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domingo, 27 de abril de 2014

No es flojera, es miedo, y un miedo-trampa, de los malos

Buscando la cura, Inma.
Filipenses 4:13

Empiezo a trabajar, y como siempre que empiezo a trabajar, vienen las ideas y me doy gusto. Esta vez, dándome gusto caí en la cuenta de que usualmente vivo con un miedo incapacitante a "empezar", que luego se asocia con la flojera o la desidia, para extraviarme en horas o años de "después". Es un miedo-trampa, de los malos porque persiste a pesar de cualquier lógica que pudiera desbancarlo. Así, hago las cosas en el último momento, de la manera más estresante posible y limitando la extensión de lo que hubiera podido ser. Así, también, sobrevivo con el miedo, para no tener necesidad de eliminarlo.

Pero las expectativas me han cambiado.

Silvia Parque

martes, 18 de febrero de 2014

Una entrada en relación con el holocausto, la violencia en México y hacernos responsables

Inma cuenta, en La seta y Schlinder, el encuentro de su hija adolescente con La lista de Schlinder. Sobre el tema de mi interés en este momento, resalto el siguiente parecer de Inma: "cuesta comprender la actitud del pueblo judío dejándose hacer al principio, luego ya no había remedio [...]". Cito también su apreciación sobre la manera en que su hija entendía el episodio histórico, al menos hasta antes de la película:
en su mente no está claro el hecho de que para que los judíos llegaran a ser ingresados en campos de concentración y gaseados, tuvo lugar un proceso largo y escalonado de irlos despojando de sus derechos gradualmente.
Creo que todos aprendemos Historia un poco asimilando como fantasía lo que pasó antes de que naciéramos y como si la vida hubiese sido una serie de recuadros bien demarcados, a veces con el contenido caricaturizado. Recuerdo cuando un profesor de secundaria nos dijo que no había hora de inicio de una revolución; hay una fecha que recordamos porque es el día de una batalla, de una declaración o de otro hecho importante, pero los eventos históricos son parte de procesos históricos. Entender esto es fundamental, no solamente para entender la Historia, sino para entendernos como sujetos históricos y comprender la realidad que vivimos.

Entre los comentarios a esta entrada de Inma, está el de Emy Tecuento, que dice, entre otras cosas, lo siguiente:
Un emigrante serbio que daba clases de apoyo (física y química) a mi hijo, le contó que estamos respirando el mismo ambiente previo en nuestro país, a lo que pasó en el suyo. Parece imposible, ¿verdad? Como tú dices, en Alemania tampoco surgió de un día para otro [...]
Lejos estoy de poder opinar algo fundamentado sobre la situación social de España -asumo que se habla de España-. Voy a referirme a la interrogante sobre las razones de los judíos para permanecer en la Alemania nazi y a la sensación del profesor serbio. No sé si es una pregunta que nos hacemos todos los que llegamos al tema de la Segunda Guerra Mundial en la escuela; pero por lo que veo, no es una pregunta que solamente yo me haya hecho.

Cuando empezaron a ponerse mal las cosas: ¿por qué no se fue de Alemania, todo el que tenía recursos para irse? He tenido conversaciones interesantes al respecto con alguna persona que sabe mucho más que yo de Historia. Luego tuve la experiencia de ver cómo el lugar donde vivía se convertía en un lugar peligroso en el que muchas personas aseguraban que no pasaba nada. Ser mujer pobre era estar en riesgo de "ser levantada", torturada, y asesinada; pero a muy pocos les importó, hasta que la violencia se extendió y cada familia tuvo su anecdotario en relación con el crimen o con la policía. Incluso en ese momento, creo que la mayoría no pensó en irse. Será el apego al territorio, la esperanza de que a cada cual "no le va a tocar", la escala de prioridades por la que una familia no va a dejar el sitio donde el papá tiene un trabajo y ya casi está pagada la casa.

