de despedir cualquier convencionalismo que a una no le venga bien, y que antes se aceptó o asumió porque convenía o por consideración con los demás.

No visualizo con especificidad mis años ochenta - noventa, aunque sí me he ocupado de visualizar mi día rutinario con más de cien años; tengo imágenes sobre mí o mi alrededor, creadas a partir de lo que me gusta de las vidas de otras personas de esa edad. Lo que imagino para mí me gusta tanto, que creo que con suerte podré decir también entonces, que estoy en mi mejores años.

Silvia Parque

miércoles, 10 de julio de 2013

Asilo

Después de leer ESTA entrada de El blog de Dolega.

Me dijeron en el asilo de ancianos que se trataba de una "Estancia", pero era un asilo. El trabajo de las cuidadoras era demasiado, y no tenían las competencias necesarias para hacerlo. Trataban a los residentes tan bien como comprendían que era posible: con una completa falta de respeto (eran buenas personas; de verdad los trataban tan bien como comprendían que era posible).

De esos viejos aprendí cómo la vida se termina.

Silvia Parque

lunes, 7 de enero de 2013

Nada más se trata de estar

Conocí a los viejos en un asilo. Decían que se llamaba "Estancia", pero funcionaba como asilo, les mataba las ganas de vivir como un asilo. Aprendí lo que me fue posible de su desgano y de las extraordinarias ganas que tenían los resistentes, los de mayor fuerza vital. Empecé a notar cómo le sentaba la edad a mi abuela, que por ese entonces era joven, pero respecto a mí tenía la misma diferencia de edad que ha tenido siempre.

A los setenta, a los ochenta, a los noventa años, queda claro que lo importante es el tiempo; a veces no le queda tan claro al que lleva los años, pero si se mira con atención desde fuera está bien claro. La gente construye seguridades que se caen, compra casas que luego pierde, se hace de un nombre que se borra entre todos los nombres que otros se han hecho: alguna gente da vueltas en círculos en una especie de fijación emocional con dos o tres cosas que dirigen su vida-de-dar-vueltas. Pero nada es realmente importante a los noventa y tantos de una persona común que no está frustrada: se trata de que el cuerpo responda lo suficiente para estar. Se intenta que sea un estar a gusto.

Yo hago trampa: trato de estar bien como esté.

Silvia Parque