viernes, 6 de febrero de 2015

Gustar, nutrir, rellenar

Hay tres categorías que tomo en cuenta al pensar en comida: que dé gusto, que nutra, y que rellene. No son excluyentes. Es genial encontrar algo rico, nutritivo y que deje sensación de satisfacción.

Usualmente busco lo que me gusta, pero ahora que debo ocuparme del crecimiento de la bebé en mi cuerpo, busco más lo que nutre. Sin embargo, tiene su importancia tomar en cuenta qué tan rellenador es lo que se va a comer. Yo no podría alimentarme de cápsulas para astronauta, aunque se pudieran paladear. Esta categoría para pensar los alimentos -cualidad de rellenar- es fundamental si se trata de dar de comer a un hombre, al menos a uno del rancho de donde vengo (en Querétaro, los varones no son voraces con la comida).

Silvia Parque

El hambre terrible

Ayer alguien me preguntó si estaba comiendo mucho. Le dije que comía suficiente, pero que podría comer más. Una vez que pasaron los primeros meses del embarazo, en los que debía comer exactamente lo que la bebé me dejaba y ni un bocadito extra, se me abrió el apetito; pero eso no es notable: lo que llama la atención es el modo en que mi hambre se ha vuelto animal.

Creo que me pasa un poco como a Pedro, el de Pedro y el lobo, porque siempre he sido infantil con mi hambre. Hace muchos años, cuando llegaba de la escuela, apenas mascullaba un saludo y me desplomaba sobre una silla: hasta que llevaba comida a mi boca, podía platicar, sonreír, y volver a ser persona. Mi hambre siempre ha sido de "ahora mismo-ya-en este momento". Si voy a salir a comer con alguien o a alguna reunión, como algo antes para no ver a todo el mundo con cara de pechuga de pollo.

Pero ahora el hambre es mucho más poderosa. Casi terrible. Puedo tener un buen almuerzo: cantidad suficiente de jugo, infusión, fruta, y platillo con tres grupos alimenticios. Como alguna fruta, verdura o pan a mediodía; pero si no como a tiempo, a la hora de comer, es como si no hubiera comido nada en dos días. Si pasa un rato, la cabeza se me empieza a poner pesada, le siguen los brazos y las piernas, la niña se enoja, y por supuesto, no puedo pensar más que en comida.

Silvia Parque

jueves, 5 de febrero de 2015

Entre nosotras

Mi mamá me silbaba cuando llegaba del trabajo. Cuando nacieron mis hermanas, eso siguió estando entre ella y yo; quiero decir: solo entre ella y yo. Hay algo que nos gusta de la exclusividad.

Cuando crecí -y ya no me silbaba-, a veces me dejaba notas; por ejemplo, en ocasión de algún examen. Supongo que se las habrá dejado a mis hermanas también; pero sus notas para mí decían algo solo para mí.

Lo recordé de pronto, mientras recogía la cocina.

Silvia Parque