Yo, el día que vi mi primer muerto cerca, decidí que me iría. La primera vez que la "desparecida" era alguien cercana, supe que no iba a regresar.

Hay quien dice que "en todos lados pasan cosas", pero no es verdad que en todos lados pasen cosas así: no en todos lados las personas tienen que asegurarse de mirar fijo hacia adelante cuando se les empareja una camioneta, para no arriesgarse a que el conductor se moleste porque le han visto y se baje a amenazarlos con un arma de fuego. No en todos lados, cuando se habla de un lugar, el referente es "donde dejaron una vez una cabeza". Pero tampoco fue siempre así donde ahora es así.

Recuerdo los primeros carteles buscando a muchachas desaparecidas. Recuerdo mejor la respuesta machista e indolente, por no decir criminal del gobierno en turno. Recuerdo mucho mejor la indiferencia de las personas ante la situación y el fastidio o la burla con la que se veía a los "mitoteros" que insistían en que estaba pasando algo.

Yo me fui.

Llegué a un lugar seguro en el que se puede caminar a gusto por las noches, hasta de madrugada, por el centro de la ciudad. He vivido aquí durante unos seis años. Muy parecido a lo que vi en el lugar del que me fui, he ido viendo aparecer carteles o notas sobre muchachas desaparecidas. He ido leyendo cómo estas desapariciones son minimizadas y hasta negadas. Nos gusta vivir en un lugar tranquilo y sentirnos lejos de la mucha violencia en los estados cercanos. Yo no voy a quedarme cuando pase lo que mi experiencia dice que sigue -ojalá esté equivocada-.

Creo que hay que hacernos responsables de nuestra posición en el mundo. Habría que empezar por cuidar lo que sale de nuestra boca en relación con los actos, eventos o procesos de discriminación y violencia, por cuidar especialmente lo que decimos en alusión a la caracterización de una persona o grupo social. No es por ser políticamente correctos; es por respetar: ahí está parte de la expresión de nuestra posición en el mundo. Luego, habría que saber con claridad cuál es tal posición (hasta quedarse en medio es una posición). Es menos difícil actuar correctamente cuando sabemos cuál es nuestra posición y por ende, qué es lo correcto para nosotros. Finalmente, hay qué ver de qué manera, desde nuestro lugar y nuestros medios, contribuimos más o menos a que el mundo gire como está girando, cómo podemos no contribuir o bien, cómo podemos contribuir a un cambio de rumbo (para tomar la decisión que sea, contribuir a una cosa o a otra).

No podemos huirle a nuestro lugar en el mundo. Podemos hacernos tontos, pero tenemos un lugar en el mundo y jugamos una posición; eso no es nada más para los políticos, los gobernantes o los militares. Somos responsables de cómo ocupamos ese lugar en el mundo, y de asumir la posición en la que estamos. No se trata de salvar al mundo. Qué bien por los que tienen esa vocación, se les necesita; pero no es la vocación de todos; simplemente hay que tener conciencia de dónde estamos parados...

Pepe Cahiers comparte en su blog, el video de un fragmento de la película "Vencedores o vencidos", en el que se muestra un horno crematorio -de un centro de concentración nazi-, con su correspondiente placa con el nombre de la firma del fabricante. Esas personas que hicieron negocio vendiendo cosas como ésta, no eran monstruos depravados; seguramente eran gente trabajadora con una familia para la que deseaban lo mejor; se han de haber dicho cosas como: "yo solamente hago esto; para qué utilicen esto que hago, no es mi asunto; se dice que lo utilizan para tales cosas, pero a nadie le consta".

