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martes, 30 de abril de 2013

La señora de la cafetería

La cafetería de la universidad donde paso mucho tiempo haciendo cosas en la computadora, tiene precios muy bajos, variedad de productos, y comidas completas con buen sazón. Hay a quien la comida le cae pesada, a quien le parece grasosa, y quien se ha encontrado con algo que no debiera haber aparecido en el plato... pero a mí me gusta mucho. Se ha convertido en mi fuente principal de alimentación, así que ahora, además, le tengo cariño. Me hace ilusión la respuesta al "¿qué tiene de comer?", y el aroma de mi plato me llena una necesidad de impresión de "hogar" -impresión reforzada por las usuales imperfecciones del arroz-.

Este disfrute requirió trascender el genio de la señora de la cafetería. Hubo un tiempo -y no fui la única- en que preferí quedarme con ganas de lo que fuera a comprar, antes que hacer la transacción de cuarenta y cinco segundos con la mujer detrás del mostrador. Su trato es "grosero" en el sentido literal de la palabra. Cuando recién llegó a la universidad, era común oírla regañar a sus empleadas, y poco menos que regañar a sus clientes. Alguien debió hablar con ella, porque cambió su actitud: ahora trata de ser amable; sin embargo, justamente en su intento se nota más su forma de ser: su gesto es adusto desde el interior de sí misma, como si la vida le hubiera resultado muy difícil.

Para bien de todos, ahora le ayuda a atender una jovencita con mirada dulce, que lee a Saramago cuando no tienen lleno de hambrientos.

Silvia Parque

2 comentarios:

  1. Me alegro de que tengáis alguien amable. Un beso.

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    1. Gracias, me da por pensar que es pariente suya; no se parecen en los modos pero a ella le tiene paciencia.
      Un beso, Susana.

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