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miércoles, 1 de agosto de 2018

No, señor

En los últimos meses he cambiado la forma en que me relaciono con los hombres. En un lapso de tiempo relativamente breve, con al menos tres hombres que tuvieron su importancia en mi historia, ocurrieron incidentes o la evolución de la relación llevó a una revelación y me encontré quitándome de donde estaba.

Así que ahora:

  • No acepto el mansplaining. Si parezco brusca atajándolo, no me importa.
  • No acepto un trato condescendiente. Puedo despedirme con besos de quien me ha tratado de modo condescendiente, pero no habrá más cercanía en la relación. Esto incluye halagos o cumplidos en los que el otro está evaluándome.
  • No me coloco en la casilla donde un hombre supone que debo estar. Al parecer, quien te coloca en una casilla cree que puede acomodarte ahí como le parezca: más allá, más acá, mejor menos del otro lado...
  • No acepto que un hombre ocupe el espacio que me corresponde en el transporte público. Es mi pequeña guerra personal y celebro cada victoria. No me desgasta, no me enojo.

Los primeros tres "no", no me los propuse. Fue sucediendo. Fui cambiando, supongo, y un día pasó algo que me llevó a decir "bye". Así que no es una lista que me proponga cumplir, es algo que se volvió de esa manera. El cuarto "no" sí es algo que decidí; me gustó la primera experiencia de apropiarme de mi espacio y continué. Ahora es una cuestión también de dar ejemplo a mi hija.

Silvia Parque

viernes, 26 de febrero de 2016

La razón propia

Cuando era chiquita, fui sobreprotegida hasta lo patológico. Pero crecí, y gocé de toda la libertad que podía tener una niña o una jovencita para tomar decisiones. Mi mamá me dejaba hacer, así que yo pedía permisos casi como formalismo... casi. Un par de veces la respuesta fue "no". 

Una de esas veces, le di un buen argumento sobre por qué "sí", y ella reconoció -o al menos eso dijo- que lo que yo decía estaba bien planteado: no podía oponerse; no obstante, ella de verdad creía que "no" y "por eso" no podía dejarme. La sentí realmente sincera, y entendi: era su trabajo. Yo podía tener la razón, pero ella no podía ir contra su propia razón.

Ya había contado esto antes; el punto es que hoy he visto la anécdota desde el lado de mi mamá. (Nada que ver con mi niña, que aunque esté convencida de que debería dejarla comer papel o azotarse contra la silla, todavía no argumenta.)

Me enfrento a una decisión de esas en las que por un lado o por el otro, habrá pérdida y daños colaterales, y armaba un discurso mental que empezaba con: "yo no quiero hacer esto, pero..." Entonces, recordé ese día del permiso con mi mamá. 

Hay una especie de conciencia que cuando nos aquietamos, nos hace saber qué está bien y qué está mal para nosotros. No me refiero a cuestiones morales, sino a qué "nos viene bien" y qué "nos viene mal". Sabiendo qué le ayuda a nuestro bienestar, y qué nos provoca malestar, la misma especie de conciencia nos va decir que deberíamos hacer algo por procurar lo que nos hace estar bien, y evitar lo que nos hace estar mal. Ahí es donde la puerca torció el rabo...

Estando en eso, vino a cuento el episodio del permiso que mi mamá negó. Supe que tengo la necesidad vital de hacer lo que mi alma está diciendo que necesita. Como no quiero algunas de las consecuencias que eso traerá, me pongo a considerar un montón de posibilidades, vuelvo a desmenuzar los pros y los contras, cambio el enfoque para minimizar la necesidad que siento; sobre todo, pienso en cómo si yo fuera diferente, podría decidir diferente. Pero de pronto, hoy, mientras me hacía el discurso mental en la cabeza, me di cuenta de que no puedo ir en contra de mi propia razón. Bueno... sí he podido, y siempre acaba mal; es, por decirlo así, "antinatural".

Silvia Parque

viernes, 6 de junio de 2014

No poder decir que "no" en el trabajo

A mi alrededor veo los efectos nocivos de dedicar al trabajo más tiempo del que corresponde: más tiempo del que marca la jornada laboral y del que se paga, pero sobre todo: más tiempo del que la persona querría dedicarle. Lo veo en mujeres, porque me rodean sobre todo, mujeres, y porque en el caso de mujeres con vida en pareja, el género hace diferente cómo vivimos la compatibilidad entre la vida personal y la vida laboral, y eso me interesa, así que pongo atención...

Las condiciones socioeconómicas pueden hacer que muchas personas acepten/toleren condiciones de trabajo que no son las que deberían ser; pero el asunto es mucho más cultural que socioeconómico. En las organizaciones se asume, en principio, que cualquiera que preste servicios es un empleado -y no lo es-, y además, que todo empleado debe estar dispuesto a ofrendar todo el tiempo que la organización demande, salvo casos de fuerza mayor, como la muerte de un familiar cercano o enfermedad que acerque al propio empleado a la muerte -porque si no lo acerca, se asume que la persona incapacitada puede/debe mantenerse en contacto, responder preguntas, enviar información, etc.-

El "puede/debe" es parte importante de este tinglado. Casi siempre no se dice, pero el comportamiento organizacional permite entrever, que se sostiene la premisa de que, si el empleado "puede" quedarse un poco más, llegar un poco más temprano, trabajar un poco desde su casa, responder unas preguntitas por teléfono, entonces "debe" hacerlo. Aunque el planteamiento no se haga de ese modo cuando se solicita la colaboración, salta en su esplendor ante una negativa por parte del empleado -asumiendo, como la organización hace, que todos son empleados, lo cual -repito- es un error-. Mucho hay que se puede decir sobre este tema...

El caso es que a mi alrededor veo los efectos nocivos de dedicar al trabajo más tiempo del que corresponde. Y algunas personas piensan, y yo misma pensaba, que eso tenía que ver con la imposibilidad de decir "no". Pero eso es una falacia. Quedarse "de más" en el trabajo, suele implicar decir numerosos "no". "No" al marido que quiere que su mujer llegue a tiempo para ir todos juntos por hamburguesas, o al novio que tuvo la ocurrencia de ir al cine entre semana. "No" a los hijos que quieren que su mamá les revise las tareas o a la amiga que quería ir a tomar café. "No" a la persona misma, que tenía planes, así fueran descansar y ver televisión.

Silvia Parque

viernes, 1 de junio de 2012