jueves, 12 de noviembre de 2015

No hay espacio para la locura en la maternidad

Estuve loca cuando mi vida se puso muy caótica. Mi analista me envió con el neurólogo, que diagnosticó Trastorno de Ansiedad Generalizada. Tuve suerte de tener contención profesional porque meses después, mi vida caótica se iba a fragmentar en pedacitos de corazón "podrido de latir" -como diría Sabina-. Pero ya era complicada desde antes, desde niña. Así las cosas, cuando llegué a la salud mental y la paz del alma, llegué a las que podía tener siendo yo; o sea, que tengo mis cosas...

Me eriza la psique dejar algo a la mitad. Soy muy buena para posponer; puedo dejar proyectos importantes a la mitad, a la cuarta parte o recién comenzados, pero que nada interfiera con una tarea específica porque me comerá el cerebro hasta que vuelva a ella. Peor si la interrupción fue por algo inesperado. Lo inesperado y yo no somos los mejores amigos. Suelo trabajar abriendo varios frentes: paso de un archivo a otro para despejarme de uno, avanzando con otro, y eso me da espacio para pensar; pero dejar un párrafo a la mitad para contestar un correo urgente, puede ser muy disruptivo para mí. No soy multitarea. Para nada.

Tampoco soy multiestímulo. No puedo atender un sonido ambiental, una voz que le habla a alguien, una voz que me habla a mí, luces de colores, sensación de humedad, y permanecer de buen humor. Aunque sepa que la "voz que le habla alguien" no está requiriendo mi atención; aunque el sonido ambiental haya sido originalmente agradable. Si llegué al límite de los estímulos que puedo manejar, esa voz y ese sonido pueden resultar como la gotita de agua que tortura a quien quiere dormir; en ese punto, cualquier cosa que vea, huela o sienta, puede ser demasiado.

También soy quisquillosa. Si quiero un pastel de chocolate, no quiero una galleta de chocolate, no quiero un pastel de nuez, no quiero nada más que exactamente lo que quiero; puedo cambiar de querencia, eso sí, pero no puedo hacer pasar una cosa por el satisfactor deseado si no lo es. Y tengo aversiones nivel "me da algo". En el top se encuentra la aversión por la sensación del cabello mojado sobre mi piel; mío o ajeno. Está bien mientras estoy mojándome, es tolerable mientras está empapado... pero cuando pasa de empapado a mojado y de mojado a húmedo.- me pone mal. Lo siguiente en la lista es el sabor de la pasta dental, y mil veces más, la sensación de espuma que hace al cepillar los dientes.

Así he vivido. Hasta que tuve una hija.

Un hijo te cambia la vida, dicen. Y te cambia la vida, en efecto.

No volverás a dormir igual, no volverás a comer igual; ya nada es lo mismo, dicen. Y ya nada es lo mismo.

Entre las novedades: no hay espacio para la locura.

He interrumpido mi baño para amamantar a B, con el cabello mojado cayendo sobre mis hombros, todo el rato que come, más el ratito que se queda en brazos después de la toma. He interrumpido mil cosas, cada día -incluyendo un corte de cabello-, porque los bebés tienen sus propios tiempos y necesidades, que no son los de una. Más que nunca, lo inesperado es lo único de lo que puedo estar segura. He hecho planes perfectos armonizando el trabajo, la vida social y el cuidado personal, para decirles adiós porque B entra en "brote de crecimento" o por cualquier cosa. Ahora, comer frío significa comer, y es suficientemente bueno. Y nunca valoré tanto un rato para cepillarme los dientes.

Todavía tengo que desconectar con todo alrededor para atravesar por los ratos de llanto, que objetivamente ni son muchos, ni son para tanto, pero que a mí me... sitúan en un área de oportunidad en mi desarrollo personal. Es algo a lo que hago espacio con amor, porque si no reconocemos nuestros límites, nos lastimamos -así que algo de espacio hay que dejarle a la locura, finalmente; uno regular, donde quepa bien-.

En metafísica se dice que escogemos a nuestros padres como maestros de lo que nos toca aprender. ¿Qué estaría pensando mi niña?

Silvia Parque

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