Hace años, una mujer extraordinaria para la que trabajé, me prestó su casa, incluido su cuarto de baño -el más grande y elegante que había visto en vivo-. La tina nunca fue una tentación, porque había una especie de cubículo estrecho para la regadera, que con el efecto del piso y las paredes de mármol, hacía una atmósfera perfecta. Ni qué decir sobre el calentador de agua; no tuve el gusto de conocerlo, pero nunca se anduvo con medias tintas: tuve todos los grados centígrados que pudiera desear. Pero lo mejor de lo mejor, era que la regadera estaba descompuesta. Mi jefa la había quitado, dejando solamente el tubo del agua, por lo que una podía sentir un chorro grueso sobre la cabeza. Qué lujo.
Habría que decir que cuando era niña, entraba a bañarme con un envase de litro que llenaba con el agua de la regadera, y vaciaba sobre mi cabeza. Era mucho mejor que todas esas gotitas juntas pretendiendo ser lluvia.
Silvia Parque