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viernes, 22 de julio de 2016

Una que no es monedita de oro

Me he estado preguntando por qué no le caigo bien a mi vecina y por qué le caigo mal a su hermana. No lo sé. Hubo un incidente, pero no creo que sea por eso:

Vivimos en una casa partida en tres partes: yo vivo arriba, ellas viven abajo; abajo al frente hay un cuarto, y a veces alguien vive ahí. Compartimos el servicio de internet que está a mi nombre. En una ocasión, habiéndose ido la persona que vivía en el cuarto, mis vecinas de abajo creyeron que esa persona me había dado una tercera parte del monto a pagar, por lo que a ellas les tocaba dar otra tercera parte y no la mitad; pero no, esa muchacha -muy simpática por cierto-, no me pagó nada. En otra ocasión hubo una suma o resta mal hecha con el recibo del agua, pero se arregló de inmediato. Sin embargo, el esposo de la vecina le tenía en altavoz mientras él hablaba del asunto conmigo, y me tocó oírle decir algo así como "que te los pague" de un modo bastante desagradable. De ahí pa'l real ella no es santo de mi devoción, pero me cae bien.

Pudo ser que cuando se me quebró el vidrio de una ventana, los restos de vidrio duraron semanas metidos en una caja, junto a la escalera. Pudo ser...

Silvia Parque

jueves, 21 de abril de 2016

Efecto desendulzante de la maternidad

He oído comentarios de gente a la que se le endulzó el carácter cuando tuvo a su primer bebé. A mí me pasó al contrario.

Yo, sinceramente, no le encontraba lo molesto a un montón de actos y actitudes con los cuales, otros se fastidiaban. Por ejemplo, están los vendedores que tocan y tocan a la puerta. Aunque interrumpieran algo o no tuviera ganas de abrir, no me molestaba: me parecía muy bien que la gente persistiera en su esfuerzo por ganarse la vida... y me sigue pareciendo bien... solo que, por ejemplo, si el vendedor-no-me-rindo llega cuando estoy amamantando y mi niña se está quedando dormida, sí me molesta. Lo mismo con los ruidos de publicidad temprano en la mañana, o la música estridente hasta tarde en días laborales... Hasta recuerdo comentar en más de un blog, que a mí de verdad no me molestaban las continuas llamadas de las compañías telefónicas. Pues ahora sí. Creo que no como a los demás, pero sí me provocan una mirada de desagrado hacia el infinito.

De todas maneras, casi nada me parece la gran cosa, y creo que en la medida en que esté más relajada, irá volviendo mi complacencia original, que me hace pasarla bien. Solo me llama la atención el cambio, porque implica el ámbito de mis relaciones personales.

Ya no soy muy tolerante con las personas. Piensen lo que piensen quienes hayan conocido mi lado no amable, la verdad es que lo fui. Ya no. Espero no pasar al otro extremo; pero, digamos que yo era buenísima para comprender al que se sitúa en oposición a mí, buenísima para justificar lo que me podría perjudicar, y para tratar de que el otro obtuviera ventaja. No es que deje de comprender, pero ya muchas veces me parece irrelevante. Lo más importante: me sitúo o al menos trato de situarme donde necesito para que me convenga, porque mi conveniencia es la conveniencia de mi hija.

Silvia Parque

jueves, 4 de febrero de 2016

¿Es un abuso por parte del otro, cuando tú no has puesto límites?

Hoy atestigüé como alguien perdía sus recursos por ayudar a otros; unos otros que son buenas personas y en verdad necesitaban la ayuda, pero que no tuvieron miramiento por los recursos que el ayudador estaba perdiendo.

Desde mi punto de vista, el responsable de la pérdida es sin duda quien perdió. Los otros, en su necesidad, son como un animal de presa con la presa enfrente... sí, sería deseable que fueran considerados, hasta porque alguien con mayores recursos tiene más posibilidad de ayudar; pero el hambriento a veces no puede sino pensar con el estómago.

Silvia Parque

lunes, 23 de febrero de 2015

Tipos de cosas que causan problemas con la pareja

Le decía a una amiga que hay tres tipos de cosas que pueden causar problemas con la pareja.

