Me parece especialmente valiosa la relación de
amistad que una niña, niño o adolescente tiene con una persona adulta fuera de la familia.
Crecemos pensando que el mundo es lo que en nuestra casa nos dicen y lo que en nuestra casa vemos, apenas extendiendo está visión a las casas de los primos o los abuelos. En otros espacios como la escuela y la Iglesia aprendemos otras cosas; ahí nos relacionamos con adultos que no son de la familia, sin embargo, casi siempre son personas en una posición de autoridad con las cuales no hay un
tú a tú.
Un caso especial es el de
las tías y los tíos. Es una relación que puede ser preciosa. Sin embargo, casi siempre tíos y tías participan de la cultura familiar, lo cual no ocurre con la persona adulta "de fuera".
El adulto que no es de la familia tiene una
relativa lejanía en cuanto a responsabilidad y afecto para con la niña, niño o adolescente, que le da un toque especial a la relación; por ejemplo, tiene posibilidad de hablar sin el cuidado que tenemos para con los chicos en casa y puede aportar perspectiva para "juzgar" la dinámica familiar.
Por supuesto,
la persona adulta siempre será la responsable de que la interacción sea apropiada y tendría que hacerse cargo en caso de notar o saber algo que pone a la criatura en riesgo -por eso digo que la lejanía en cuanto a responsabilidad es
relativa-. No todo el mundo está dispuesto a eso.
Por su parte, los papás o tutores son enteramente responsables de la cercanía que pueda tener con alguien, la hija o hijo a su cargo. Está claro que
no todas las personas son confiables y que, hasta con las personas confiables hay que tener reservas, digamos una "
política sobre las relaciones" en la que estén bien claras cosas como que una niña de diez años no va a ir a platicar a la recámara de su amigo, el vecino de veinticinco.
Silvia Parque