sábado, 15 de noviembre de 2014

Entre el cielo y el infierno del amor

Creo que no fui la única adolescente que se gozaba y sufría en la "noción" de un amor dramático. Tendrá que ver con las hormonas, seguramente, con el romanticismo agridulce de las películas y canciones con las que una crece -con Candy, por supuesto-. Si una tiene vena dramática, junto con pegado va a llover sobre lo mojado y no habrá modo de secar. Con suerte, los años pasan, y a salvo de la capacidad para la tragedia que puede tener una niña con ganas de mujer -en todos los sentidos-, nos moderamos.

Ya en la juventud, y en los inicios de la edad adulta, según lo loca que esté una, según lo oscuro del lado oscuro, habrá más o menos drama. Al rato, tal vez del mismo modo que el cuerpo no aguanta igual las desveladas o las comilonas, después de los treinta, una se cansa de los tórridos increíbles saltos mortales entre el cielo y el infierno del amor, y por madurez, por agotamiento, o por lo que sea, se le baja al "nivel dramático". Se conoce al amor de otra forma. Se valoran otras sensaciones.

Silvia Parque

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