1. Características inherentes a la identidad de la persona, que ya estaban ahí o se prefiguraban, cuando la persona llegó a nuestra vida. Como suelen ser visibles desde el principio, se supone que una eligió a la persona considerando que estaba bien como era. El problema es que a veces no queremos ver lo que tenemos enfrente (como quien no percibe el alcoholismo del otro), o sobrevaloramos nuestra capacidad de lidiar con cosas que no preferimos (como una discapacidad física)... o suponemos que mágicamente, cambiará lo que no nos va muy bien. Pero si él ya es papá, si él es policía, si él ha jugado a las cartas todos los jueves de los últimos quince años, esto ya viene dentro del paquete: se toma o se deja.

2. Hábitos, reacciones e ideas que no son parte de los principios de la persona. Pueden haber estado ahí siempre, o ir apareciendo. Son todas esas "cositas", como que él deje su ropa tirada, que pueden enervar y ser el detonante de discusiones y pleitos con importancia.. No necesariamente tienen que ser cosas que "están mal"; pueden ser cosas que hacemos de forma diferente, y que nuestro emperador dictatorial interior quisiera que se hicieran a nuestro modo. Aquí hay margen de maniobra. Se negocia y se acuerda; se encuentran maneras de congeniar. Entre más a gusto estamos, menos importan estas cosas, y paradójicamente, entre más a gusto estamos, más cada cual querrá agradar al otro, cediendo lo posible.

3. Lo importante. Puede tener relación con cosas del tipo 1 o del tipo 2; pero está en otro orden. Se refiere a las actitudes o comportamientos que lesionan la confianza o que van en detrimento del vínculo de la pareja.

Yo creo que cuando se trata de personas por todos lados adultas, cuando ya se tuvo antes una pareja estable, cuando la relación va por una segunda vuelta; es decir, cuando las personas tenemos más recursos para encontrarnos con el otro (si es que ha habido aprendizaje), se descubre que no vale la pena tener problemas por cosas del tipo 1 o del tipo 2. Los afectos positivos, el compromiso, la relación en sí misma se ponen por encima de estas "cosas".

Silvia Parque

viernes, 25 de julio de 2014

Dejar hacer

Leí en algún sitio, que en un taller mecánico se cobraba un tanto por el servicio, otro tanto si el cliente quería ver trabajar al mecánico, y todavía más si quería opinar. 

Parece que a la generalidad de los médicos les molesta que el paciente llegue con un autodiagnóstico y la petición de que la receta diga tal y tal

¿Y qué cosa mas incómoda, que ir conduciendo con un copiloto que anuncia: "ahí está el alto", "¡la curva!", "hay un cruce peatonal"?

Por mi parte, prefiero cocinar sin que estén mirando lo que pongo en el sartén: prefiero ahorrarme la cara de "¿pero qué estás haciendo?" También he atestiguado que en un trabajo, tener al jefe enseguidita, preguntando cada diez minutos, cuánto falta para que termines -como los niños chiquitos en la carretera-, no solo no ayuda, sino que estorba.

Hay que confiar y dejar a la gente hacer, o provocamos molestia y atascos en los procesos. 

Para muchas mamás es difícil confiar en que sus hijos pequeños, todavía dependientes, tienen suficiencia para resolver asuntos con otros niños; hay mamás que incluso no pueden confiar en que sus hijos crecidos harán lo correcto sin ellas detrás. No ayuda el hecho de que efectivamente, a veces los niños no consiguen resolver sus asuntos, y a veces los hijos crecidos no hacen lo correcto. Del mismo modo, los subordinados a veces pierden el tiempo, los automovilistas a veces se descuidan, etc. Pero hay que confiar de todas formas, o al menos limitar la expresión de nuestra desconfianza, o vamos a obstaculizar lo que queremos favorecer. 

Con Dios debería ser más fácil "dejar hacer", porque el creyente sabe que Él no falla. Pero la tendencia a tomar el control de lo que esté pasando, puede hacer que nos portemos como si no confiáramos en sus arreglos. A mí me cuesta detenerme cuando tengo el impulso de decir o hacer, en las cuestiones que he resuelto dejar en sus manos.

