viernes, 16 de agosto de 2019

La maternidad me reforma


He tenido unas semanas muy demandantes.

Como ilustración: apenas B empezaba a hablar de nuevo, dejó de orinar en el baño.

 Tuve que hacerme cargo del hecho de que estuve maltratándola.

Hay un pacto social entre adultos para no llamar "maltrato" al maltrato de mamás y papás que cuidan y dan  afecto; como si cuidar y dar afecto hiciera imposible que maltratemos.

Yo creo que mis esquemas mentales me protegen de pegar o insultar: no está en mi mundo de posibilidades; pero cuando me descontrolaba le hablaba muy feo, empecé a sujetarla con exceso de fuerza y hasta a jalonearla cuando debía moverla. Ella, bendito sea Dios, protestó como pudo. Yo controlé "lo mío" y sigo las indicaciones de la psicóloga para contener y encauzar "lo suyo".

No sé que habría pasado si no hubiéramos buscado apoyo profesional.

En mis tiempos, niñas y niños solían tener pláticas del tipo de:
- Mi papá es muy alto.
- El mío más.

Pienso en eso cada vez que alguien menciona lo inquietas que son sus criaturas. La mía, más. Al menos dos pediatras especialistas y dos psicólogas opinan que es así. Y yo soy la clase de persona que para alcanzar algo, se estira hasta casi caer de la silla, con tal de seguir sentada. O era... La maternidad me está reformando.

Silvia Parque

viernes, 26 de julio de 2019

El tianguis y el peor señor del rumbo

El sábado pasado fui al tianguis y planeo hacerlo cuatro o cinco sábados más, no consecutivos...

En esta última ocasión vi a un hombre que creí borracho, pero que en realidad tenía deficiencias mentales... tal vez también estaba un poco borracho. Creo que no era una persona en situación de calle, pero seguro pasa mucho tiempo en la calle. El caso es que llevaba un pantalón que le quedaba grande y abajo un boxer que también le quedaba grande; ambos se caían, dejando a la vista parte de su pene: no pude evitar fijarme. Fue perturbador.

Por otra parte, conocí a un hombre y una mujer cuya forma de interactuar no me dejó concluir cuál era su relación. Él tenía mucho qué contar. Ambos fueron voluntarios sembrando arbolitos hace unos años. Ella no habló hasta que él fue a la tienda. Él me ayudó a mover mis cosas cuando decidí mudarme hacia la sombra del árbol bajo la cual conversábamos.

Pero el evento que marcó mi mañana y de hecho todo el sábado fue el siguiente:

Un hombre depositó una caja con un perro muerto en medio de dos puestos -el mío era uno de ellos-.

Me perdí el momento en que lo dejó ahí. Una señora me preguntó cómo aguantaba el olor, lo que me hizo percibir el olor. La señora me contó lo que había ocurrido, incluyendo que otro hombre intentó mover la caja y el hombre nefasto se lo impidió, quedándose ahí, a unos metros: "ahí está, mire, cuidando que nadie lo mueva de donde lo puso". Lo vi -no muy bien porque ando sin lentes-. Llevaba una playera azul.

Mientras escribo, recuerdo ESTE MARAVILLOSO CUENTO
de Francisco Hinojosa: "La peor señora del mundo".

Alguien llamó a una patrulla. No fue rápida, pero llegó. El hombre ya no estaba ahí parado. El policía dijo que llamarían a no sé qué entidad para que quitaran el perro. Una señora contó que el hombre había sacado la caja de su casa, pero otra contó que lo vio moverla de un punto del parque al otro; como no había una sola versión, la policía no podía hacer nada: que no lo habíamos visto matar a un perro ni se podía asegurar que lo hubiera sacado de su casa y por mover una caja no pasa nada. "¿Y la agresión?", pregunté. Pero no se considera una agresión poner un perro muerto a unos metros de donde estás ni impedir que alguien lo aparte.

El policía preguntó quién estaba a cargo del tianguis, hablo sobre ponerse de acuerdo, bla, bla, bla. Yo regresé a mi lugar. La mayor parte de las personas ahí no teníamos un permiso para colocar en el suelo cosas a la venta y la situación me hizo pensar en las muchísimas majaderías y abusos que soportan personas "sin papeles", en situaciones de verdad difíciles, opresivas y/o peligrosas. Pensé en la posición de no poder hacer nada. Consideré mover la dichosa caja: me puse unas bolsas de plástico en las manos, caminé hacia ella, calculé su peso y noté a las moscas aprovechándola. No iba a poder cargarla. ¿Y si apenas podía arrastrarla un par de metros? No serviría de nada haberla tocado.

