sábado, 31 de diciembre de 2016

Mi carácter de mierda

Guardé este "Elogio del temperamento", de Roy Galán, hasta un momento en que me sintiera particularmente tranquila, de modo que lo que compartiera no fuera catártico -al menos, en lo inmediato-. Lo leí en Facebook porque Telma lo comentó o le dio "me gusta" y apareció en mi muro (ahí está el enlace para leerlo completo). Había comentarios aduciendo algo así como que: si vamos a permitirnos explotar cuando nos nace, a ver cómo vamos a relacionarnos; tipo "si no te gusta que te griten, tampoco grites" y efectivamente, gritar no conviene para entendernos.

Pero según yo, el texto no es una apología de la desconsideración sino una defensa de la necesidad de existir al modo humano, con lo espinoso que eso resulta. Apunta a que en las relaciones más importantes, las íntimas, no se trata siempre de entender una cuestión objetiva sino de comprender y aceptar a la persona. Sobre todo, apunta al permiso que puede concederse a sí misma la mujer, de hacer lo que está mal visto y de la posibilidad de ser acompañada por alguien que ama lo que una es: todo lo que una es.

Cito la parte del escrito en que empecé a sentir que me estaba hablando:

    Y gritas, claro que gritas.
    ¿Cómo no vas a gritar si te están jodiendo viva?
    Contrólate, te dicen.
    Tu padre putero, dices tú.
    ¿Por qué me tengo que controlar?
    Si el temperamento puede ser igual de válido que la mansedumbre.

Y es que a las mujeres suele ocurrirnos que nuestro "control de emociones" está al servicio de mantener un estado de cosas que nos jode -así, con esa palabra-. Calladita te ves más bonita.

Sobre el grito, últimamente me resulta evidente que si estás en determinada posición -como la de ser la mujer en una relación-, la palabra no se escucha hasta que lleva tono agresivo y/o volumen alto. ¿Y cuál es el caso de seguir hablando si una no es escuchada? Pues que una se aferra a sobrevivir. Que cuando el otro usa recursos (de cualquier tipo: tiempo, energía, dinero... ) que son de una, la intuición de despojo prepara el grito para cuando haya oportunidad. En términos anecdóticos: me cuenta una amiga que luego de armar la de diosescristo en su casa, su marido se porta con decencia. Así, el grito sirve para aguantar un rato más. Pero hay otro grito, uno gutural en el que se parte una a la mitad, que puede mover la identidad y hacer que las cosas cambien, a favor... a favor de la que grita, obviamente. Luego de esa especie de parto, el grito se convierte en aliado... un grito como el de las artes marciales, que acompaña el golpe. Y que a muchos no les va a gustar.

    Que no te hagan sentir culpable por tu carácter.
    No es un carácter de mierda.
    Es perfecto porque sigues con vida.
    Los muertos no pueden enfurecerse ya.
    Y tú todavía eres libre.
    Para ser iracunda.
    Y para llorar como una niña.
    Para la vorágine.
    Y para derrumbarte en la ternura.
    Eres tan bonita.
    Tanto.
   
Esta otra parte la sentí en el estómago porque una de las frases que más escuché a partir de que se descompuso mi relación de pareja, fue: "tu carácter de mierda". Es importante escuchar algo así de la persona a quien  has puesto en posición de definir tu realidad. Yo intenté no tener un carácter de mierda, pero como mis intentos fracasaron, me moví en otra dirección; algo tipo: tengo un carácter de mierda, pero también tengo esto y esto otro que es genial. No se cerró el trato. Gracias a Dios pude estar lista para ver que ese carácter de mierda era yo (al menos, yo estaba ahí). Que en mi peor momento, fue gritar, manotear, arrojar cosas y de hecho, volverme loca, lo que me mantuvo viva y me trajo aquí, a donde estoy a gusto. No digo que estuviera bien; pero es lo que pudo hacer el único carácter a mi servicio. Así que dejé de esforzarme por agradar o cumplir expectativas. Me dejé ser y me gustó.

Qué cutre si tienes que portarte bien para que te quieran.

Qué maravilla cuando te quieren hasta el amor. Cuando la otra persona piensa "Eres tan bonita" mientras estallas, mientras te derrumbas. Y se queda a estar ahí.

Silvia Parque

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