Silvia Parque

jueves, 21 de noviembre de 2013

Las decisiones que pudieron cambiar mi vida

Inma escribió "Las decisiones que pudieron cambiar mi vida" y le copio -así de plano-. Las edades elegidas son las que eligió ella; las mías, creo que hubieran sido otras, pero estoy copiándole. Así queda:

Despierto. Tengo 15 años. Sigo teniendo fantasías sobre irme de la casa, pero un hombre me ha dicho "tienes un amigo aquí" y ahora sé a dónde iría. Participo en un taller literario; es mucho mejor que el anterior. Estoy interesada en el mundo, leo mucho y el sexo hace fiestas en mis palabras y en mi cuerpo. Daré mi primer beso y concluiré que siempre tengo lo que quiero, aunque a veces tarde en llegar.

Despierto. Tengo 17 años. Meto a un novio en el lío de mi complejidad, mientras me meto en el lío de la complejidad del hombre a quien me voy pegando. Mi vida está llena de sexo y textos y se siente estupendo, aunque a veces me conflictúa mi casa y se me sale de las manos lo del noviazgo. Escribo menos que antes, pero he publicado algo y sé que escribir es lo que haré toda la vida. Sigo siendo una estudiante de dieces, pero la escuela ha pasado a segundo plano; se lo he dicho a mi mamá y hasta voy a reprobar cálculo -pre cálculo- y no va a importarme.

Despierto. Tengo 19 años. Estudio Psicología. Escogí la carrera porque me serviría para escribir, pero ahora escribo solamente los trabajos para la escuela; eso me apasiona. La impresión de mi primer profesor de Metodología me deja la imagen de lo que seré al graduarme. Tengo una amiga que no hubiera creído. Estoy poco en la casa. El hombre que quiero me constituye -a veces decimos que somos hermanos-; me ha hecho bonita y libre.

Despierto. Tengo 20 años. Soy la mujer del hombre que quiero. Hacemos y deshacemos en un mundo privado donde voy a vivir para siempre. Vivo un de todo increíble de goce. En cuanto a la escuela, me voy por el lado de la psicología social; lo mío será investigar y dar clase. Por cierto, aunque mi amiga y yo notamos que las profesoras que nos gustan están solteras -aunque se hayan casado alguna vez-, lo que pase para la mayoría no tiene que pasar para nosotras...

Despierto. Tengo 21 años. Quiero un anillo de compromiso. Quiero casarme. Sigue habiendo más sexo del que puede creer mi ginecólogo, pero también hay discusiones; acabaremos en terapia de pareja antes de la boda, que voy a posponer seis meses para esperar a graduarme. Eso sí: me siento muy querida. Entretanto, hago prácticas profesionales. Ya he participado en un par de investigaciones y haré una tesis.

Despierto. Tengo 33 años. Aprendo a estar sola. Amo. Anuncio mi renuncia en el trabajo.

-- 41... Vivo en familia, en una casa con un estanque. No veo si hay niños, pero parece que todo está bien.

Silvia Parque

viernes, 25 de octubre de 2013

Notas sobre la casa


Las tortugas llevan su casa a cuestas. Los fantasmas no pueden tener hogar. Que falte el baño puede arreglarse, pero sin cocina no es casa.

Ahora vivo en una casa peculiar, que siempre tiene las ventanas abiertas. Cuando doy señas para encontrarla digo que es amarilla, pero podría ser que se viera más la parte rosa de la fachada.

Mi abuela se dedicó a su casa; se daba a la familia, pero se dedicó a su casa. Ahora vive en la casa de una de mis tías. El tiempo pasa volando.

Independientemente de lo económico, comprar una casa, rentarla o construirla -venderla o tirarla-, tiene significados profundos no solamente por lo que implica en un proyecto de vida: la casa es territorio extendido del cuerpo.

Qué momento, cuando te da las llaves de su casa.

Silvia Parque

domingo, 14 de julio de 2013

Probando mojitos

Creía que el domingo era un mal día para hacer fiestas; pienso en domingos apacibles, de descanso o de paseo y he aquí que que estoy ENFIESTADA a todo lo que da. Parece que me llegó la hora de probar los mojitos.

Silvia Parque