Mi relación con las dietas alimenticias parte de mi relación con la gordura/delgadez.
Me gusta disfrutar de todo lo que pueda ser llevado a la boca -el albur es irresistible, sí- y como impulsada por un resorte, basta que oiga "no lácteos" para imaginar un delicioso licuado de fresa con un poco de vainilla. Eso de treinta días comiendo la misma cosa o siete combinaciones cuatro cosas, no es para mí. Contar calorías me parece una falta de respeto para la comida... Otra cosa es estar consciente de qué está comiéndose una; esa conciencia incluye qué tan pesado calóricamente es algo, pero también cuántos o cuáles nutrientes tiene y lo más importante: por qué está una comiendo, lo que lleva a preguntas como "¿esto me hace sentir bien?" o "¿ya estoy satisfecha?". Es una cuestión de actitud. Por un lado: la vigilancia donde lo importante es cómo eso va a convertirse en panza o lonja; por otro lado, una buena relación con la comida, en la que el foco es el bienestar.
Yo, sin problema me termino una pizza mediana en una sentada y sin problema desayuno, como y ceno pizza por días y días. Tomo la pizza como ejemplo porque ha sido una de mis grandes debilidades. Considerando que mido alrededor de 1.57 y soy predominantemente sedentaria, esa forma de comer es excesiva y sin embargo, el problema no es la rebanada de pizza; el problema es que no es una rebanada, ni se acompaña de ensaladita.
Sé que los cuerpos son diferentes; pero creo que muchos cuerpos estarían bien con aplicar moderación y conocimiento elemental de los grupos alimenticios.
Pero además del aire, no hay nada ciento por ciento gratis en esta vida. Pongo a prueba mi voluntad, comiendo normal y pidiendo el frappé moka sin panna. Es necesario que me diga "no" al menos un par de veces al día y me cuesta hacerme caso. Cuento con que, al habituarme, se requerirá menos esfuerzo. Entretanto, habrá que ver de qué estoy hecha
Silvia Parque