Silvia Parque

martes, 3 de junio de 2014

Cada quien lo suyo

Dejar al otro que se las arregle por sí mismo, es una muestra de confianza. Cuando el otro no confía en sí mismo, esto puede verse como una declaración de desinterés. Al primer fallo, viéndose solo, puede sentir que el desinterés es injusticia. Y sin embargo, si una cree que el otro puede por sí mismo, hay que dejarle hacer, tanto como hay que dejar que sean, las consecuencias por no haber hecho.

He aprendido que nadie es más que un ser humano, por lo que casi nadie sale librado de lo que aplica para cualquiera. Si malcrías a un niño, no importa que alma buena sea la criatura, será un malcriado. Si sacas a alguien del mismo tipo de apuros, una vez, y otra vez, y otra vez, lo más probable es que haya una cuarta vez con el miso apuro. 

Hacer lo que le toca al otro, un par de veces es un favor; más que eso es un mal hábito que inutiliza a quien no hace lo suyo, y gasta los recursos de quien hace lo propio y lo ajeno. En el peor de los casos, crea dinámicas pervertidas en que X hace lo que le toca a Y, para lo cual W hace lo que le toca a X, y al final es un lío.

No todo importa lo mismo. Hay modos de encargarnos de cosas del otro, que son un regalo de servicio. Pero hay que saber qué es lo que sí importa: qué tareas y logros están asociadas con la autonomía, de qué depende que haya colaboración en los espacios compartidos. En eso que importa, hay que espabilar.

Silvia Parque

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Agotamiento

Encontré ESTE texto en el muro de Facebook, y me sentí profundamente identificada, excepto con la alusión a "ser guerrero", que no viene al caso en mi marco referencial.

No me había topado con una exposición tan clara sobre cómo se agotan las relaciones humanas, y punzantemente las relaciones amorosas, alrededor de tal figura: el agotamiento. "Agotamos a las personas", dice el autor. Y pienso que se agotan las relaciones -muchas, algunas- porque nos agotamos las personas; unas personas a otras, y tal vez cada cual a sí mismo al no ver o no ocuparse del propio agotamiento.

Usamos "agotar" para aludir a algo que termina, pero puede ser algo que se extingue o algo que puede recuperarse. Si se agotan los boletos para un concierto, no hay ni habrá más boletos; si se agota la gasolina del tanque del coche, se le puede poner más. Hay muchas variantes que pueden ser alegorías del agotamiento de las personas y de las relaciones... Si se agotan los boletos de un concierto, podemos buscar a un revendedor, pero el boleto saldrá más caro. Según me aleccionaron antes de mi primer coche, dejar que se vacíe el tanque de gasolina daña la bomba de gasolina. Sacar lo agotado de debajo de las piedras, puede llevar a lo que vimos en Parque Jurásico... o en Cementerio de mascotas. Pero es verdad, también, que hay cuerpos extenuados que se reponen con algo tan básico como sueño, agua y nutrientes.

Lo anterior, respecto a las posibilidades del agotamiento, o de lo que se ha agotado; lo terminante o temporal del mismo.

Lo valioso del texto está en lo ilustrativo que resulta sobre las maneras en las que nos agotamos. No podría agregar algo a eso, así que me limito a comentar mi experiencia: fue consolador, como alivio a una garganta irritada, ver las referencias a lo que me ha agotado; sentí legitimada mi debilidad, por la que estuve reclamándome un tanto ásperamente. Por supuesto, además, no habría podido escapar a la imagen nítida de cómo soy agotadora; lo sabía desde una perspectiva en la que puedo resultarme insoportable -a mí misma- de un modo culposo que no ayuda mucho a moverme de ahí. Así como lo expone el autor, resulta simple de un modo que comprendo más allá de entender. Me da calma como cuando hace años descubrí que las tres de la mañana no es un momento para seguir una discusión, aclaración o pelea. A las tres de la mañana hay que dormir, o al menos, dejar dormir al otro.

Silvia Parque