El hombre pudo haber dejado la caja en otro sitio del mismo parque, donde no estuviera lleno de gente. Habría sido igual de incorrecto, pero no habría estado igual de mal. Lo dejó ahí en ese momento por joder. ¿Por qué alguien haría eso?

Quise maldecirlo; pero siempre he temido maldecir: la combinación entre ser cristiana y tener pensamiento mágico hace que me dé pavor la posibilidad de ser vía para que algo malo le pase a alguien. Pero estaba ofendida. No solo percibía un olor desagradable: las partículas de perro muerto estaban entrando en mi organismo... y los posibles clientes pasaban caminando rápido, huyendo de la peste. Imaginé que sería justo arrojar huevos a la casa del tipo. Entonces recordé "'Mía es la venganza, yo pagaré', dice el Señor" (Romanos 12:19).

Era el momento de elegir un camino, no para la situación, sino para la temporada: dejarme conducir por la Gracia o cualquier otra alternativa. Volví a lo que considero el buen camino y fui sintiéndome en paz.

Bajo la sombra del árbol más cercano, empecé a platicar con el señor acompañado por la mujer que hasta entonces no hablaba; muy amable, se ofreció a ayudarme a mover todas mis cosas para alejarme del olor a perro muerto y guarecerme del sol sin alejarme de mi puesto. Pensé en Romanos 8:28 y como si recién llegara al tianguis, se acercaron varias señoras a comprar.

Ya tenía rato en mi nueva ubicación, cuando veo a un joven con una carriola, acercarse a la caja apestosa. Se paró junto a ella unos segundos. No entendí su expresión de inmediato: estaba dándose valor. Colocó la caja en la carriola y salió corriendo, conduciendo la carriola con una mano, mientras con la otra se tapaba nariz y boca con su camiseta. Dio vuelta a la cuadra y según yo se detuvo más o menos por la casa de donde se supone salió el hombre nefasto, así que hice unas cuatro historias dramáticas en mi mente...

Al rato, el héroe volvió a pasar por ahí, con la carriola vacía. Lo llamé para agradecerle y le dio gusto que le diera lo que quiso llevarse. Lo malo puede ser más vistoso que lo bueno, pero lo bueno es lo valioso.

Silvia Parque

martes, 16 de julio de 2019

Tacañería y miseria


Hace años, conversábamos dos parejas y llegamos al tema de las compras, gastos, "lo caro", "lo barato", etc. El hombre de la pareja amiga puso como ejemplo su playera: "como esta", dijo, "que me costo $X". No recuerdo la cantidad, pero era algo ínfimo, como unos $4 de hoy. La había comprado en un bazar de ropa usada.

Lo dijo orgulloso: "...me costó $X" y yo pensé: "se nota". Le quedaba grande, para empezar.

Muchas veces he tenido que hacer malabares con los pesos y he comprado algo que no es de buena calidad porque es lo que puedo pagar. Muchas veces he usado ropa que no me queda bien porque es lo que hay (hubo un tiempo en que ninguna de mis prendas la había elegido yo). Pero si puedes elegir... me parece que la cereza del pastel de la miseria es estar de poquitera con una misma.

No digo nada contra aprovechar lo que otra persona desocupó. De hecho, es bueno para el planeta que demos toda la vida posible a los objetos.

Además, me queda claro que "lo bueno" es diferente para cada cual: una no tiene porque vestirse a la moda ni usar la talla que los demás creen que nos corresponde. Me chocan esas frases de "te sacarías más provecho si..." porque son una crítica por no ir tras determinado modelo de imagen.

Lo que señalo es la tacañería, que es otra cosa y puede llevar a la persona a ser miserable. Me refiero a la dificultad hasta la incapacidad emocional para desembolsar una cantidad razonable a fin de tener algo que nos va a hacer "bien": porque se nos va a ver bien, porque nos va a dar un gusto...

No estoy diciendo que haya que pagar precios altos para tener cosas buenas o que buscar pagar poco signifique "algo" a priori. Es normal que la mayoría de las personas prefiramos pagar menos que más; pero una cosa es disfrutar esa sensación de triunfo por haber conseguido algo barato y otra cosa es conducirnos como arrastrados por la necesidad de esa sensación, renunciando sistemáticamente a experiencias de bienestar.

Puede ser que parezcamos tacaños cuando evitamos gastar en lo que no nos interesa. Eso no importa. Lo que importa es no serlo, es decir: no evitar gastar lo razonable en lo que sí nos interesa; no llegar a ser miserables hasta perder el interés en lo que configura nuestras experiencias de bienestar cotidiano. 

Silvia Parque