Mis habilidades como negociadora no han sido precisamente destacadas, pero sí he ido adoptando principios que van funcionando. El más importante es
siempre cobrar "bien".
Para saber cuánto cobrar, hay que tomar en cuenta tres cuestiones. Creo que las dos primeras son de aceptación general entre quienes saben de estas cosas; pero para mí, la tercera es la más importante.
a) El valor del servicio, que constituye la "ganancia" del "cliente"; es decir, cuánto ganará o cuánto se beneficiará esa persona por lo que va a recibir; qué cosa se le va a facilitar, o a qué va a tener acceso, en función de lo que va a recibir. La misma cuestión puede ser vista desde otra perspectiva: ¿cuánto se ahorra la persona, en tiempo o en esfuerzo? ¿Qué tan lejos está de llegar a su objetivo, sin el servicio?
b) El valor del servicio en el mercado y la capacidad de pago de nuestros posibles clientes. El servicio ofrecido puede
ser muy valioso, pero si no es reconocido como
muy valioso, no va a ser pagado como si lo fuera. Es cuestión de percepción. Como es más fácil encontrar alguien con la percepción que nos conviene, que cambiar la percepción de alguien, habría que optar por la primera opción. Pero: si la persona que necesita o quiere el servicio, y lo valora, no tiene con qué pagarlo, la cosa se complica. Por eso hay que delimitar cuál es el mercado que nos conviene, o en su caso, ofrecer servicios diversos al alcance de clientes diversos.
c) El valor que damos nosotras mismas, a nuestro trabajo.
Tal vez haya un tope superior de realismo que hay que cuidar, en función de la cuestión expuesta en el inciso "b"; pero con toda seguridad hay un tope inferior inamovible en función de nuestra propia estima. No me acuerdo en cuál de los libros de autoayuda que me he recetado, escuché algo fundamental para mi prosperidad: quien produce un objeto y lo vende, o quien está mercando con un objeto, tiene que tomar en cuenta, al cobrar, la materia prima, el precio de la competencia, etc.; digamos: cuestiones objetivas. Pero quien ofrece un servicio es libre de tasar como crea conveniente. ¡Yo no tengo competencia! Puede haber muchas personas ofreciendo un servicio que se llama igual que llamo yo, al mío; pero nadie ofrece
mi servicio: con
mi talento y
mi inteligencia puesta en juego. Ahora que lo pienso, cualquiera puede decir lo mismo de
su hamburguesa o
su mueble de madera. ¡Qué bien!
Pocas cosas tan detestables como sentir que estamos siendo explotadas; situarnos en esa posición hace nacer sentimientos de autocompasión, envidia, recelo... hay una especie de lamentación por lo que va a beneficiarse la persona para quien trabajamos. En cambio, cuando se cobra "bien", nace un deseo por dar lo mejor posible a quien ha pagado por ello; se trabaja con gusto, deseando que el otro se beneficie más de lo que ha creído que se beneficiará.
Silvia Parque